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EL PERIÓDICO
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Un relato: Clara en la Perestroicka


Cuando Clara llegó a Rusia no fueron ni muchos menos tiempos de paz, ni felices, ni esperanzadores, fueron por aquel entonces tiempos intrincados. Sin saber por qué, la llegada al aeropuerto de Moscú fue a golpe de escopeta, maldita la hora en que mi amiga se había vestido con una chaqueta entallada verde caqui con cuello, botones y bolsillos en negro lo que le daba cierto aire de soldadito germánico. En pleno cambio político, los militares estaban en las últimas, sin saber a qué atender, podían hacer cualquier cosa, corrían los años ochenta y ocho, en plena Perestroika. Lo peor fue cuando a todos los integrantes del vuelo los metieron en un bus amarillo de los rusos, es decir de los más cochambrosos del régimen (los había visto mejor en Cuba que ya es decir), y fueron llevados sin explicación ninguna, camino de no se sabe dónde. Se habían quedado con su pasaporte, y la mayoría de los enseres personales, bolsa de mano, cámara de fotos japonesa... a excepción de la faltriquerilla del dinero. Clara había publicado diversos artículos que hablaban del régimen soviético en cierto modo controvertidos.

En la Rusia, el verano es diferente, casi no anochece, así que en lugar de esperar a que la noche llegue que es lo que cualquiera puede esperar, pues no, permanece en un día perpetuo. Clarita había perdido la noción del tiempo por completo, pues venía de Bombay donde había vivido largos meses en un horario, en Rusia encontró otro horario, otro tiempo y ya se habían sucedido bastantes horas en aquel lugar al que habían sido llevados en el siniestro bus amarillo. La sensación de no saber qué hora es, ni cuánto tiempo está pasando porque vienes de un lugar en el que hay una hora y llegas a otro en el que hay otra, es bastante surrealista, ¡vamos, que no es para recomendar a nadie! Clarita siempre decía que prefería mil veces España con las luces apagadas que cualquier país con las luces encendidas. De pronto le entró la vena unamuniana, sí, como de patria del tó —debe ser por lo de la procedencia vasca— y pensó que, en efecto, como decía don Miguel, Dios tenía que ser a la fuerza español. ¡Era obvio que necesitaba volver a su casa! Clara había estado demasiado tiempo fuera de su tierra.

El lugar no era un hotel, ¡qué va!, bloques de apartamentos grises como de barrio, (las famosas jrushchovkas) que como todo lo del Este, bastante feo, plagado de militares que controlan constantemente la situación. Les habían mostrado una habitación más bien cutre, cochambrosa, con unas colchas de rombos desteñidas superpuestas, dos camas y cuatro miembros para habitar las dos camas. De cucarachas estaban plagados todos los resquicios de la estancia, pero bueno eso no importaba mucho porque siempre piensas en que cuando hace calor, estas cosas son normales ¡Esto es normal! Clara pensó “¡Cómo no nos lo juguemos al mus!”. “Cuatro para dos camas... lo veo mal, ¡mejor lo de piedra, papel o tijera!.. Clara siempre pensaba chorradas en los momentos más trágicos, también se le ocurrían cancioncillas odiosas de esas que habitualmente dan ganas de matar al escucharla como ¡Colegiala, colegiala! o cualquiera de Georgie Dann, ciudadano al que medio mundo tararea en situación desesperada y el otro medio quiere llevar al patíbulo. Es así, en situación de pasarlo mal o putas, o llamas a una puta, Evaaaa, eso el que tiene la suerte de tener una amiga del gremio, pero desde luego no tarareas el primer acto o el final de La Traviata, no, no sé por qué, pero no es así, siempre es una canción machacona y absurda. “¡Joder, joder, joder!” se decía Clara que salió a sentarse en unos escalones que daban acceso a los bloques de confinamiento donde habían sido llevadas todas las personas.

-“¿Pero qué hacemos aquí?” “Estoy nerviosa, quiero comer con papá y los niños...” “Voy a respirar... sí, lo mejor es respirar... No, mejor rezo, bueno, en realidad estoy en paz, así que me puedo morir...” “No, no, que no quiero que me duela nada...” El corazón latía con fuerza.

Lo curioso para Clara fue ver, sin entenderlo, que en realidad estaban pocos de los de su vuelo, por no decir ninguno, tan sólo un coreano, el resto de las personas que allí se encontraban eran iraníes, kurdos y demás; la mayoría hablaban árabe y dialectos raros, ¡la hemos fastidiado pero bien!, se había dicho Clarita. Se acercó a intentar hablar con el coreano. ¡Albricias!, éste era un coreano que hablaba portugués, según se explicó en un portugués casi intraducible se dirigía a Lisboa a una clínica de acupuntura. Los coreanos al igual que los japoneses y otros orientales para estas cosas son bárbaros.

Bien, bajo la atenta mirada de los militares rusos que no paraban de apuntar con sus fusiles, el coreano, algo pasicorto por cierto, se dispuso a dar un masaje en el largo cuello de Clara, un cuello a todas luces de pato mareado más que de cisne. De nuevo una situación surrealista en un momento tremendamente trágico, criminal se diría. El core parlador, de portugués tampoco entendía nada, pero estaba todavía más nervioso que Clara, la cuál tarareaba todavía más cancioncillas deleznables e histéricas, esta vez pasodobles, España cañí y eso. Yo personalmente soy de las que ha idealizado la unión soviética al máximo y creo que sigo haciéndolo en mis ratos libres. ¿Y tú, lector?

El bosque enfrente del bloque de pisos, Clara ni se molestó en entrar a la habitación a acostarse, lo que menos tenía era sueño, y le dolía la cadera pues una soldado la había propinado un buen empellón con un rifle que le había hecho polvo, ¡cómo para dormirse! Además, observaba que el bus amarillo seguía allí. “¡A lo mejor tienen pensado poner un horario de salidas como en las agencias de viajes!”, pensó con cierto infantilismo. Ante las miradas de todos Clara permanecía sentada en los escalones de los bloques, su larga melena recogida en un moño, el core acariciando su cuello de jirafa y dándole esos crujidos horribles que te enderezan la columna y te quedas nuevo... Y el militar que no abandonaba la plaza y que ya se estaba cabreando de tanto sobe de cuello. Como todos los militares, imaginaba una conspiración. Los militares viven en un continuo sinvivir.

De pronto, Clara tuvo lo que ella pensó que sería una buena idea, y es que aún sin saber por qué habían sido llevados allí, sin saber si era una simple escala de un avión que se retrasa y que llevan a unos pocos de cada uno de los diversos pasajes o que los reparten o qué sé yo, porque de su avión sólo estaba el core masajeador; bueno, en el caso de que el pasaje fuera llevado a un lugar en espera del próximo vuelo a Madrid, o si en realidad, además de todo esto sucede algo extra y nadie se entera porque nadie explica nada, porque nadie habla inglés. Tuvo una idea. ¡Nadie me va a creer en España cuando lo cuente! Sólo la gente que viaja sabe que éstas y otras muchas cosas raras pueden pasar, en realidad uno vive desprotegido a expensas de cualquier barbaridad. Tuvo una idea, pero sintió pánico. Un poco más y le produce una angina de pecho. Armada de valor, como siempre, se acordó de Huidobro y de que había sido corresponsal de guerra, esto pensó en que podría salvarle la vida habida cuenta la situación en la que se encontraba. Y se sintió afortunada por saber tantas cosas y por poder tener el valor de la transformación, de poder meterse en los zapatos de alguien a quien ha conocido en los libros. Clara se concentraba.

Recordó que aquellos militares se habían quedado su pasaporte –esto la ponía fatal-, pero en la faltriquera, junto a los dinerillos conservaba dos carnets importantes que a un militarote ruso absurdo le podrían impresionar, uno era el del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y otro el de Press, que había conseguido por derecho gracias a sus colaboraciones en el Washington Post.

Clara realizaba buenas entrevistas a personajes importantes que luego vendía como free lance. ¡Aquellas entrevistas realizadas a los académicos de la lengua! Gracias a su amigo Ricardito Barbás conservaba aquel carnet de periodista que naturalmente nunca había utilizado para nada, pero en esta ocasión le podría salvar la vida. Fugazmente recordó el rostro, la expresión del académico cuando Clara le preguntó si pensaban sentar algún día en algún sillón de la Real Academia a algún corresponsal de guerra, como Vicente Huidobro, y recordó las diferentes posiciones académicas, las diferentes ideologías... y qué haría realmente un corresponsal de guerra en la Real Academia Española. ¡Que queremos estar a todo! No todos son Vicente Huidobro, pero en fin nada como inventar la realidad para que ésta suceda ¿verdad? Luego vino Pérez Reverte.

Pensó Clara en una mezcolanza de imágenes atormentadas, rápidas, vite, vite, que solamente el objetivo de una cámara de cine describiría con la misma exactitud que el recorrido de un canard francés en un estanque. No hay como inventar la realidad para que ésta se produzca, otra vez lo repito porque es verdad, te inventas la realidad y luego sucede. ¡Increíble! Su cabeza era un hervidero con músicas absurdas y ruidos de lavaplatos, esto le sucedía cuando le asomaba la cefalea, que eran veinte días al mes, cosa hormonal decían los médicos, crueles guerreros del dolor que se convierten en asesinos cuando no lo pueden combatir. Aguante usted como pueda, y a vivir con la cefalea.

Con seguridad un corresponsal de guerra podría ser en todo muy creativo y tener una fantástica imaginación romancesca o propinarle a uno sustos con datos y más datos, pero de ahí a hacer algo por la lengua española…Para eso ya están los que son del oficio, los expertos, los que han estudiado para ello, a cada cuál que Dios ponga en su lugar. Veo yo que de nuevo estamos frente al intrusismo; en fin, lo que estaba claro es que un corresponsal podía vivir y observar una batalla como Huidobro y ser poeta. Lo que no parece del todo de recibo es que hispanistas y otros eruditos de la lingüística y la literatura española se pudran allende las fronteras esperando que alguna vez se les reconozca su esforzado trabajo, y al propio tiempo en nuestro país, las academias, las instituciones, y los premiadores de Premios…incluyan a una diversidad, a una larga lista de personajes de última hora en el lugar de a aquellos. La vida con el tiempo te obliga a relajarte, a dejar el radicalismo y ese es el punto donde ya todo da igual, y es donde en medio de la mediocridad puedes aceptar y ser testigo de cualquier cosa que, tranquilo, tu ética ya no va a protestar: es el absentismo social al que llega el pensamiento y lo que es peor, llega el propio ser humano como tal consecuencia.

En efecto, el militar leyó el enunciado de Press y palideció, salió corriendo a hablar por teléfono y al instante llegó un vehículo militar que se llevó a Clara de nuevo a Moscú. Matarme no me van a matar se decía con voz tímida, así con la entereza que le caracterizaba, se encontraba Clara dentro de lo que cabe tranquila, si no fuera por las cancioncillas asquerosas. “¡Por qué me traicionan los nervios en esto!”, se decía.

Al fin fue llevada a hablar en inglés con lo que debía ser un alto cargo. No entendía muy bien qué pasaba, pero pudo entender que la situación era trágica, que había revueltas civiles y que por encima de todo a los rusos les interesaba dar una buena imagen de cara al exterior. Algunos militares pensaban secuestrar algún avión, tener rehenes, pero querían gente europea y no árabes. Estaban contentos de haberla encontrado. “¡Vaya por Dios!”, pensaba Clara. Habida cuenta de sus posibilidades como corresponsal y como había revueltas en la zona sur del país, su cometido estaba claro, tendría que ir ella en el Transiberiano a cubrir ese recorrido para publicar toda la situación. “¡Qué!, en el Transiberiano!” Ella explicó que tenía familia, unos niños, un padre... que sería imposible... Los militares demostraron su situación de tensión absoluta. Clara pidió llamar por teléfono. Habló entre lágrimas con papá y los chicos. Quizás estaba de Dios que ella tenía que hacer eso, serían unos quince días, los chicos estaban en la playa... Pero ¿Y ella, cuándo descansaría? “¿Y mis cosas? ¿Y si no vuelvo y estos me matan? ¿Ni el gobierno español se enteraría?” –se decía. Otro alto cargo, también rubio con entradas como todos los militares rusos porque todos le parecían iguales, le explicó que la situación era enormemente complicada, que había rehenes, que la única periodista europea de que disponían en ese momento era ella. Tenía que cubrir ese reportaje, traer novedades, lo debía al pueblo ruso, le dijeron. Clara pensó ¡qué diablos debo yo al pueblo ruso! A mi qué me importa la Rusia ¡Me cago en la leche!

—Por favor —dijo—, que al menos me faciliten la maletita pequeña.

Quería bañarse, perfumarse, no sabía qué hora ni qué día era. Iré en el Transiberiano, seré como Huidobro se decía. Sólo que a mí la vida me cuesta mucho, yo no soy rica como el poeta chileno. Se sentía muy desgraciada. ¡Cuánta podredumbre humana! ¡Que me mandan a Liberia. Auxiliiiiioooooo! ¡Nadie me va a creer, en España nadie se cree nada! Lo inverosímil de la vida surge cuando te enfrentas a vivirla. Afortunadamente no tendría que llegar hasta Vladivostok, pues quizá en otra circunstancia y quizá en otra compañía sin duda no le hubiera importado nada en absoluto, pero así, como corresponsal de guerrilla, dos años en la India sin volver a España, y de vuelta a tu país, verse en ese fregao... pues no le hacía mucha ilusión.

Le asaltaban miles de ideas, todas rápidas, y se enganchaban literalmente en su estómago, de pronto sentía lástima de sí misma, ahora se compadecía, se quería mucho y se quería abrazar, quería llorar, reír por esta viva; al mismo tiempo sabía que probablemente cuando se muriera en algún lugar le darían muchos premios, porque si no... no merecía la pena vivir... esa era aún su mentalidad infantil y femenil que tanto le he achacado, yo su amiga que tan pronto y tan bien la conocía ya por aquel entonces.

Había tenido Clara siempre mucha fe en si misma... y se hacía muy pequeñita resumiendo los grandes conflictos de la Humanidad a la nada, como sucede cuando te vas a morir, uno piensa en que son muy pocas cosas las que realmente te llegan a importar, son momentos donde todo pierde la jerarquía que de forma habitual le inculcamos, como a los objetos, a acontecimientos o a personas, a frases, a canciones, a casas... a cosas y también a los quesos. Ahora Clara oraba y siempre conseguía encontrar después de una tormenta, la paz. En fin, con lágrimas en los ojos ocupó su vagón en el tren más largo de la historia dispuesta a cubrir un buen reportaje y salir del aquel atolladero lo más airosa posible para volver a casa pronto. ¡Lo mismo me encuentro a Zivago! Se decía ella misma entre sollozos.

El Oriente es rojo, y de los 9.289 km que abarca, 1.777 a lo largo de Europa y 7.512 en Asia, Clara no tendría que recorrer todos, por fortuna, el conflicto se encontraba en un pueblo muy cerca de Omsk. Su artículo habló de la magnificencia del imperio ruso desde siempre, del tesón, una semblanza al transporte, de los trayectos de Miguel Strogoff, tierras de epopeyas fascinantes, en fin, no iba a hablar de los miles de hombres que perecieron para poder hacer esas obras del Transiberiano empeñadas en ser realizadas a machamartillo. No habló en su artículo del dolor humano. Al fin, halló en la revuelta como siempre a unos cuantos campesinos que se oponían al cambio, como siempre temerosos de ver sus vidas expuestas por la historia al hambre y la miseria. La fuerza del pueblo ruso… ¿Sería un sueño? El tren era... el silbido de las conciencias humanas, ese ruido que atormenta a los que yacen creyendo que todo está bien al entregarnos a las manos del éxito, esa corrupción metálica y material por la que todos luchan para nada, porque todos llegamos al mismo lugar sin apenas saberlo, eludiéndolo. Había regalado su chaqueta de cuero de Guignard francesa por algo para beber caliente, admiraba la fortaleza de las mujeres rusas, se impregnaba de ellas, se mimetizaba en un fabuloso complot de género.

Entre las sombras del tren pasó más que miedo incertidumbre que es el hermano menor del desequilibrio, cuerpos reclinados entre amargas sombras que imploran piedad de humanidad, soledad infinita y machacona que penetra en nuestro corazón con una inquietud muy grande, con un papel que desempeñar casi impropio cuando Ella se había repetido mil veces que no tenía ninguna vocación de corresponsal, ni de contar lo que uno ve, ni lo que le dicen, ni nada. Porque contar lo que se ve es imposible, palabras que se siguen atropellándose unas a otras en una ficción que no nos pertenece, en la fábula irreal que supone la escritura, eso siempre será impasible, anodino, lo mejor es que pase por una pluma viva; los sucesos para contarlos nos guste o no siempre estarán tamizados por el filtro de nuestro espíritu, de nuestra sensibilidad o incluso de nuestra moralidad falsa o postiza, ética o aprehendida, eso da igual, es un escollo que solventar: nosotros mismos y nuestra percepción de las cosas es la que nos lleva a veces a anhelar la muerte. Otros perciben las cosas de forma distinta, no tienen conciencia y por eso pueden ser felices, si el escritor quiere o pretende contar lo que en verdad ve y percibe tanto en el corazón como en la mente sin la intervención de éstos elementos, entonces la escritura tiene significación, pierde el valor semántico, la estructura de la significación, del verdadero significado, la escritura se transforma en si misma y transforma lo que ha visto y sentido. Pero la vida también en ocasiones es la que nos pone una vocación no deseada, como con los hijos, sucede igual porque es el mismo proceso.

Compró unas papas calientes a unas mujeres rusas, allí donde te venden de todo, una lámpara, bayas de los bosques vecinos, zapatos o unos bollitos raros, ¡qué extraño se siente uno entre tanta gente tan ajena! Rostros extraños y desconocidos, niños con hambre, nerviosos y otros iraquíes, todos mutilados, ¡pobrecitos! Con brazos y piernas postizos de plástico, destrozadas sus vidas por las guerras, viajando de un lugar a otro ¡sólo sabe Dios para qué! Ingieren bebidas extrañas que parecen de cola, pero que están calientes, como el agua, ahora que tanto calor hace y este tren que recuerda constantemente aquellas aldeas que han vivido del trueque durante años, del ostracismo en el que en realidad vivimos todos instalados, nos guste o no. De pronto Clara vio en el Transiberiano que viajaban todos los personajes de su mundo, contemplaba con fascinación todas las épocas, miles de personajes, el mundo entero, sin duda la vida completa, su vida estaba allí y la mayor desolación era que ninguno la quería mirar, era como si les hubiera traicionado a todos. El mundo de la ficción —de los lectores, se entiende— y el de la realidad —que es el mío— se estaban dando la mano y Clara no sabía bien en qué momento estaba, pero todos comenzaron a mirarla culpándola de traición, eran ojos de llanto, lágrimas de hambre y desesperación. Hombres con manos inservibles para la música o para las caricias porque tienen frío y pañuelos. Muchos pañuelos, cabezas cubiertas por telas para llegar a criaturas infantiles que gritan al unísono de dolor como los chirridos del tren. Clara se había desmayado.

****

Estas cosas rondaban por la mente de Clara cuando cayó en la cuenta —rompiendo su mundo de sueños y realidades— de que no había preparado la cena, y los chicos llegarían de un momento a otro, probablemente con bastante hambre, como de costumbre. Sólo hacía un mes que había regresado de su experiencia rusa, el reportaje fue publicado con éxito y bien pagado, las cuestiones políticas solucionadas por mediación de la embajada, pero a Clara le duraron los nervios una temporadilla, aún estuvo un tiempo sin subir a un tren. Pero la vida no te deja tiempo para lamentos ni depresiones. A eso se refería Clara cuando decía que los hijos te ponen los pies en la tierra, a que sin lugar a dudas rompes continuamente tu condición de “ser especial” que está por encima del bien y del mal, de ente elegido, inmortal. Para ponerte a cocinar o a limpiar el inodoro se te quitan algunas tonterías y piensas más en los demás, aunque sea mal.. La vida es así, la existencia también y con esas premisas había que aceptarla si lo que se quiere es estar en ella, yo también pienso igual, por eso somos amigas. Por cierto que según limpiaba el inodoro se acordaba de Rabelais, ¿Por qué? Porque sí, porque sucede que cuando has llevado a tu vida determinados mensajes y los has incluido en ella y en tu mente como algo natural, entonces fluirán como algo habitual en el momento más insospechado, con las cacas, o con los militares. He aquí la aventura de lo surrealista. Rabelais, Rabelais, insigne poeta ¿por qué no te vas a pasar vientos y me dejas en paz en esto tan asquerosamente cotidiano y mediocre como es limpiar el inodoro? ¿Por qué apareces ahora? De nuevo lo sublime en combate con lo terrenal, esa era la lucha encarnizada que había que sufrir de por vida. La cancioncilla asquerosa que fluye por la mente en el momento que más requerimos del recogimiento, tal vez sea una forma de escape, lo bello y lo terrorífico, no lo sé. La escritura ha sido más masculina porque los hombres nunca se han dedicado a las cosas de la vida cotidiana y han impedido que la mujer lo haga y cuando lo hace, no lo entienden. Eso es lo que sucede, que los hombres no entienden la escritura de mujeres, más cuando es de índole superrealista.

Eso le sucedía a Clara en los entierros. No entendía nada tampoco. Lo cierto es que su presencia en este tipo de actos sociales ha sido y es sin duda una prueba extraordinaria de tenacidad y de autocontrol. ¡Qué iba a hacer! Yo la he visto y constato su movida. Cada quién ve la tragedia cómo y dónde quiere, el hombre frente al dolor en su más alto grado de sensibilidad que permanece inalterable, en esta relación tan antigua como lo es el propio nacimiento del hombre que no es otra cosa que El nacimiento de la tragedia, ¿de dónde proviene se pregunta Nietzsche? Es obvio que lo trágico no se puede separar del arte, de ahí la procedencia y desarrollo de las vidas. Qué desgracia tan grande el tener un nombre para los sentimientos, de esto ya tomará cuenta el lector en sus ratos, qué molesto llega a ser el Diccionario con esa manía de darle un lugar a cada cosa, como si todo se tuviera o tuviese que explicar y encasillar.

Llegar al cementerio y temblar de emoción era todo uno, una risa nerviosa comenzaba a invadir su cuerpo desde el momento que se acercaba a cualquier situación de las del adiós, como ella misma confiesa. Es que nacer es algo aparentemente feliz, pero irse también lo es. En realidad, probablemente por su carácter puro de personaje, por ya estar de antemano hecho o por conocer de sobra su procedencia, y probablemente su destino, Clara ha estado enormemente acostumbrada a esto del adiós, como los niños, aunque en ocasiones como es lógico. Estos golpes resulten tan duros para Ella como para cualquiera. La muerte estaba siempre ahí, y lo que a Clara le preocupaba más que nada en realidad, eran las reacciones, es decir el estudio de las emociones que el núcleo de la acción —es decir, la muerte— genera en los otros.

Por eso, le producían risa las palabras clásicas de siempre, en mujeres de luto de siempre, plañideras que cambiaban el tono de voz como la mejor de las actrices, pero claro, es que es así la representación. Las repetidas frases "ya se ha ido", "nos ha dejado solos", "qué carita se le ha quedado", "era tan bueno" —esa es de las peores—, "qué bueno era" le producían a Clara un estado extraño de piedad y cachondeo, de no creerse nada del sufrimiento ajeno, ni del grito ajeno, ni del llanto. Los entierros están muy bien, porque es lo que hay que hacer sobre todo cuando estás en edad de morir, es decir, sobre todo cuando la muerte es a una edad natural. Entonces, el dolor, es otro, es un dolor de comprensión, de aceptación y nada más. Es posible ver cada vez que asistimos a un velatorio, funeral o misa de difuntos católicos, cómo el verbo se hace carne ante la verdadera contemplación y ratificación de que en realidad nadie tiene fe, ni siquiera la tienen los sacerdotes. ¿O acaso ellos confiesan con naturalidad su procedencia escénica? Pues no, ni siquiera la tienen clara; ellos son distintos, no pertenecen al mundo de las pasiones, por lo tanto no lo entienden, no son como el resto de los humanos, por lo tanto no son como Jesús, que se hizo humano, ese al que tanto profesan, y que no han caído en la cuenta de que su humildad es para todos, aun más hoy, todavía inalcanzable.

Lo más importante, lo fundamental del arte teatral es la interpretación, también cuando muestra lo cotidiano en escena, el teatro reconstruye los fragmentos por sus propios procedimientos teniendo por divisa la interpretación. Mostrar la vida en escena significa así interpretar esa vida, desde entonces, lo serio se vuelve divertido y lo divertido sin duda torna en tragedia. Cuando vayamos de retorno al mundo de los personajes... pues se acabó. Desde las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique —una huella muy clara de la concienciación de mundos ficticios— hasta hoy no paramos de darle vueltas al mundo de los muertos, al paso del tiempo. La imaginación es así, nos imaginamos muertos, imaginamos nuestro funeral, cómo tienen que compatibilizar los personajes para sobrevivir entre el mundo de lo cotidiano y de lo sublime, en superar la carrera emocional de las frases hechas de los entierros: "te acompaño en el sentimiento" golpes en la espalda, palmaditas en las manos, miradas cómplices, rostros abrumados y sin que nadie diga, por ejemplo, "pero qué a gusto te has quedado, hija mía", que es en realidad lo que uno piensa.

No piense el lector que es irreverencia, es saber estar cuando las circunstancias tornan así. A Clara le daban risa los entierros y no lo podía remediar, congeniar los dos mundos era muy complicado, precisamente por lo de las relaciones de la vida y el teatro, la muerte de fondo; para Clara, los entierros debían ser mucho más íntimos y más largos. Un entierro de introversión de dolor infinito por un adiós momentáneo, puntual hacia aquellos seres que queremos, o que pensamos que nos son imprescindibles, y como lo son los hacemos existir en nuestra vida, en nuestras palabras, nuestras expresiones, ideas y en nuestros sueños, merece mayor dedicación.

La cuestión es que nadie se han muerto de dolor de la muerte, por lo tanto es algo a lo que se supone que debemos sobrevivir. El cómo te quedas es bien distinto. Ahora bien, ¿y los demás? ¿Quién me llorará todos los días? ¿Quién me necesitará de verdad y se dejará de parafernalia de enterrador profesional? ¿Por eso pienso que no me quiere nadie...? ¿Porque no suena el teléfono? O acaso la huella universal, eterna que tú quieres dejar en el resto de los demás debe trascender un poco más el alma humana, el diálogo de lo previsible hacia lo imprevisible que supone una vida, en la que alguien que amamos no está. Entonces, para eso no hace falta que se mueran de verdad, nosotros podemos asesinarlos alegremente o hacer que alguien permanezca vivo en nosotros para siempre. La pérdida de los seres queridos no es tal pérdida, siguen ahí con uno mismo, en tantas cosas…

Clara había soñado muchas veces con la profesión de enterrador, o el regentar una funeraria, pues a todas luces los espectáculos diarios debían de ser dignos de ver, de considerar o de escribir en la memoria. Quería cambiar esa temática completamente. A la muerte hay que acostumbrarse y hay que tener un plan.

Después de haberme comido una lata entera de almendras tostadas cualquiera puede imaginarse cómo tengo el estómago.( Sigo con el relato ya llegando al final.) Los hijos vienen a tu biografía alterando en verdad tu realidad y por esa razón no es reconocible en vida una ruptura tan evidente con la realidad que uno ha construido de forma nueva e inalterable. La pérdida de los hijos, supone la antibiografía, porque no son seres que vayan y vuelvan como otras personas a las que podamos echar de nuestra vida.

Los hijos cuando llegan se instalan en la vida y ésta ya no se concibe igual si ellos, porque en otra vida ya no estarían. Bueno, esas ideas se le pasaron de súbito, naturalmente que tenía muchas cosas que hacer, uno tiene la edad de sus proyectos, sólo es que había tenido un acceso de soledad, de inquietud ante el abismo de estar sola, cansada, parecía que con los chicos había perdido la costumbre... y ya era hora de volver a amar el retiro esencial que nos da la soledad física y unitaria de creernos solos. ¿Qué huella haré sobre los demás y qué huella hacen los demás en este terror? Se había preguntado muchas veces en aquel tren soviético interminable. Bueno, he de confesar que en realidad no me invento nada en materia creativa, ni mucho menos, estas cosas de la imaginación creadora y la tragedia ya le pasaban a Chejov que creo que era alguien.

El autor ruso en momentos nada divertidos tenía la costumbre de romper a reír cuando escuchaba hablar a alguien, lógicamente modificando, reconstruyendo mentalmente las situaciones en posibilidades humorísticas, dándole forma artística. ¿Y qué culpa tenía él? A Igor Illinski, según cuenta Meyerhold, le sucedía lo mismo, mal que a uno le pese, cuando en realidad no son nuestras palabras ni nosotros las que les producen la risa, sino su propia imaginación. Es cuestión del pensamiento del creador. No, si lo digo porque quizás poniendo los ejemplos de estos rusos entre otros, pues a lo mejor me salvo de la quema de brujas, y explicando el proceso me dejan en paz con eso de que estoy loca, vale. Estas y otras chorradas remataban la noche, como un zapateado por martinete, en la mente de Clarita que era obsesiva, cuando algo entraba en su cabeza y no quería salir... Por cierto que el martinete es de los palos flamencos más machacones que existen, se ejecuta sólo con percusión, sin guitarra, idóneo para volverse majareta, pero eso sí, acompaña rítmicamente muy bien cuando el sujeto se encuentra con una idea fija y repetitiva en la cama sin saber qué hacer o sin saber cómo salir del atolladero, garantiza para el siguiente día un dolor de cabeza extraordinario. ¿Por qué Clara no se encontró al Doctor Zivago en Rusia? Pues porque no, ya se lo he dicho varias veces.

Mañana será otro día, pues mañana pensaré, Yo, que siempre estoy de entierro a diferencia de mi amiga cuando no tengo una biblioteca a mano. ¡Oh, no!

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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