La ciudad no es un decorado
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
España, país que aprendió a vivir de la hospitalidad, por fin se ha mirado al espejo del alquiler turístico. No es un monstruo de papeles: es un registro, una llave que abre datos donde antes había intuiciones y que permite distinguir lo que cumple de lo que se cuela por debajo de la puerta. El primer reflejo ha sido incómodo: sobran anuncios que no pasan el filtro. No es un escándalo; es la constatación de que durante años confundimos éxito con barra libre.
La objeción de siempre dice que poner reglas hunde la economía. La realidad es más tozuda: el turismo sigue llenando hoteles, bares y museos, y el gasto no se ha detenido por el mero hecho de que se exija enseñar la matrícula. Lo que se resiente no es el visitante, sino el barrio que se convierte en parque temático. Usted y yo sabemos cómo suena un portal donde las ruedas de maletas hacen turnos de noche y cómo huele una escalera que dejó de ser comunidad para ser vestíbulo. Ese desgaste no aparece en las notas de prensa, pero se mide en vecinos que se marchan, en colegios que pierden matrícula y en negocios de barrio que sustituyen tornillos por imanes para nevera.
Hay quien insiste en que este es un problema de dos o tres ciudades. Quizá porque no ha paseado en agosto por una capital de provincia que hace diez años nadie llamaba “destino”. La presión es capilar: costas, islas, cascos históricos y barrios que ni siquiera estaban en los mapas turísticos. Lo que cambia de un sitio a otro es la intensidad, no la naturaleza del fenómeno. Por eso las soluciones deben parecerse a la vida real: concretas, cercanas, verificables.
Un registro que funciona no es un cajón de expedientes, sino un tablero vivo. Si sabemos qué se anuncia, dónde y con qué permiso, entonces podemos retirar lo que no cumple, sancionar a quien reincide y, sobre todo, explicar a los vecinos qué se está haciendo. La transparencia no es una rueda de prensa; es publicar cada mes cuántos anuncios han caído, cuántas multas se han tramitado y cuántas viviendas han regresado al alquiler estable. Con luz, hasta el debate se vuelve más honesto: no hace falta demonizar a nadie para reconocer que la ciudad necesita un límite.
Los límites, además, deben tener escala humana. Hacer medias por municipio es la coartada perfecta para no tocar el punto caliente. La ciudad real se organiza por barrios, por manzanas, por calles donde todos se conocen. Ahí es donde hay que fijar topes: no para expulsar al visitante, sino para que el visitante que llega encuentre todavía una ciudad con vida. Cupos por barrio, revisiones periódicas y reglas sencillas. Sin trucos semánticos.
Hay otra pieza que siempre falta en este puzle: la salida digna para quien ha convertido su vivienda en alojamiento turístico. No todo el mundo es un especulador sin escrúpulos; también hay pequeños propietarios que siguieron la corriente porque el sistema se lo puso fácil. Si queremos viviendas de vuelta al alquiler estable, no bastan los sermones. Hace falta una puerta abierta: seguridad jurídica, incentivos fiscales razonables y aval público para quien se comprometa a varios años de alquiler a precio tasado. Sin esa “zanahoria”, la reconversión será testimonial.
Y, por favor, cooperación técnica de verdad con las plataformas. La administración ha avanzado en ventanillas digitales; ahora toca que el alta, la verificación y la baja de un anuncio se resuelvan en horas, no en meses. Cada fin de semana de retraso son decenas de estancias opacas y otra vuelta a la ruleta. No hablamos de ciencia ficción, hablamos de API, de cruces automáticos, de limpiar el mercado con la misma rapidez con la que se ensucia.
Este no es un pulso entre turistas y vecinos. Es una decisión pública sobre para quién es la ciudad. Si priorizamos el rendimiento de unos pocos sobre el derecho a vivir de la mayoría, la factura llega en forma de soledad urbana: barrios sin niños, tiendas sin clientela local, plazas convertidas en escenografías. Si, en cambio, usamos los datos para ordenar, fijamos límites donde hace falta y ofrecemos salidas razonables, el turismo seguirá siendo motor sin devorar la casa.
No hay épica en lo que propongo. Solo administración que administra: datos abiertos, normas claras, cumplimiento sin guiños, incentivos cuando conviene y evaluación constante. Si dentro de un año hay menos anuncios irregulares, más alquiler asequible y menos ruido a deshora en los portales de siempre, sabremos que hemos elegido a los residentes sin renunciar a los visitantes. Si no, el registro será otra medalla en el cajón. Ya tenemos el espejo. Ahora hace falta mirarlo sin maquillaje.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.