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Zapatos, podólogo y zampar en la universidad. Elementos fundamentales para la construcción del futuro


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Me he pasado la vida desde pequeñita soportando castigos y castiguitos, sin comprender la razón, pero siempre castigada en la clase, era yo un poco zangolotina en la época. Las monjas lo hacían como extensión deportiva, porque tenía la costumbre de comer a escondidas cualquier cosa: magdalenas, galletitas, caramelillos, chucherías...¡qué se yo!, llevaba en el babi, arsenales de cositas que luego me las confiscaban y digo yo, que se las comían porque no creo que las tirasen a la basura. Me daba bastante rabia ese robo directo y consentido a mis cosas, la verdad sea dicha. Igualmente sigue sucediendo hoy, las manías se heredan, ya lo veo, y eso de rebelarse contra las reglas y normas tiene su aquel y uno de mis hijos -recuerdo- se llevaba también cosas a escondidas, no comida, sino enseres, gadgets y cree que en su colegio cuando le quitan los profes sus canicas, pistolillas, tirachinas y demás pues que luego se ponen a jugar a escondidas entre todos los miembros del personal educativo, profes, bedeles y tal. Se los imagina a batalla campal cuando está el cole vacío, lo que yo le digo: ¡No te queda na, criatura!

El caso es que el otro día en la Uni me recordaron mis tiempos de hambruna –yo la tenía también de sabiduría- cuando dos alumnas me dijeron que llegarían tarde y preguntaban si podrían comer en la clase, no tenían tiempo de hacerlo antes. Eran unas clases en universidad francesa, bien sûr. Ya he dicho que en Francia la hora de comer es sagrada, es a vida o muerte. El curso para ellas era de las 13:00 hasta las 16:00 horas. Yo me puse contenta porque siempre me llevo el cafelito a la clase. Naturalmente les dije que si, que si, que vinieran con lo que quisieran, con el pic-nic, yo disfruto verse nutrir a las criaturas, sale mi instinto maternal como de jabalíe y los arropo y los arropo diciendo para mis adentros ¡hala, paella pa tós!.

Lo importante para mi, es que presten atención, lo mejor es estar a gusto, enterarse de verdad, seguir al profesor, seguirle con su rotulador y con lo que habla. Esto del papear en clase lo encontré y lo vivi casi como un trauma hace bastantes años cuando trabajaba en la Saint Louis University Campus de Madrid como profesora. Yo había salido de la Autónoma de Madrid, donde teníamos académicos de honor y políticos dandonos clase y claro, de repente, vienen estudiantes americanos con su lata de coca-cola y cascos de música puestos como si tal cosa.

Lo de los cascos obviamente se podía evitar, por lo del respeto, lo de la lata de coca-cola y claro con su papeo, pues me daba envidia porque yo por aquel entonces era muy de la disciplina universitas española y eso era a todas luces un comportamiento ridículo y demostraba unos “modales impropios en la Universidad”. Era así, así me habían educado, ¡qué le vamos a hacer!. Hoy en día, se ve que he cambiado, entró en mi ser el gamberrismo y me da todo igual, anticipo la comodidad por encima de todo. Con el estómago lleno se concentra uno más en las ideas, no se distrae el cacumen pensando en jaladas monstruosas. Por eso entro sin problema en clase con el cafelito o la lata y me da igual trasladar ciertos modales del otro lado, osea costumbres americanas si con eso se queda uno mejor, aunque aquí en Francia he visto que también tienen esos modales “raros”.

Es España el lugar hiperraro por excelencia donde el protocolo universitario ha tenido y aún tiene una importancia muy relevante, también lo hay aquí, claro, pero el protocolo y las formas existen siempre. Sin embargo España se presenta como irregular, aleatoria o hipócrita pues guarda las formas extremas para unas cosas como si fuesen ídolos y para otras son terribles, como por ejemplo, para la puntualidad o para la atención al estudiante, que son cosas que de verdad importan y pocos son los que lo cumplen, porque el respeto, ese se gana, no depende de ir con bastón y tratar a batacazos a la gente. En los tribunales de TFM o de TFG que presido tengo que ser muy distante y acogotar un poco al candidato, hablándole de usted. No sé si se gana mucho con esto, siento que automáticamente el sistema nervioso del candidato entra en tensión.

Por ejemplo, con esto de las formas, mi podólogo me recomienda que debo ir con zapatos de deporte de los buenos, porque tengo los pies muy mal, dice, y dice bien y que debo ir con buen calzado aunque este sea como yo digo jachorrio. Él dice que llevar zapatos de tacón –me chiflan cuanto más alto mejor- es un crimen, sin embargo es elegante, yo lo llamo andamios, y más me gustan cuando menos los puedo utilizar. ¡La vejez! Me propone llevar al lado de los taconazos, al lado o en un bolso, pues unas playeras, bueno, las deportivas que yo las he llamado toda la vida playeras, aunque repatee al personal.

Me va convenciendo y a la fuerza ahorcan que se dice, porque me van dando igual las formas y voy a lo cómodo aunque parezca yo un gañán, quel horreur! Veo que lo va a conseguir y cada vez uso menos los taconazos y me conformo con mirarlos. Debe ser como los hombres con las mujeres, la edad y el tiempo. Idéntica relación.

Las formas en la Universidad vienen siendo por lo tanto como los zapatos y el podólogo, que poco importan las formas cuando el contenido es interesante e importante. Lo que importa es andar y hacerlo bien sin hacerse daño, pero haciendo camino. Si estando a gusto en clase con la barriga contenta y tomando un café estudiante y profesor están mejor, pues ¿por qué no?. ¿Por qué encorsetar las cosas bajo una apariencia hostil cuando tienen un valor en si mismo mucho más natural e inteligente? Uno debe hacer que los demás sepan desglosar el valor de las cosas, que lo consideren y que sepan valorarlo espontáneamente. Y quien quiera comer pues que coma lo que le de la gana, eso sí, que invite.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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