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Una reflexión sobre los milagros por Semana Santa: Hemorroisa (la mujer con flujo de sangre)


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)
Cristo curando a una mujer sangrando , como se representa en las Catacumbas de Marcelino y Pedro. / Wikipedia. Cristo curando a una mujer sangrando , como se representa en las Catacumbas de Marcelino y Pedro. / Wikipedia.

Marcos 5

25 Y una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años,

26 y había sufrido mucho a manos de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía,

y de nada le había aprovechado, sino que le iba peor,

27 cuando oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la multitud y tocó su manto.

28 Porque decía: Si tocare tan solo su manto, quedaré sana.

29 Y al instante la fuente de sangre se secó, y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel padecimiento.

30 E inmediatamente Jesús, conociendo en sí mismo que había salido virtud de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?1

31 Y le dijeron sus discípulos: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?

32 Y él miraba alrededor para ver a la que había hecho esto.

33 entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella se había hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad.

34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha sanado; ve en paz y queda sana de tu aflicción.

Algunos estudiosos suelen comentar de este milagro que es uno de los pocos que parecen de tipo “mágico” entre los que aparecen en el Evangelio. No hay nada de magia en las actuaciones de El Salvador. La mujer espera que la virtud sanadora salga del cuerpo de Jesús por sí misma, y así ocurre. Marcos destaca que inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que se quedaba sana del mal. Es como si una especie de corriente eléctrica procedente del manto de Jesús hubiese obrado ese efecto. En el momento de la curación Jesús no sabe quién le ha tocado realmente, ni qué es exactamente lo que está sucediendo; solo siente que una fuerza se desprende de él. En realidad, hay poca magia en las curaciones de los evangelios por más que algunos exégetas se empeñen en demostrarlo. En todo momento, los evangelistas y otros autores intentan presentar tales milagros como signos del poder de Dios ejecutado sobre todo para la salvación espiritual.

Dentro de este variado contexto cada lector, cada intérprete puede descubrir resonancias y significados peculiares. Una idea básica, sin embargo, recorre esta unidad literaria: Jesús se presenta como centro unificador de todas las realidades. Frente al exclusivismo judío, él ofrece un mensaje universalista de integración. La hemorroisa representa a todos los marginados por las prescripciones discriminatorias judías; ese estado puede terminar adhiriéndose a la persona y al mensaje de Jesús: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y continúa curada de tu enfermedad” (Mc 5,34). Con independencia de la opinión sobre el contenido mágico del relato, lo cierto es que Jesús en esta escena no tiene función alguna especialmente activa respecto a la mujer que lo toca por detrás. Ciertamente, esta mujer con flujo de sangre estaría en un grado bajo de la escala y consideración social -por su estado continuo de impureza- pero según el relato Jesús no lo sabía, al menos en principio, tampoco sabía si le había tocado una mujer u otra persona.

El papel activo de la mujer es destacable, pero esta actividad parece afectar a Jesús -en contra de lo que dicen los estudiosos- y a su enfermedad. Esquinas a este respecto escribe que:

El más sexista de los varones judíos o cristianos podía identificarse con la actitud de esta mujer, porque lo que se jugaba en el milagro, en cuanto a roles de género se refiere, no era una actitud de mujer frente a varones, sino una actitud de mujer frente a la acción del Dios que salva.

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Esta escena permite describir la relación de la mujer, la fe salvadora de la mujer. En este sentido podemos ver -y otros historiadores han podido observarlo de forma paralela- que lo que quiere Jesús es hacer una exaltación especial de la mujer como figura excelsa del creyente. Es así como lo entendemos y no hay -creo- duda en ello. Para ser sanados solo necesitamos creer y creer que puede suceder por encima de la ciencia. Si somos dignos, justos y cumplimos los mandamientos debemos aceptar este principio que es el de buscar la voluntad de Dios en todas las cosas para que se cumpla su voluntad, siempre que no estemos señalados para morir o el Señor nos llame a su presencia antes de tiempo.

Un poco de historia

Los mantos que usaban los judíos en aquellos tiempos eran muy especiales. Su hechura tenía un significado muy profundo. Seguramente Jesús usaba un manto de oración conocido como talit. Este talit debía tener cuatro puntas sobresalientes (Deut. 22:12) que representan las cuatro letras YHWH que son las letras de la palabra Dios. Cada una de estas cuatro esquinas estaban conformadas por unos flecos o borlas, o tzitzit, formadas por 7 hilos que representan el número de la perfección y 1 hilo de color azul que representa la realeza de Dios; en total cuatro puntas o flecos con 8 hilos cada una. El largo de estos flecos no estaba establecido, pero los fariseos lo usaban muy largo para dar la impresión de que eran muy clementes (Mateo 23:5).

Lo complejo de los tzitziot (plural) es que cada una de las cuatro puntas del manto tenía 5 nudos, y entre cada nudo un grupo de vueltas de hilos. Entre el primer y segundo nudo había 7 vueltas de hilos, entre el segundo y tercero 8 vueltas, entre el tercer y cuarto 11 vueltas y entre el cuarto y quinto nudo 13 vueltas (como se observa en detalle en la imagen). Los judíos asignaban un número a cada letra, por lo que cada palabra sumaba un número. Si sumamos los tres primeros grupos de vueltas de hilos tenemos: 7 + 8 + 11 = 26, que representa el valor numérico del nombre “Yahveh”.

El cuarto grupo es de 13 vueltas, que es el valor númerico de “ejad”, “uno”. En total, son 39 vueltas en el tzitzit. A través de estas 39 vueltas los judíos estaban escribiendo el versículo: “Yaveh nuestro Dios uno es” (Deut. 6:4). Pero si continuamos con los números, la palabra “tzitzit” tiene un valor númerico de 600, y si adicionamos los ocho hilos que conforman los tzitziot y los 5 nudos que tiene cada uno, tenemos: 600 + 8 + 5 = 613, que representan las 613 leyes mosaicas, de las cuales 365 son maldiciones y 248 bendiciones. Dice la Biblia que la mujer tocó el borde del manto de Jesús (Lucas 8:44). La palabra en griego para “borde” es “kraspedon” que significa “fleco”. Es decir, la mujer tocó estos flecos. La mujer entendía a la perfección lo que significaba el borde del manto de Jesús y pensaba que con tocar solamente este borde o fleco bastaría. Esto fue un tremendo acto de fe, pues significaba que la mujer estaba aferrándose al nombre de Dios y estaba reclamando las bendiciones de Dios. La mujer estaba consciente que estaba tomando de las promesas de Dios en sus manos para ser sana.

Pero, es más, el profeta Malaquías profetizó: “nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación” (Mal. 4:2). Los judíos interpretaban al Sol de justicia con el Mesías, y sus alas con el borde (tzitzit) de su manto. Cuando la mujer tocó este borde estaba creyendo que Jesús era el Mesías que tanto esperaban y que el borde de su manto podría traer la sanidad que tanto anhelaba.

En nuestra vida ocurre algo similar. Debemos aferrarnos al nombre de Dios y reclamar sus promesas para saciar cualquiera de nuestras necesidades. Cuando nos aferramos a Dios y a sus palabras entonces el poder de Dios será desatado en nuestras vidas. Solamente debemos extender nuestras manos a su manto, creer que Jesús es nuestro Salvador y esperar la sanidad que buscamos. Porque Dios, no miente.

Notas

1 Con respecto a vestidos, manto o Talid, diferentes teorías refrendan la vestimenta de El Salvador. Será objeto de otro texto. Lo cierto es que, con tocar un trocito de su vestidura, la mujer sabía que podía sanar. Imaginamos que entre el gentío el manto o vestidura de Jesús sería reconocible.

2 Jesús de Nazaret y su relación con la mujer. Una aproximación desde el estudio de género a partir de los evangelios sinópticos, Academia de Hispanismo, Vigo, 2007, pp. 178-179.

3 Fernández Ramos, Felipe (Dir.), Diccionario de Jesús de Nazaret, Editorial Monte Carmelo, Burbos, 2001.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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