La paz sí tiene un programa para los europeos
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
Decía Kissinger que ser enemigo de ellos era peligroso; amigos, letal. No sabemos en cuál de las dos categorías está actualmente la UE. Su gran error ante tal panorama fue carecer desde el principio de una política exterior propia. Porque una cosa es ser aliado y otra cedente de soberanía. Esto es suicida.
Se justificaba tal situación en la protección recibida y gratuita (aparentemente). Subrayamos la gratuidad: en este mundo no hay nada gratis. Ahora, a costa de aquel ciudadano que disfrutó por un corto periodo de tiempo de un bienestar aceptable (sobre todo en el centro y norte de Europa) se quiere tomar un camino costoso y peligroso que promete acabar con todos los avances obtenidos. ¿Se resentirá EE UU de esa proyectada independencia militar? No: nutrirá parte de las arcas norteamericanas. Añádanse los beneficios de la energía cara e insegura que se diseñó antes del gasoductoricidio, más la Ley de Reducción de la Inflación. Es decir, que Europa jugó mal y sigue haciéndolo.
La verdadera protección estaba en los acuerdos de la CSCE, firmados en 1975. El triunfo fue diplomático y estructural al asentar como principios esenciales “la paz, la neutralidad y la no injerencia”. Considerar que la soberanía compartida era la mejor garantía de paz fue el éxito de una diplomacia que optaba por la estabilidad continental. ¿Hay tal diplomacia actualmente, se aplican tales principios?
A este documento inicial se sumaron la Carta de París en 1990, el Documento de Estambul en 1999 y la Declaración de Astaná en 2010, textos que prohibían expandir alianzas a costa de la seguridad de terceros. El desmantelamiento de los cuatro pilares normativos fundamentales por la vía de los hechos explica el desordenado escenario actual. Al sustituir los acuerdos jurídicos por decisiones que los contradicen, la seguridad colectiva ha quedado anulada. Añadida la desaceleración económica se abre un panorama preocupante que no se anuncia a la opinión pública. Otro de los males argumentales es que se echa la mirada atrás, pero no suficientemente atrás.
El gran amigo de los europeos tenía unos proyectos en los cuales no entraba ninguno de sus supuestos compañeros. El antiguo “América para los americanos”, lanzado en realidad al viejo continente, persiste y se amplía. América, Groenlandia, Canadá y lo que se ponga por delante. En definitiva, que Europa ha confiado en exceso. Tanto como España respecto a la Comunidad Europea. Al contrario de lo que creían muchos españoles, no existía el diseño de una gran nación europea en la que la especialización productiva se distribuiría equitativamente por regiones, bajo garantías de suministro recíproco y de solidaridad. Se nos desindustrializó con falsedades. Pasamos de un 30% industrial del PIB a apenas un 18%. ¿Cómo que era preceptivo privatizar dado el carácter público de los activos? ¿Por qué entonces nuestra propia soberanía energética, articulada en Endesa, al final fue absorbida por Enel, empresa estatal italiana, que encima opera hoy en España de forma lucrativa? La agricultura, la pesca, la ganadería, pasaron por una reestructuración que resultó ser una destrucción en beneficio de quienes hacían ascos en admitirnos; todo esto sumado al debilitamiento de nuestra capacidad competitiva, impuesto principalmente por Alemania, Francia y Holanda.
La paradoja final es que los engañadores han sido, a su vez, engañados. ¿Esta es la política que queremos? ¿De nuevo ciegamente hacia donde nos digan? Mientras los organismos de la Unión Europea siguen con su retórica de bloque, que a la fuerza sólo cumplen los pequeños, las potencias más fuertes ejecutan sus agendas particulares, además, con intención dominante. Francia, Alemania, siguen priorizando sus intereses nacionales... Las recientes maniobras navales conjuntas entre Francia y Marruecos no invitan a la entrega ciega. La justificación oficial recurrirá, como es habitual, a la excusa de protocolos ya programados, como si el problema fuera nuevo y nadie le hubiera dado alas. Al subordinarse la soberanía colectiva a intereses particulares, se demuestra la fragilidad de esa Europa que después amenaza.
Que la soberbia enquista la política europea es evidente. El empecinamiento no es sólo español. Europa ha demostrado que se parece más a nosotros que nosotros a ellos. Es el problema de las idealizaciones y de los clichés. Ante este escenario, ¿existen mecanismos para reconducir la política continental? Sí, y realistas: simplemente aplicando estrictamente acuerdos totalmente vigentes. Los tratados internacionales no se separaron de las leyes, fue al contrario.
Insistimos, el autodenominado “mundo basado en reglas” ha prescindido, por la vía de los hechos, de las normas y de los tratados internacionales suscritos. Para revertir esta política basta, repetimos, con recuperar el espíritu de la CSCE. Esta posibilidad se manifiesta en la actual dinámica de la OSCE, institución permanente derivada del cambio de naturaleza jurídica que experimentó la CSCE en 1995.
En este organismo coexisten dos visiones diferentes. Por un lado, una corriente que busca retomar los principios fundacionales de 1975 como única vía de estabilidad. Por el otro, la facción comunitaria que quiere imponer sus directrices. Esta postura es numéricamente minoritaria. Representa a 27 de los 57 Estados participantes. No hay que olvidar las resistencias interiores; de los ciudadanos nada se puede decir en cuanto nada se les pregunta. La UE (o la Comisión Europea), al priorizar su lógica sobre el de la mayoría, entra en colisión directa con los principios de la organización, que son los de “integrar las diferencias continentales”.
La postura mayoritaria de la OSCE sostiene, en esencia, lo siguiente: Retorno a la “seguridad indivisible”: Exige ceñirse estrictamente al Acta Final de Helsinki de 1975 y a la Declaración de Astaná de 2010, que reafirma esencialmente “el compromiso con una comunidad de seguridad común e indivisible en el espacio euroatlántico y eurasiático”. Esto implica que ningún bloque o alianza tiene derecho a fortalecer su propia seguridad si con ello genera una amenaza o inseguridad para terceras naciones vecinas.
Preservación del foro de cohabitación: La organización no debe ser utilizada como un tribunal sancionador ni como una herramienta de propaganda de una facción. Su fin fundacional es ser un canal diplomático de realismo geopolítico donde se negocia obligatoriamente con el adversario para contener los conflictos, en lugar de alimentar la lógica exclusivista de bloques excluyentes.
Suiza es uno de los motores clave de la OSCE. Su importancia radica en que no utiliza la neutralidad como aislamiento, sino como enlace negociador entre bloques antagónicos. Que buen papel para España, ya que no parece que seamos confiables entre los cruzados más aguerridos.
La estrategia de Suiza, que preside por tercera vez la OSCE, es la de “recuperar los Principios de Helsinki” así como aplicar una “diplomacia multilateral inclusiva”. Esto significa que Suiza lidera el intento de rescatar un “foro de entendimiento” para que se vuelva a dialogar obligatoriamente con todos los actores. Esto choca con la estrategia de aislamiento y sanciones unilaterales que defiende el bloque minoritario, que tan irregularmente se aplica, y que tan nocivos resultados económicos aporta.
Todo esto puesto sobre el tapete de la realidad representa el razonable deseo de sobrevivir. No hay motivo para la soberbia (siempre injusta, ciega y destructiva). Nadie puede acabar con nadie. Todos pueden acabar con todos. ¿Hay mejor fórmula que coexistir equilibradamente? La necesidad de crear sociedades es idéntica a la de procurar que las naciones convivan con garantías mutuas. No debemos olvidar las insensateces que comenzaron en 1914 y continuaron en 1933 en el corazón de Europa.