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De krausismos, breve recuerdo


La idea de que el conocimiento es un todo orgánico y de que su unidad esencial debe presidir todas las actividades científicas era característica de Alemania y obedecía en gran parte, a la evolución y la peculiar organización de las universidades de ese país. La multitud de pequeños estados, las rivalidades y emulaciones entre ellos, las diferencias religiosas, todo ello favoreció el establecimiento de centros universitarios numerosos, muchos de ellos, en poblaciones minúsculas. Por otro lado, la unidad lingüística, la comunidad de propósitos e ideales y la aspiración entre los letrados a la unificación política propendían a crear círculos estrechos entre los organismos docentes. Así, pues, cada universidad era un recinto en que vivían y trabajaban en mutua dependencia los doctos, a la vez que un nudo en la extensa red de centros de alta erudición que cubría la faz del mundo germánico.

Por encima de las fronteras políticas que las separaban, las universidades alemanas forjaron la unidad intelectual del país. A libertad y organicidad se reducían, en última instancia, los caracteres de la universidad alemana, y ambos, ajenos por entero a las universidades españolas de los días de Sanz del Río, se le antojaron a éste indispensables en la futura reforma de la enseñanza superior. “No se debe pensar –escribía desde Heidelberg en 1844- que universidad es y significa en Alemania lo que en España. Nuestras universidades son instituciones donde se enseña la ciencia, antiguamente bajo la influencia y aun dirección eficaz, directa, íntima, de la Iglesia, y ahora del Estado; en Alemania la universidad es en su interior, en la enseñanza misma, una institución totalmente independiente de la Iglesia y del Estado; con tal que sea verdaderamente ciencia lo que en ella se enseña, ni el Estado ni la Iglesia tienen acción ni intervención legítima en ella…; precisamente esta libertad es el fundamento de la vida y prosperidad en que se halla en Alemania esta institución” (“Cartas Inéditas”, Revista Europea, I, 3 1874, pág. 69).

Desde entonces nunca cesó Sanz del Río de promover la causa de la universidad autónoma, tan soberana en su esfera como la Iglesia o el Estado en la suyas, pero copartícipe como éstas y otras formas de asociación en la elaboración de la sociedad fundamental humana. Sus discípulos, sin excepción alguna, fueron celosos defensores de la libertad de enseñanza contra la injerencia, así tutelar como fiscalizante, del poder público. Giner de los Ríos estimaba llegada la hora de que la universidad buscara su apoyo en la sociedad misma a la que debía servir, y no en el Estado que la había mantenido y la mantenía aún en una condición de indecoroso vasallaje. Azcárate opinaba que la independencia y la vitalidad de la universidad iban estrechamente unidas y declaraba que toda institución entregada a dirección ajena se incapacita para la acción eficaz. (La universidad española, en Obras Completas de D. Francisco Giner de los Ríos, Madrid, 1916, vol. II). Y salmerón sostenía que un centro universitario no debía tener más ley que “la libre indagación y profesión de la verdad” y que, siendo éste un fin exclusivamente social, sólo ante la sociedad debía ser responsable el instituto docente. La revolución de Septiembre incorporó a su programa de reformas el principio de la libertad de enseñanza y el de la inviolabilidad del magisterio, y de conformidad con ambos derogó todas las disposiciones restrictivas de 1866 y 1867.

En nombre del Gobierno Provisional, el ministro de Fomento, Manuel Ruiz de Zorrilla, proclamó por Decreto del 21 de octubre de 1868 que “la enseñanza es libre en todos sus grados y cualquiera que sea su clase”. Monopolio de la enseñanza. Los establecimientos científicos del Estado se creían en posesión de toda la verdad y miraban con menosprecio lo que salía fuera del cuadro de las fórmulas recibidas. Como remedio se proclamaba la conveniencia de que se abrieran centros de enseñanza libres de la tutela del Estado y de la Iglesia, quitar innumerables obstáculos, no sólo legislativos, sino políticos y sociales que se oponen a que la ciencia se constituyese en nuestro país como un elemento libre, independiente y requisito de la vida pública.

La universidad de hechura germánica con que soñaban los krausistas se quedó en bello proyecto. Más aún barrida por la cólera reaccionaria de los primeros años de la Restauración, la pedagogía krausista fue el antecedente eficaz de las reformas liberales que introduce el ministro Albareda en 1881.