Negacionismo climático y signos apocalípticos: contradicciones de fe y política
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
En España, ciertos sectores de la derecha política –especialmente el partido ultraderechista Vox y algunos dirigentes del Partido Popular (PP)– se han destacado por negar o minimizar la gravedad del cambio climático. Esta postura choca frontalmente con la evidencia científica y resulta particularmente irónica si consideramos que muchos de estos políticos se presentan como defensores de valores católicos. Mientras los datos y los desastres ambientales se acumulan, su discurso resta importancia a la responsabilidad humana en el calentamiento global, e incluso paraliza políticas destinadas a proteger el medio ambiente. Al mismo tiempo, los efectos de la crisis climática en España toman la forma de “señales apocalípticas” –olas de calor abrasadoras, incendios devastadores, sequías históricas e inundaciones catastróficas– que evocan pasajes del Libro del Apocalipsis. Resulta pertinente examinar estas contradicciones: ¿cómo es posible proclamar la fe y los valores de la tradición judeocristiana, pero desoír el mandato de cuidar la creación de Dios?
Negar la crisis climática desde la derecha española
Los dirigentes de Vox han adoptado abiertamente un discurso negacionista o “retardista” frente al cambio climático. En vez de reconocer el consenso científico, suelen sembrar dudas sobre la causa antropogénica (humana) del calentamiento global. Por ejemplo, la diputada de Vox Rocío de Meer, durante la campaña electoral de 2023, insistió en que “no negamos el cambio climático, existe, lo que ocurre es que no hay unanimidad científica en torno a que el cambio climático sea provocado por el hombre”, concluyendo que “no es de sentido común condicionar nuestras economías y políticas en torno a algo en lo que ni siquiera hay unanimidad científica”. Este argumento –que exagera la supuesta falta de consenso– minimiza la responsabilidad humana y sirve de excusa para oponerse a casi cualquier medida climática. En la misma línea, el portavoz de Vox en el Parlamento Europeo, Jorge Buxadé, ha llegado a calificar el último informe del Panel Intergubernamental de la ONU sobre Cambio Climático (IPCC) como “la mayor alerta de pánico climático”, mientras el líder de Vox, Santiago Abascal, se burlaba del asunto tildándolo de “religión climática”. Para Vox, las advertencias científicas no son más que alarmismo infundado o incluso una especie de dogma ideológico impuesto.
Vox ha pasado del escepticismo inicial a la beligerancia abierta contra la acción climática. En 2019, distribuyó entre sus filas un argumentario que negaba “el cambio climático de origen antropogénico” y sostenía que atribuir el calentamiento al ser humano “es una tomadura de pelo”. La formación de Abascal fue el único partido que presentó una enmienda a la totalidad de la Ley de Cambio Climático de 2021 (buscando directamente tumbar la ley) y votó en contra de su aprobación. En aquella ocasión, el diputado Francisco J. Contreras (Vox) llegó a declarar en sede parlamentaria: “No considero que exista ninguna emergencia climática. […] Los efectos [del cambio climático] serán mixtos: algunos positivos, otros negativos. Mueren 17 veces más personas de frío que de calor. Que se caliente un poquito el planeta reducirá las muertes por frío”. Esta afirmación –aplaudida en sectores negacionistas– ignora la realidad de que el calentamiento global está intensificando fenómenos extremos mortíferos (olas de calor, inundaciones) y agrava sequías e incendios. De hecho, la ciencia ya ha constatado que la actividad humana es responsable directa del calentamiento global y de la mayor frecuencia de extremos climáticos. Paradójicamente, Vox acusa a los demás de “alarmismo”, pero su discurso se alinea con intereses económicos cortoplacistas y teorías de la conspiración: considera los esfuerzos internacionales (ONU, UE) para frenar la crisis climática como imposiciones de “élites globalistas” y “progresía”, desviando la atención hacia enemigos externos (China, los “ecologistas radicales”, etc.) en lugar de asumir la responsabilidad propia.
El Partido Popular, por su parte, tradicionalmente había aceptado la ciencia climática en el papel, pero en los últimos tiempos se ha acercado peligrosamente al negacionismo de Vox. En palabras del presidente socialista Pedro Sánchez, “Vox niega los efectos del cambio climático y el PP no los niega, pero actúa como si no existieran. Unos por acción y otros por omisión, ambos son negacionistas climáticos”. Esta crítica se hizo palpable en el caso de Doñana: a pesar de la sequía extrema, el Gobierno andaluz del PP impulsó una ley para legalizar regadíos ilegales en el entorno del parque nacional, ignorando las advertencias científicas y de la Unión Europea. Figuras destacadas del PP han coqueteado con la retórica negacionista; José María Aznar, expresidente del Gobierno, ironizaba ya en 2008 calificando de “abanderados del apocalipsis climático” a quienes urgían a actuar, insinuando que gastábamos miles de millones para resolver un problema que quizás solo afectaría a “nuestros tataranietos”. Hoy, ese eslogan de Aznar cobra un tinte trágicamente irónico: los “apocalípticos” tenían razón, y la crisis climática está golpeando aquí y ahora, mucho antes de lo que los escépticos querían creer.
El negacionismo no se queda en discursos: tras las elecciones de 2023, los pactos PP-Vox comenzaron a bloquear políticas verdes. En varias ciudades redujeron o eliminaron las Zonas de Bajas Emisiones y desmantelaron carriles bici, presentando la sostenibilidad como una “agenda globalista”. A nivel autonómico, dirigentes del PP asumieron el rechazo al Pacto Verde europeo, alineándose con Vox en un nuevo negacionismo que no niega el clima, pero frena cualquier solución. El caso más grave se dio en Valencia: al suprimir la Unidad Valenciana de Emergencia, el gobierno PP-Vox dejó a la región desprotegida cuando una DANA arrasó la costa en 2024, con más de 150 muertos. Los expertos calificaron de “criminal” esa imprudencia.
Mientras tanto, España se quema y se seca: en 2023 cinco olas de calor causaron más de 11.000 muertes, los incendios arrasaron miles de hectáreas en Canarias y los embalses catalanes cayeron a mínimos históricos. Estas escenas recuerdan inquietantemente al Apocalipsis: “El primer ángel tocó la trompeta… y se quemó la tercera parte de la tierra” (Ap. 8:7). No es alarmismo: es la traducción bíblica y científica de una realidad que los negacionistas prefieren ignorar.
A los incendios y sequías se suman inundaciones cada vez más devastadoras. En 2023, dos DANAs dejaron decenas de muertos y ciudades enteras bajo el agua, escenas que recuerdan al Apocalipsis: puentes colapsados, coches arrastrados y barrios sumergidos. Mientras los océanos se calientan y la fauna marina muere por millones, la Tierra vive un estrés sin precedentes causado por nosotros mismos. El Apocalipsis advierte de hombres que “se quemaron con el gran calor y no se arrepintieron” (Ap 16:9). Hoy ocurre lo mismo: pese a las olas de calor mortales, algunos líderes siguen negando la evidencia científica y ridiculizando a quienes claman por actuar. Es soberbia disfrazada de política, un endurecimiento del corazón frente al deber ético de cuidar la creación. El Apocalipsis describe también cómo, al sonar otra trompeta, “fue lanzada una gran montaña ardiendo al mar, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre, y murió la tercera parte de las criaturas del mar” (Ap. 8:8-9). Si bien es simbólico, hoy vemos cómo los océanos se calientan y acidifican, las costas retroceden y la fauna marina muere por millones debido al cambio climático y la contaminación. Cada tormenta desatada y cada oleada mortal de calor parecen confirmar lo que los científicos llevan décadas anunciando y lo que los textos apocalípticos representan en clave moral: la Tierra está sometida a un estrés sin precedentes, y los seres humanos –lejos de ser simples víctimas– somos partícipes en desatar estos males.
La contradicción moral: cuando se invoca a Dios, pero se olvida la Creación
Esta postura de negación y pasividad ante la crisis climática supone una flagrante contradicción moral en partidos que frecuentemente reivindican el catolicismo y la “defensa de los valores cristianos”. Vox, por ejemplo, apela con regularidad a las raíces judeocristianas de España, defiende símbolos católicos en la esfera pública y ha captado voto de sectores religiosos conservadores. El PP, por su historia, también mantiene vínculos con el electorado católico tradicional. Sin embargo, ¿qué hay más fundamental en la tradición judeocristiana que el mandato de cuidar la creación de Dios? Desde el Génesis, donde Dios encarga al ser humano “cultivar y custodiar” el jardín del Edén (Gn 2:15), hasta los llamamientos proféticos a respetar la tierra y compartir sus frutos con los pobres, la Biblia está llena de referencias al deber de ser buenos administradores de la Tierra. En la teología católica moderna este deber se ha reafirmado con fuerza, especialmente bajo el pontificado del Papa Francisco. En su encíclica Laudato si’ (2015), Francisco subrayó que el cambio climático es “uno de los principales desafíos actuales para la humanidad” y una cuestión moral urgente que requiere la conversión del corazón de todos. Más recientemente, el Papa incluso habla de ecología en términos espirituales muy claros: “la destrucción del medio ambiente es una ofensa a Dios”, dicho de otro modo, dañar la Tierra es un pecado contra el prójimo y contra el Creador. El propio término “ecocidio” ha sido propuesto en ámbitos católicos como un pecado que clama al cielo.
¿Cómo cuadran estas enseñanzas con la actitud de nuestros políticos negacionistas? Sencillamente, no cuadran. Es hipócrita enarbolar la defensa de la “civilización cristiana” mientras se desoye el “clamor de la tierra” y el llamado a la corresponsabilidad global en el cuidado del planeta. Francisco advirtió de una “cultura de la muerte” cuando se opta por la destrucción de la naturaleza en aras de ganancias cortoplacistas. Lamentablemente, el negacionismo climático y el bloqueo de políticas ambientales son expresiones de esa cultura de la muerte, por más que quienes las promueven se presenten como garantes de la vida o de la familia. ¿De qué sirve defender ciertos valores “morales” de forma estridente, si al mismo tiempo se condena a las generaciones futuras a un mundo inhóspito? Como ha dicho el Papa, negarse a actuar ante el cambio climático es “una falta grave” hacia los más vulnerables y hacia los niños que heredarán un planeta arruinado.
La incoherencia se hace todavía más patente al considerar que España es un país profundamente afectado por la crisis climática. No hablamos de un problema lejano o abstracto. La “casa común” de la que habló Francisco es nuestra propia casa. Aquí y ahora, vemos cómo los pobres y los débiles son los más perjudicados por las inundaciones, las olas de calor y la carestía de agua. Ancianos que mueren solos en las viviendas sobrecalentadas en verano; agricultores que pierden sus cosechas por la sequía o las tormentas inesperadas; familias humildes que habitan en zonas inundables o barrancos y lo pierden todo bajo el lodo... Proteger el medio ambiente es proteger a esas personas concretas, amar al prójimo en los hechos. Ignorar deliberadamente la crisis climática atenta contra el mandamiento cristiano del amor y la justicia social. Por eso resulta chocante que partidos que se dicen “pro-vida” o defensores de “los valores” no muestren mayor diligencia en preservar las condiciones que hacen posible la vida digna en la Tierra.
En el Libro del Apocalipsis, lleno de símbolos, hay un pasaje que resuena con especial fuerza ética: “Se airaron las naciones, pero tu ira ha llegado… y ha llegado el tiempo de destruir a los que destruyen la tierra” (Ap. 11:18). Si uno cree, como estos políticos afirman creer, que algún día habrá que rendir cuentas, cabría preguntarse: ¿qué cuentas darán quienes, teniendo poder para frenar la destrucción de la Tierra, optaron por la inacción o la burla? Más allá de consideraciones teológicas, la historia también juzgará con severidad a aquellos que, pudiendo liderar la respuesta a la crisis ecológica, prefirieron atrincherarse en la negación y el cortoplacismo. En España, la derecha negacionista está escribiendo una página oscura en ese sentido. Frente a ella, emergen voces –científicos, jóvenes, colectivos creyentes y no creyentes– que claman por un cambio de rumbo antes de que sea demasiado tarde.
Estas voces entienden que cuidar la creación no es una opción ideológica, sino un imperativo moral y una cuestión de supervivencia colectiva.
Nos encontramos, pues, ante una encrucijada casi apocalíptica en el sentido etimológico de la palabra (del griego apokalypsis, “revelación”): la crisis climática está revelando la verdad sobre nuestros valores y prioridades. Cada ola de calor, cada incendio, cada gota fría devastadora nos pone un espejo delante. En ese espejo vemos a una sociedad que debe decidir si sigue el camino de la negación y la autodestrucción, o si abraza una “cultura de la vida” auténtica que incluya la protección de nuestra casa común. Es hora de exigir coherencia a nuestros representantes políticos. No vale escudarse en la fe mientras se pisotea la creación. Como dijo Jesús, “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7:16): los frutos de las políticas negacionistas son árboles calcinados, embalses secos, vidas perdidas… Frutos amargos e indignos de una nación que se pretende civilizada y, menos aún, cristiana. Ha llegado el momento de arrepentirse de este rumbo equivocado y actuar con valentía. Porque si algo nos enseña el Apocalipsis –más allá de catástrofes y bestias simbólicas– es que siempre hay una última oportunidad de cambio antes del fin.
España no puede permitirse seguir negando su propio “apocalipsis climático” mientras este sucede. Atender el “clamor de la tierra” y de los pobres no es asunto de izquierdas o derechas: es un deber humano y, para muchos, un deber sagrado. Sólo reconociendo esta verdad y obrando en consecuencia podremos evitar que las profecías de destrucción se hagan realidad en nuestra generación. En nuestras manos está elegir entre la esperanza activa o la negación suicida; entre ser custodios responsables de la creación, o quedar señalados –histórica y moralmente– como aquellos “que destruyen la Tierra”.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.
La Redacción recomienda
- — Triple ultimátum energético: cómo Rusia, China y Trump ponen a prueba a Europa
- — ¿Y qué gano yo pactando? Algunas dudas razonables sobre la formación de gobiernos de coalición en España
- La nueva guerra rusa se libra dentro de los modelos de IA
- Venezuela, Cuba y Nicaragua ante su mayor crisis: ¿se derrumbarán los autoritarismos del Caribe?
- Hombres y mujeres que votan a la derecha radical populista: ¿les mueven las mismas preocupaciones?