Anexionismo, desestabilización y bloqueos: Cuba, el oscuro objeto de deseo estadounidense
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acaba de declarar una “emergencia nacional” en relación con Cuba acompañada de la firma de una orden ejecutiva que permitirá imponer aranceles a bienes de países que suministren petróleo a la isla, argumentando que el régimen cubano supone una amenaza para la seguridad nacional estadounidense.
Esta decisión, anunciada en medio de tensiones geopolíticas intensas, no es un hecho aislado, sino parte de una larga historia de deseos anexionistas y maniobras políticas que han marcado la relación entre Washington y La Habana desde el siglo XIX hasta hoy. Para Estados Unidos, Cuba ha sido siempre un oscuro objeto de deseo.
Desde los albores de la república estadounidense, Cuba fue vista como una joya geopolítica. Su ubicación estratégica en el Caribe y su floreciente economía azucarera, que desataba la ambición de los esclavistas, la convirtieron, para muchos políticos estadounidenses, en un objetivo natural de expansión.
En la década de 1840 y comienzos de la de 1850, varios presidentes de Estados Unidos intentaron comprar Cuba a España como solución “pacífica” a su ambición anexionista. En 1848, durante la presidencia de James K. Polk, Washington ofreció 100 millones de dólares, una suma extraordinaria para la época, que Madrid rechazó de plano. El intento más explícito llegó en 1854, bajo Franklin Pierce, cuando funcionarios estadounidenses propusieron pagar hasta 130 millones de dólares, como recogía el Manifiesto de Ostende, un documento secreto redactado en 1854 por diplomáticos estadounidenses durante la presidencia de Franklin Pierce.
Defendía que Estados Unidos debía comprar Cuba a España y, si esta se negaba, quedaba “moralmente justificado” para tomarla por la fuerza. Su trasfondo era claramente esclavista: la anexión de Cuba permitiría crear nuevos estados esclavistas y reforzar el poder político del Sur frente a los estados libres. Al filtrarse, el manifiesto provocó un escándalo nacional y evidenció hasta qué punto la política exterior estadounidense estaba condicionada por la defensa de la esclavitud. España respondió con una negativa tajante: Cuba no estaba en venta, a ningún precio.
Mientras las negociaciones diplomáticas fracasaban, surgieron actores no oficiales dispuestos a tomar medidas más agresivas. Entre finales de la década de 1840 y comienzos de la de 1850, Cuba fue escenario de varios intentos filibusteros impulsados desde Estados Unidos por aventureros, exmilitares y redes políticas sureñas.
El más significativo fue el protagonizado por Narciso López, un antiguo militar venezolano que organizó varias expediciones armadas desde Nueva Orleans con voluntarios estadounidenses. López proclamaba la “liberación” de Cuba, pero su objetivo real era anexionarla a Estados Unidos como territorio esclavista. Sus incursiones de 1849, 1850 y 1851 fracasaron militarmente; la última terminó con su captura y ejecución en La Habana.
Estos episodios, aunque marginales en términos militares, tensionaron gravemente las relaciones entre Madrid y Washington y revelaron hasta qué punto el expansionismo estadounidense operaba también a través de actores privados, tolerados —cuando no alentados— por sectores del poder político que contribuyeron a crear un ambiente en el cual la presencia estadounidense en el Caribe parecía inevitable.
A medida que avanzaba el siglo XIX, la desestabilización política de Cuba fue también resultado de la presión indirecta de Estados Unidos sobre España. Washington apoyó, con distintos grados de intensidad, movimientos independentistas cubanos, reforzó tensiones comerciales y fomentó la idea de que la soberanía española era una reliquia indeseable. El resultado fue un debilitamiento progresivo de la influencia colonial y un creciente apoyo popular a la idea de ruptura con Madrid.
Durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878), la primera guerra entablada por los independentistas cubanos contra España, Estados Unidos desempeñó un papel ambiguo y calculado. Aunque mostró simpatía pública hacia los independentistas cubanos y permitió desde su territorio el envío de armas, fondos y voluntarios, evitó intervenir oficialmente. Washington priorizó la estabilidad regional y sus propios intereses comerciales, además de estar aún marcado por la reciente Guerra Civil. Esta actitud contribuyó a prolongar el conflicto, debilitó a España sin provocar un colapso inmediato del orden colonial y dejó claro que Estados Unidos veía a Cuba más como un futuro espacio de influencia que como una causa emancipadora en sí misma.
La culminación de estas tensiones llegó con el estallido de la guerra de Independencia cubana en 1895. El hundimiento del acorazado estadounidense USS Maine en el puerto de La Habana diez años después fue el detonante que llevó a Washington a declarar la guerra a España. Aunque la campaña estadounidense resultó en la derrota colonial, Cuba no fue inmediatamente anexada a los Estados Unidos como muchos en Washington esperaban. En su lugar se estableció una república tutelada y fuertemente influenciada por Washington, con bases militares y cláusulas que aseguraban la primacía estadounidense.
El siglo XX consolidó la dinámica de injerencia. A través de políticas económicas, sanciones, apoyo a grupos contrarios al régimen y bloqueos comerciales, Estados Unidos buscó influir en el rumbo político de la isla. La Revolución cubana de 1959 derrocó a la dictadura de Fulgencio Batista mediante una insurrección armada liderada por Fidel Castro, Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos. El triunfo instauró un régimen socialista, alineó a Cuba con la Unión Soviética y rompió con Estados Unidos lo que dio lugar a décadas de embargo y sanciones.
Un episodio particularmente torpe y fallido —que ha quedado en la memoria colectiva de los cubanos y del mundo— fue la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, organizada y apoyada por la CIA con entrenamiento a fuerzas contrarrevolucionarias. El desembarco no logró establecer cabeza de playa significativa y fue rápidamente derrotado por las fuerzas cubanas, exponiendo las limitaciones de la política estadounidense y fortaleciendo al propio régimen castrista.
La orden ejecutiva dictada ahora por Donald Trump —que amenaza con aranceles a cualquier país que suministre petróleo a Cuba y califica al gobierno de La Habana como una “amenaza extraordinaria”— es otra vuelta de tuerca en la presión estadounidense.
La medida llega en un momento de severa crisis energética en Cuba, con la interrupción de suministros de petróleo de países aliados. Washington espera que la presión económica provoque un cambio de rumbo político en la isla, aunque la estrategia ha sido ampliamente criticada por condiciones humanitarias y por el uso de sanciones económicas como herramienta de coerción. La reacción en La Habana ha sido dura, calificando estas maniobras como ‘chantaje y extorsión’ y denunciando que la política estadounidense no busca el bienestar del pueblo cubano sino su subyugación o colapso económico.
Si hay algo que une la historia estadounidense hacia Cuba desde el siglo XIX hasta hoy es una constante: la sombra del deseo de influencia, control o, en sus formas más agresivas, anexión. Desde ofertas de compra y expediciones armadas hasta guerras, bloqueos y sanciones modernas, Washington ha visto a Cuba como un tablero donde proyectar poder.
La política de ayer no es aislada ni improvisada; es parte de un hilo histórico que une la ambición imperial de antaño con las tensiones geopolíticas contemporáneas.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.