Misóginos de encierro II: Voltaire
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Cultura
De todos los héroes de la Revolución francesa el autor que se ha desvanecido en el tiempo, el que se lee menos, el que parece casi olvidado, es Voltaire. Tiene lo que hay que tener para disgustar: ama el dinero, la gloria, el progreso, la razón. Desconfía del pueblo, al que creemos infalible, y lucha sin tregua contra un clero ya desaparecido en Francia porque en otros países, la situación continúa igual. Parece que ya nadie se preocupa por los poderes de la Iglesia, salvo los historiadores y algunos literatos que hemos analizado esa huella en los escritos y evolución de la sociedad a través de los textos.
Pero, se podría destacar la grandeza de Voltaire. Es real, y su valor no es una fábula. Si está en el Panteón desde 1791, no es ni por casualidad ni por error. Fue el primero -antes que Zola, Sartre, Aron y tantos otros- en inventar la figura moderna del intelectual, una conciencia libre al servicio de los ideales de justicia, tolerancia y libertad. Antes de él, a ningún hombre de ideas y de pluma se le había comunicado una decisión judicial contraria a la dignidad y a la humanidad. El asunto de Calas, el de Sirven y el del Caballero de La Barre fueron grandes batallas para el filósofo, grandes victorias. Voltaire se arriesgó, dedicó tiempo y energía a estas grandes luchas, sin esperar ningún beneficio. Cuando se embarcó en estas batallas, el escritor tenía ya más de sesenta años, había hecho una fortuna y había consolidado su reputación en toda Europa. No lucha por su propia gloria, sino por los principios universales.
Todo el mundo conoce esta cara clara. Ha convertido a Voltaire en un icono, una gloria de Francia, un ídolo del pueblo, una referencia fundacional de la Revolución Francesa y del espíritu republicano. Sin embargo, existe otra vertiente, mucho menos conocida, desconcertante, en la que el mismo hombre aparece al principio abiertamente racista. Así, en el "Essai sur les moeurs et l'esprit des nations" (1756), está muy lejos de afirmar la unidad del género humano: "Sólo un ciego -escribe Voltaire- puede dudar de que los blancos, los negros, los albinos, los hotentotes, los chinos y los americanos no sean razas completamente diferentes. También le descubrimos, a lo largo de las páginas, misógino, homófobo, antijudío, islamófobo..”. El inventario de estos textos olvidados sorprende, luego preocupa y finalmente desafía. ¿Será este superhéroe un maltratador? ¿Es el hombre de la Ilustración un amigo de la oscuridad? ¿Debemos retirar su imagen de decidido opositor al fanatismo y príncipe de la tolerancia y sustituirla por otra, la de un hombre obtuso, lleno de prejuicios, desprecio y odio?
Sexista a ultranza, Voltaire era también un homófobo virulento. Frente al amor entre los hombres, ya no parece querer dejar que cada uno viva según su propia moral. Para él, la homosexualidad masculina es un "tema vergonzoso y repugnante", un "ataque infame a la naturaleza", una "abominación repugnante", una "turpitud" (artículo "El amor socrático" en el "Diccionario filosófico"). Incluso intenta exonerar a los griegos y minimiza el lugar de las relaciones sexuales entre hombres en la Antigüedad. Tal implacabilidad es tanto más curiosa cuanto que es difícil atribuirla al clima de la época: las élites del siglo XVIII eran cada vez menos severas al respecto, y Federico II de Prusia, a quien Voltaire aconsejaba y frecuentaba asiduamente, reivindicaba sin pudor su homosexualidad. La mayoría de los filósofos de la Ilustración eran más que tolerantes con las parejas del mismo sexo. Por el contrario, Voltaire nunca dejó de juzgar esta moral como antinatural, peligrosa y vil. Este es otro punto en el que casi nunca se hace hincapié.
¿Qué dice el edificante artículo del "Diccionario Filosófico" sobre las mujeres que a continuación incluimos? Los lectores de hoy no quedarán indemnes. El mismo artículo explica cómo las mujeres, que son más débiles, son también más gentiles, y discute complacientemente la poligamia haciendo que un alemán le diga a un visir: "Tú cambias los vinos, sufre como yo cambio las mujeres". Que cada uno deje vivir a los demás según la moda de su país. Entra en el texto como caballo de Troya, para dejar en perpetua confusión al lector.
Generalmente hablando, la mujer es menos fuerte que el varón menos alta y menos capaz de un largo horario de trabajo; su sangre es más fluida, su carne no es tan prieta, su pelo es más largo, sus miembros más redondos, sus brazos no tan musculosos, su boca más pequeña, sus glúteos más prominentes, su cadera más ancha y su vientre más pronunciado. Estos son los rasgos morfológicos que distinguen a las mujeres en todo el mundo y en todas las especies, desde Laponia a la costa de Guinea, lo mismo en América que en China. Plutarco, en el libro III de Conversaciones de sobremesa, afirma que el vino no las embriaga con tanta facilidad como a los hombres. He aquí la razón que aduce para probar lo que no es verdad: «El grado de humedad en las mujeres es muy elevado y ello hace que sus carnes sean blandas y relucientes y tengan sus flujos menstruales. Cuando el vino incide en tan gran humedad, pierde su color y su fuerza, y aquí encajan las palabras de Aristóteles cuando dice que quienes beben a grandes tragos, sin respirar siquiera, no se embriagan con tanta facilidad porque el vino permanece poco tiempo dentro del cuerpo, pues bebiéndolo de un trago pasa pronto por todas partes. Como las mujeres suelen beber de esa forma, tal vez su cuerpo, a causa de la continua atracción que se hace de los humores de arriba abajo por efecto de sus flujos menstruales esté lleno de conductos por los que el vino sale con celeridad y fácilmente, sin poder tenerse en las partes nobles y principales que, cuando las perturba, causan la embriaguez». Esta es la física que sabían los antiguos. Las mujeres son más longevas que los varones, o lo que es lo mismo en una generación se encuentran más ancianas que viejos. Esta observación la han hecho los que realizan estadísticas de los nacidos y de los muertos. Es de creer que ocurra también entre los negros, los amarillos y los cobrizos, igual que con los blancos. Natura est semper sibi consona. Ya hemos transcrito en otra parte un extracto del diario de China que refiere que, en 1725, habiendo hecho unos donativos la esposa del emperador Yong-tching a las mujeres pobres que tuvieran más de setenta años, sólo en la provincia de Cantón hubo 98 222 mujeres de setenta años cumplidos, 40 893 de más de ochenta y 3453 que se acercaban a los cien años. Los hay que creen que la naturaleza les otorga más larga vida que a los hombres para resarcirlas de los padecimientos de llevar durante nueve meses los hijos en el vientre, parirlos y criarlos. No es probable que siendo más dulce la sangre de las mujeres sus tejidos se endurezcan más tarde. Ningún anatomista, ni físico, ha podido saber jamás cómo conciben. Los flujos periódicos de sangre que las debilitan durante ese período, las enfermedades que nacen de la supresión del menstruo, el tiempo de embarazo, la necesidad de amamantar a los hijos y cuidarlos y la delicadeza de sus miembros, las hacen poco aptas para las fatigas de la guerra y el furor de los combates. Es cierto que han existido en todos los tiempos y en casi todos los países mujeres a las que la naturaleza dotó de coraje y fuerza extraordinarias y se han batido con los hombres, pero son casos muy raros. La parte física dirige siempre la parte moral. Las mujeres son más débiles de cuerpo que nosotros, pero manejan las manos con más facilidad y ligereza y no pueden dedicarse a trabajos penosos, estando necesariamente encargadas de los trabajos menos pesados del hogar y sobre todo del cuidado de los hijos; así, llevando una vida más sedentaria, deben ser más dulces de carácter que los varones, y por tanto menos inclinadas a cometer delitos. Esto es tan cierto que en todos los países civilizados sólo se condena a la pena capital a una mujer por cada cincuenta hombres (1).
No debe sorprender que en todas partes el varón haya sido señor de la mujer, puesto que casi todo en el mundo se basa en la fuerza. Además, comúnmente el hombre es superior a la mujer en el cuerpo y en espíritu. Y aunque han existido mujeres sabias, como las han habido guerreras, nunca se dieron mujeres inventoras. Han nacido para agradar y ser el adorno de la sociedad, y hasta diríase que han sido creadas para suavizar las costumbres de los hombres. En ninguna república las mujeres tuvieron parte en el gobierno, ni han reinado nunca en los imperios puramente electivos, aunque sí en muchas monarquías hereditarias de Europa, como España, Nápoles, Inglaterra... La Ley Sálica las excluyó de la sucesión a la corona en Francia y no fue, como dice Mezerai, por su incapacidad en gobernar, pues lo han hecho como regentes. Por otra parte, a Mezerai lo desmienten Isabel la Católica en Castilla, Isabel en Inglaterra y María Teresa en Hungría. La ignorancia supuso durante mucho tiempo que las mujeres eran esclavas de por vida entre los mahometanos y que cuando morían les estaba vedado el paraíso. Estos son dos crasos errores que con mala intención se han atribuido al mahometismo. Las esposas no son del todo esclavas. El capítulo IV del Corán les asigna viudedad y la hija percibe la mitad de los bienes que hereda su hermano. Si en el matrimonio sólo hay hembras, se reparten los dos tercios de la sucesión y el resto lo perciben los parientes del difunto; cada una de las dos líneas hereda la sexta parte, y la madre del muerto también tiene derecho en la sucesión. No puede decirse, pues, que las esposas son esclavas, pues tienen además derecho a pedir el divorcio, que se lo conceden cuando juzgan legítimas sus quejas.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.
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