Potaje al Calvario
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Entre platos y páginas: relatos del recuerdo
En una tranquila calle del Madrid de posfranquismo, la calle del Calvario número 7 se convertía en el epicentro de una resistencia clandestina. Entre los personajes que tejían conspiraciones y atentados, Federico Sánchez, Manu Besteiro destacaban como figuras clave. Aunque la imprenta de Manu con Marcelo López era la fachada perfecta, la verdadera acción se gestaba en las reuniones secretas que tenían lugar en el apartamento de Juana, la dueña de un gran piso con cierto aire burgués. Aparentemente una inocente profesora traductora.
El lugar de encuentro se codificaba con el enigmático nombre de "Potaje al Calvario número 7". Bajo la aparente normalidad de la receta de un potaje, se escondía el punto de reunión donde los guerrilleros y revolucionarios donde discutían estrategias y planeaban sus movimientos. La elección de la calle del Calvario y el número 7 no era casualidad; era una mezcla de simbolismo bíblico y necesidad de ocultamiento.
Juana, con su fachada de maestra y traductora, llevaba una doble vida, impartiendo clases a alumnos de diversos niveles, incluso universitarios. La discreción de su vida cotidiana hacía que las sospechas no se posaran sobre ella, permitiendo que el apartamento se convirtiera en el punto de encuentro seguro para los conspiradores.
En dichas reuniones clandestinas, del año 1969 la receta del "Potaje al Calvario número 7" no solo alimentaba los cuerpos, sino que también fortalecía los lazos de solidaridad y resistencia. La mezcla de ingredientes era cuidadosamente seleccionada: aceite de oliva, por cierto, escaso para muchos, garbanzos, bacalao, pan frito, piñones, espinacas frescas, huevos, azafrán y frutos secos. Sin embargo, un componente codificado como un encriptado césar permanecía como un misterio que desafiaba incluso a los comensales más astutos.
Yo, el chef Emilio restaurador de Toledo del restaurante Sabores de recuerdos, me acercaba al punto de encuentro, pues Juana era mi sobrina. En los centros de traducción de la vetusta ciudad, la joven había aprendido, hebrero, sefardí, naturalmente el francés, árabe y se entendía perfectamente con el euskera, si bien, nadie sabía cómo. El inglés lo había aprendido en un curso intensivo que le había pagado la resistencia. Nunca he sabido cómo ni porqué.
Mientras la resistencia se organizaba y los revolucionarios trazaban sus planes, el potaje se convertía en el testigo silencioso de los momentos cruciales de aquella época tumultuosa. Algunos de los valientes guerrilleros, vestidos con identidades camufladas, pagaron el precio más alto en redadas y enfrentamientos con la Policía política social, pero la llama de la resistencia seguía ardiendo.
Cada cucharada de Potaje al Calvario número 7 conjugó los sabores de la lucha por la libertad y la memoria de aquellos que sacrificaron sus vidas por un anhelo de cambio. El apartamento de Juana, en apariencia un rincón tranquilo en Madrid se convirtió en el epicentro de una narrativa clandestina que se desarrollaba entre garbanzos -esas bolitas vegetales que decía Galdós- bacalao y secretos encriptados.
La clave era un sistema inverso sencillo encriptado césar: MAJADO
Sentados alrededor de una mesa, me encontré con mi sobrina Juana. Allí compartimos en aquellos días la incertidumbre y el miedo. Reunidos alrededor de un plato de potaje compartíamos el dolor por la disolución de la cédula clandestina. Un grupo comprometido con la resistencia.
Con tono discreto, discutí sobre la necesidad de trasladar la cédula a otro piso franco para evitar represalias. Yo sabía que cualquier fisura en nuestra seguridad podría tener consecuencias graves. Mientras cortábamos ingredientes frescos para la cena, hablábamos en un lenguaje cifrado, cuidándonos de ser escuchados.
Desafortunadamente, el atentado que se planeó no salió como aquellos combatientes esperaban. La intervención de la policía social resultó en la detención de la mayoría de los miembros, pero por alguna razón, Juana logró esquivar la captura.
En un giro inesperado, los implicados en la imprenta clandestina, encargada de documentos fundamentales, quedaron indemnes. El cómo lograron mantenerse fuera de la redada sigue siendo un misterio, un detalle intrigante en medio de la caótica situación. Este episodio dejó una marca indeleble en mi memoria y en la de Juana. A pesar de ello continuamos con nuestras vidas con la carga de la clandestinidad y la incertidumbre en nuestros corazones. Ahora esperábamos órdenes de una tal Sonia Burgos, cabecilla de La Causa.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.