Tener opinión no es lo mismo que tener criterio
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
Nunca como ahora los porcentajes de analfabetismo habían sido tan bajos, ni el número de personas con titulación universitaria tan elevado, tanto en España como en el resto del mundo. Pero nunca como ahora el analfabetismo funcional había alcanzado cotas tan altas. Y no me refiero a la brecha digital, sino a la incapacidad mayoritaria para disponer de una cultura general aceptable. Claudio Magris ha reflexionado sobre la ignorancia considerada como una virtud de nuestros tiempos, con manifestaciones recibidas con simpatía como si revelaran una genialidad o una sensibilidad superior al frío uso de la razón. Los informes PISA, no solo sobre el nivel de los estudiantes, sino sobre la capacidad de comprensión numérica y lectora, son, como mínimo, deprimentes.
Un informe de hace pocos años de la OCDE estudiaba la capacitación intelectual de la población adulta en los países más desarrollados, a partir de una muestra de pruebas realizadas a ciudadanos de diversos países entre los 16 y los 65 años, sobre el nivel de matemáticas y comprensión lectora. Los resultados para España fueron demoledores, y aportan unas dosis de realismo que quizás convenga asumir.
Una parte importante de la población no entiende cuestiones de razonamiento bastante básico y la capacidad para expresarse y escribir es bastante limitada. Hace décadas que triunfaron en el ocio, la cultura y la enseñanza los medios audiovisuales, y se fue abandonando el hábito de la lectura. El esfuerzo mental de escuchar y ver, en relación con el de leer, es significativamente diferente. No es lo mismo. Parece como si, de forma paralela al aumento de la desigualdad económica, se hubiera ido produciendo una desigualdad en el conocimiento también hacia los extremos. En las últimas décadas, el retorno a la ignorancia ha ido progresando adecuadamente. No es que en el mundo occidental haya retrocedido el porcentaje de escolarización, ni que los titulados universitarios no hayan aumentado exponencialmente. Desgraciadamente, esta tendencia y los niveles culturales, de razonamiento y de autonomía personal que permite cierto instrumental intelectual se han ido perdiendo. También en los diferentes niveles educativos se ha impuesto un modelo formativo de signo posmoderno, según el cual en los programas formativos lo fundamental son las competencias, cuestiones instrumentales o la empleabilidad. El conocimiento no interesa. Se forman buenos técnicos especializados, pero con unos niveles de ignorancia y desconocimiento cultural básico y de interrelación de saberes que sorprenderían a los universitarios de antaño. La pérdida de peso no solo de las titulaciones, sino de las disciplinas de humanidades y de ciencias sociales en el sistema educativo, tanto a nivel de secundaria como universitario, tiene mucho que ver.
En la sociedad digital, la explosión de la presencia en las redes sociales, la exposición continua, fomenta e induce a expresarse, a tener opinión. Estamos constantemente manifestando opiniones, tengamos o no la formación y la información imprescindible, porque ya no es necesario disponer de un instrumental más o menos elaborado en forma de discurso verbal o escrito. Los pocos caracteres de Twitter son poco más que el “me gusta” de Facebook. Dan lugar a un minimalismo argumental en forma de aseveraciones, descalificaciones o insultos. La cuestión no es tener algo que decir, sino estar presente, actuar. El mundo participativo, “democrático” y transparente de la red es más bien engañoso. No induce a la lectura sino a recibir inputs más o menos informativos, no invita a la reflexión sino a la respuesta impulsiva. Ponemos poca distancia, tenemos poca perspectiva en relación con la actualidad y con una realidad que debería ser, por su complejidad, de digestión más pausada. La proliferación de interacciones en la red —más bien monólogos en paralelo— iguala a los individuos a nivel intelectual, pero por la parte baja. Ya no se impone ni triunfa quien tiene las mejores ideas, sino el más atrevido, que no suele ser ni el más culto ni el más refinado. La ignorancia suele ser muy atrevida.
Antaño, la opinión era algo que alguien daba si estaba en un ámbito adecuado y se le pedía. Ahora se ha convertido en una especie de derecho adquirido el expresar la opinión propia, incluso si estentóreamente a nadie le interesa oírla o leerla. No hace falta tener razones, ni razón, ni un público interesado. Expresarse se ha convertido en un acto cuya finalidad es uno mismo, una especie de autosatisfacción a partir de un acto de autoafirmación. Todo lo contrario de dialogar o intercambiar puntos de vista con el objetivo de aprender en ese proceso. Opinar tiene poco que ver con tener criterio respecto a las cosas. Formarse un criterio, un punto de vista, implica absorción de información y un proceso de reflexión, un cierto tiempo y unas ciertas condiciones de serenidad. También un respeto por el saber. En nuestro mundo, se estimula la impaciencia y se acortan los períodos de atención.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR