Viajes: Patrick sigue sus andanzas por París
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Obreros por el mundo
Después de su intensa vida por Buenos Aires, Patrick marchó con su violín para tocar como solista en París con la Orquesta Nacional. Allí se fijó en una chica…
La primera vez que la vio pensó en el poema de Baudelaire, ese de A una dama criolla, porque verdaderamente María era así, alta, morena, esbelta, de largas piernas como la gente que caza, la gente de montaña, sólo que a Patrick no le gustaba nada ni Baudelaire, ni ese tipo de poesía, no le encontraba ni gracia, ni talento. Acaso merecía la pena el Baudelaire trasgresor, el de Las flores del mal, el de los poemas de la Rebelión o de El vino, tal vez Mi corazón al desnudo...al menos te revuelve por dentro, todo lo demás era empeño de los franceses en ensalzar a quien en ocasiones no había por donde cogerlo.
El amor, a veces no termina de llegar, en ocasiones pasa una vez o nunca, pero también pasa en un momento que no es el adecuado y eso es lo que le sucedió a Patrick cuando conoció a María. Era el primer Patrick en su esencia, recién realumbrado de su germen francés de interculturalidad francoespañola, pleno de imaginación. La miraba, la miraba mucho y a María le temblaban las piernas y le temblaban mucho. ¡Qué buena es la vida cuando suceden estas cosas!¡qué hermoso es el mundo de las emociones, aunque éstas sean salvajes! Patrick no preguntaba, por lo general era impulsivo en sus actuaciones al haber sido educado en un medio diferente en cuanto a la expresión habitual de las mismas. Suplía su introversión dialéctica con el impulso emotivo. Porque en esto era algo francés y lo del cortejo no iba con él, así que antes de que María pensara en cómo disimular su temblequeo de piernas y en ocultar su pecho que buscaba una salida por su blusa, henchido de energía, tenía ambos brazos de Patrick apretándola con una fuerza descomunal, casi incómoda. Su nariz pegada a la suya, la mirada fija, sólo dijo: te quiero, y torciendo la cabeza para no tropezar de forma nasalizada, la besó con fuerza. Por ahí siguieron varios días de auténtico desenfreno.
Encontró María dos violines, en el apartamento de Patrick, éstos estaban cerrados. Él no le había dicho quien era. Con todo, llevó a María a conocer París. Primero y como visita oficial la mítica Torre Eiffel, después a visitar Les Invalides y la zona hasta el Sena. Después cruzaron el río hasta la Place de la Concorde para pasear por la calle de los Campos Elíseos hasta llegar al Arco del Triunfo. Allí comieron tranquilamente en un Bistró.
Desde su elitismo humanista era mucho mejor guardarse todo para dentro antes que escuchar la mediocre opinión del que ni por asomo sabe lo que es dejarse la vida en un propósito. El peligro es considerar bajo ese prisma a todo el género humano. María no era así. María se preguntaba porqué en esa casa, de alguien que vive de forma provisional había pertenencias de alguien que pareciera que fuera a quedarse a vivir para siempre: libros antiguos en francés del XIX, libros en castellano de Borges, de Cortazar, de Roa Bastos y de un tal Benito Pérez Galdós que María desconocía por completo, una edición de 1956 de El Quijote, poemas de Verlain, de Baudeaire...¡qué chico mas raro! Contó diez abrigos de la misma hechura, pero de diferentes colores...todos muy largos y de apariencia cara, muy cara. Veintitrés tinteros de todos los colores y una incontable cantidad de plumas antiguas para escribir completaban un escritorio a todas luces antiguo, enormes cortinas de viejo terciopelo rojo, cama con dosel, sábanas de encaje de algodón, cristalería y vajilla de Limoges ¿pero bueno este tío de dónde ha traído esto? se preguntaba María, no sin razón.
Era su apartamento de París, ubicado frente a la ópera, claro, los grandes solistas ganan mucho dinero. No cabe duda de que en Patrick todo lo que le rodeaba era de muy buen gusto, de un sibaritismo exacerbado, en esto sí que María percibió, que su amante no era desde luego cualquiera, tampoco lo eran ni sus modales, ni su trato, por muchas pintas bohemias que llevara. Patrick quiso hacer como de anfitrión o algo así, de modo que dentro del fuego amoroso en que se hallaban fueron al ineludible barrio de Montmartre, el famoso barrio bohemio, sus calles de personalidad y belleza daban el contexto a la feliz pareja. El barrio lo preside una colina, donde se sitúa la Basílica del Sagrado Corazón, Patrick era conocedor de los secretos mejor guardados del barrio, que son muchos. Cercano al barrio se dieron de bruces con Le Moulin Rouge, aunque el violinista detestaba ese tipo de espectáculos.
Las cosas parecen complicarse cuando apareció una María a quien compadecer, que se instala en tu vida sin preguntar y decide organizar la tuya a contracorriente, ¡el horror! sobre todo porque no hay nada que organizar cuando se vive una etapa de abandono y de disipación del ser. Así que en esas premisas era imposible que Patrick le hiciera o le facilitara la vida a alguien cuando él estaba a la deriva, que es cuando la vida se maneja desde el abismo del dolor. Se podría decir que la mayor satisfacción de Patrick aún sumergido en el más grande de los abandonos, era el ver cumplido su propio destino, sea éste como sea, ver cumplidos los hechos aún de la perdición, el dominio del horizonte humano desde un barco que también tiene que pasar grandes tormentas, a oscuras, y en medio de la mar nocturna. En suma, la consciencia de la propia existencia, una prolongación más materialista y práctica del cogito ergo sum cartesiano.
Estando en la Catedral de Notre-Dame, Patrick se mostraba extraño, le incomodaba el turisteo, es mejor ir a horas intempestivas. Desde la Catedral siguieron un largo paseo al lado del río hasta que llegaron al Museo del Louvre, después La ópera, donde María encontró el afiche de su compañero como delantal de toda la fachada. Los jardines de Luxemburgo pusieron ese día punto final a la balada amorosa de la cantante y el violinista.
Por aquellos días de preconciertos, los ataques de ira completamente inapropiada e intensa mostraban a un Patrick misógino, adoptando para todo un proceder siempre desmesurado, con una impulsividad potencialmente dañina para sí mismo, que cobraron un gran desarrollo en ese tiempo. Su continua “incomodidad” que poco a poco iba sintiendo por el mundo y consigo mismo, se acrecentada además por la extralimitación de sus actos, aunque cuando estaba en el escenario, parecía un Dios de otro mundo. María siempre desconcertada.
Había algo que de forma evidente comenzaba a preocuparle y eran las alucinaciones que comenzaba a padecer, la confusión de la realidad y lo onírico, la ideación paranoide transitoria que le hace ver seres reales y los síntomas disociativos graves que convirtieron a Patrick en un verdadero trastornado que necesita ayuda, que le costó reconocer que la necesitaba, todo ello se le unía a altibajos de ánimo y sentimientos crónicos de vacío que le precipitaban continuamente sobre lo mismo y le dominaban a recaer una y otra vez sobre el mismo efluvio, hacia el alcohol. Aunque sus amigos quisieron ayudarle, sobre todo María que se empeñaba en subirse al mismo barco pensando que así Patrick se sentiría más acompañado, fue inútil, él prefirió por aquellos entonces dejarse llevar por los acontecimientos y ser un juguete del destino, del que no se puede escapar. Algunas etapas se tienen que vivir así y nadie sabe por qué, o quizás sí lo sabemos, pero no lo vamos a revelar. París es una ciudad donde se vive la cultura, el ajetreo y otras muchas cosas que ayudan a pensar que, en efecto la vida es bella.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.