Hitos de Francisco Franco en Madrid
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Noviembre de 2025 permite recordar, cincuenta años después, los nexos de Francisco Franco (Ferrol, 1892-Madrid, 1975) con la ciudad de Madrid. Aquí se registra una serie de hitos poco conocidos, cuyo recuerdo ilustra la relación de amor-odio que los presidió, desde su llegada a la capital madrileña a finales de los años 20. Así, su primer domicilio de soltero en Madrid lo fue en un edificio diseñado por el arquitecto Antonio Palacios Remilo en la calle de marqués de Villamejor, en su esquina con el Paseo de la Castellana. En esta arteria madrileña, a partir del 19 mayo de 1939 y en años sucesivos, se celebrarían los denominados Desfiles de la Victoria para conmemorar oficialmente al modo castrense la derrota militar de la República.
Un día después de aquel primer fasto militar, la iglesia de Santa Bárbara, en la calle de General Castaños, que alberga los sepulcros trasdosados del rey Fernando VI de Borbón y su esposa, la reina Bárbara de Braganza, fue escenario de un ritual medievalizante. El dictador, siempre bajo palio, fue ungido e investido allí como Caudillo de España por Isidro Gomá, Cardenal Primado. La ceremonia, auténtico drama sacro organizado por Ramón Serrano Súñer, cuñado y ministro de Franco con vínculos con el escenógrafo del nazismo, Josep Goebbels, fue aderezada con fetiches arqueológicos de alto contenido simbólico como las cadenas de Sancho de Navarra, las reliquias de don Pelayo o el pendón capturado a los musulmanes en la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212. La escolanía benedictina de Santo Domingo de Silos, dirigida por Dom Justo Pérez de Urbel, solemnizó la ceremonia con cánticos gregorianos. Poco después, los jueces que no habían sido depurados por el nuevo régimen, rindieron pleitesía inquebrantable al salvador de la Patria, recién investido como tal por la jerarquía eclesiástica. Sus nombres constaban en un ejemplar, concretamente el número 4, de la revista corporativa Iustitia que se ha perdido.
Empero, en aquellas fechas, Franco no residía aún en Madrid, sino que permanecía instalado en el palacio de Soto de Viñuelas, a una decena de kilómetros de la ciudad en la ruta hacia Colmenar Viejo; se trataba de un recinto palaciego, con amplia finca con abundante caza, perteneciente al duque del Infantado, muy afecto a los golpistas que protagonizaron el alzamiento y padre de un joven caído en la contienda. Allí permaneció Franco hasta que le fue acondicionado el palacio de El Pardo, un viejo pabellón de caza, provisto ulteriormente con foso, que databa del reinado de dinastas de la Casa de Trastámara, a caballo entre el siglo XIV y el XV. Instalado en este enclave, el dictador conseguía mantener la distancia personal suficiente como para sentirse seguro, ya que resultaba proverbial su desconfianza hacia el pueblo de Madrid, puesto que éste se había mantenido leal a la II República hasta el fin de la Guerra Civil.
Un búnker subterráneo
Prueba de tal desconfianza fue la decisión de Franco de construirse un búnker subterráneo, en el subsuelo del edificio que hoy ocupa el Senado en la plaza de la Marina española, aprovechando una vieja galería de tiro procedente de un antiguo edificio militar cercano. La idea de aquel refugio surgió en el año 1946, cuando se agudizó el aislamiento del régimen franquista por su sintonía con el hitlerismo alemán y el fascismo italiano; afrontaba entonces el boicoteo y el desdén internacionales. Su culmen fue el cierre de la frontera pirenaica hispano-francesa, consecutivo al fusilamiento en Madrid de Cristino García, guerrillero comunista español condecorado con la Legión de Honor de Francia por su heroico combate contra la ocupación militar nazi del país vecino. Cristino, con una pequeña partida guerrillera, liberó a centenares de resistentes franceses apresados por la Gestapo y, entre otras acciones, detuvo y neutralizó un convoy militar ferroviario con más de mil efectivos de la Wehrmacht, cuyo general, Von Nietzsche, se suicidó tras su captura.
Según contaba a EL PAÍS el arquitecto Antonio Lamela, constructor del rascacielos de la plaza de Colón en el arranque de la Castellana, entre otros edificios prominentes, fue la Falange, partido político inspirador ideológico del régimen, la organización política cuyos arquitectos, como él, decidieron la demolición de la mayor parte de los 120 bellísimos palacetes que salpicaban el Paseo de la Castellana; configuraban, hasta entonces, los verdaderos Campos Elíseos de la ciudad. La demolición, que afectó a casi un centenar de ellos, se basaba en el rechazo del sector populista del falangismo hacia la aristocracia, propietaria de aquel emporio de edificios palaciegos, clase social a la que los activistas joseantonianos atribuían buena cuota de la decadencia española y a la que acusaban de haraganería, lujuria y clasismo desaforados.
Aquel proceso demoledor se consumó con la necesaria autorización de Franco, embarcado en proyectos urbanísticos de envergadura, como la incorporación a la capital de trece municipios periféricos, desde Villaverde en el suroeste a Chamartín de la Rosa, en el norte madrileño que, hasta el momento, gozaban de autonomía municipal respecto de la urbe. Tal fusión obedecía al deseo del dictador de atajar la creciente importancia de Barcelona, capital catalana, cuya entidad demográfica, industrial y económica desbordaba ya el tamaño capitalino madrileño. La mayor parte de las fincas y olivares de la periferia, señaladamente en el noroeste y el sureste de Madrid, pertenecía a familias de la aristocracia, que serían expropiadas de sus fundos y generosamente indemnizadas.
No obstante, el estigma más visible que presentaba la imagen del franquismo en Madrid se hallaba precisamente en la periferia, donde un rosario de decenas de miles de chabolas salpicaba el paisaje y testimoniaba los niveles de miseria existentes e inerradicables. En 1972, el número de chabolas y casas bajas censadas por el arquitecto municipal Antonio Armengol, frisaba las 32.734 construcciones precarias, más de 3.000 de ellas en Orcasitas, levantadas de noche a matacaballo para eludir la prohibición y vigilancia policiales; las erigían con materiales de desecho y techumbres de uralita. Este barrio permanecía sin agua, ni luz eléctrica hasta finales de los años 60, ni asfaltado de tipo alguno. Los autobuses llegarían a Orcasitas con la llegada de la democracia, explica Félix López Rey, histórico dirigente vecinal progresista.
También en la periferia madrileña, el régimen edificó la prisión de varones de Carabanchel, repicada por la cárcel femenina de Yeserías, al sur de la ciudad, donde penaban presas y presos políticos y comunes en número incontable. La cárcel de Carabanchel mostraba una estructura panóptica, que facilitaba la vigilancia de los reclusos y fue a la sazón considerada como modélica desde la perspectiva penitenciaria, por su eficiencia controladora y represiva.
Rara era la visita del dictador a la periferia de Madrid, habida cuenta de sus recelos sobre las clases populares, a las que había castigado tan duramente a lo largo de la guerra civil y de la posguerra, durante la cual proseguían los fusilamientos de opositores, hasta 3.000, señaladamente en las tapias del cementerio del Este, donde ejecutaron a las Trece Rosas, mujeres muy jóvenes vinculadas a la resistencia antifranquista. Los fusilamientos se extendieron a algunos predios castrenses.
De modo sutil, se estableció una frontera simbólica entre el acomodado Madrid central y el periférico popular, considerado éste como terreno peligroso por los sectores sociales de elevada posición que apoyaban al régimen. Toda una dinámica lingüística, humorística, incluso presuntamente ética y estética, siempre discriminante, segregaba el Madrid de los señoritos del Madrid de los horteras, por extensión, todos los proletarios pobres, mayoritariamente inmigrantes andaluces y extremeños, que poblaban el extrarradio de la ciudad.

Demostraciones marciales
Para conjurar los efectos de su propio temor, emprendió Franco una política de gestos formales hacia el proletariado que adoptó la fórmula de las demostraciones gimnásticas de masas, masas congregadas merced a la afiliación obligatoria al Sindicato vertical para expresar, a través de tales manifestaciones, el disciplinamiento al que creía haber conseguido someter a las clases subalternas. Empero, entre estos sectores sociales comenzaba a prender la resistencia organizada contra el régimen. El escenario de tales demostraciones sería el estadio Santiago Bernabéu, en el paseo de la Castellana. Cada Primero de Mayo, fiesta mundial de los trabajadores convenientemente reconvertida en la festividad de San José Obrero, reunía en el estadio madrileño a varios miles de trabajadores y trabajadoras. Marcialmente, escenificaban unos cuadros gimnásticos variopintos basados en la uniformidad castrense tan del gusto de la escenografía y las demostraciones del Tercer Reich hitleriano.
Los intentos de sacralizar icónicamente su régimen cristalizaron en el denominado Arco de la Victoria, ubicado en Moncloa, ideada en sintonía visual y lineal con la cruz del valle de Cuelgamuros, principal fosa común que alberga más de 30.000 restos de otros tantos cadáveres procedentes de combates de la Guerra Civil y, presumiblemente, también de la posguerra. El Ayuntamiento madrileño obsequió a Franco con un libro, uno de los más caros de la historia de la impresión gráfica de toda España, con panes de oro, en el cual figuraban, por provincias, únicamente nombres de los caídos del bando nacional sepultados bajo la gigantesca cruz de 150 metros de altura, más los 50 metros de brazos. A los caídos republicanos los mantuvieron en el anonimato. El arco de Moncloa contiene un frontal con dos lemas en latín, en uno de los cuales figura la palabra duce, en loor del dictador. Iba a ser coronado con una estatua ecuestre de Franco del escultor Capuz pero la idea no prosperó.
Una fallida estatua ecuestre
El almirante Luis Carrero Blanco, arrobado por el supuesto carisma de su mentor, Francisco Franco, encomendó a Juan de Ávalos, escultor principal en Cuelgamuros, una estatua ecuestre del dictador. Su propósito era el de instalarla en uno de los principales patios del Palacio Real de Madrid. Así lo explicó a este diario Luis Ávalos, hijo del renombrado imaginero. Sin embargo, en la misma mañana en la que, tras asistir a misa en la iglesia de los Jesuitas de la calle de Serrano, la efigie en bronce, ya acabada su hechura, iba a serle mostrada a Carrero, el entonces presidente del Gobierno fue asesinado en atentado de ETA en la calle de Claudio Coello, donde una lápida evoca aquel suceso. La estatua ecuestre iría a parar, arrumbada, a una casona situada junto al denominado Mar de La Granja, como años después descubrió fortuitamente un redactor de EL PAIS.
El arco de Moncloa, de 42 metros de altura, construido entre 1950 y 1956, obra de los arquitectos Modesto López Otero y Pascual Bravo Sanfeliú, trataba de emular monumentalmente la victoria militar franquista; no obstante, el mismo enclave madrileño, la Ciudad Universitaria, pese a haberse perdido allí la guerra civil para la causa democrática republicana, sería escenario del surgimiento de un potente movimiento estudiantil, frontal opositor de aquel régimen liberticida y co-causante de su declive. Contra el régimen dictatorial, el estudiantado de Madrid pugnó organizada e ininterrumpidamente desde 1956, desde la calle y desde el pensamiento, con gradual éxito, por erosionar la supuesta legitimidad adquirida manu militari por el dictador.
Un piso frente a la Embajada
Resulta curioso destacar que la familia de Franco poseía un lujoso piso en la calle de los Hermanos Bécquer, del barrio de Salamanca. El portal del piso distaba menos de 50 pasos en línea recta de la sede de la Embajada de los Estados Unidos de América. El presidente norteamericano, Dwight Ike Eisenhower, abrazó al dictador en la plaza del Callao de Madrid en diciembre de 1959. En un encuentro efusivo y con aquel gesto, el Gobierno de la superpotencia transatlántica legitimaba al dictador amigo de Adolf Hitler y de Benito Mussolini, cuyos regímenes militarizados fueron causantes de miles de muertes de combatientes estadounidenses en Europa. Ike le abrazaba por mor del interés estadounidense por incorporar al dictador militar gallego a la coalición anticomunista de la Guerra Fría, vertebrada por la Casa Blanca, codiciosa de las bases militares norteamericanas de Zaragoza, Torrejón y Rota, designadas como “de utilización conjunta” y definidas y denostadas como la “diagonal trágica” por los opositores al franquismo.
Mingorrubio, cementerio de extensión reducida ubicado en un barrio periférico de El Pardo, alberga hoy los restos del dictador Francisco Franco, tras ser exhumados del valle de Cuelgamuros, donde permanecía inhumado desde 1975. Su sepulcro se encuentra ahora en un amplio panteón profusamente decorado de más de 500 metros cuadrados de espacio hábil para enterramientos, que le fue regalado al Generalísimo -funeralísimo, al decir del poeta comunista Rafael Alberti-, por la corporación municipal madrileña. En el panteón de Mingorrubio fue enterrada su esposa, Carmen Polo de Franco, el 29 de diciembre de 2017. No lejos de su sepulcro se encuentran sepultados los restos de sus fieles Luis Carrero Blanco y el también marino y ministro, Pedro Pedrolo Nieto Antúnez, así como, desde 1970, el sangriento dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.