Talleyrand. La Revolución, al fin. VI
Cuando finalmente se tocó en la Asamblea – era inevitable – la desastrosa situación financiera del país, Talleyrand invirtió dos horas largas, en exponer la necesidad de que el Estado gestionara un crédito de 80 millones de libras a largo plazo y a intereses bajos, ofreciendo a los prestamistas garantías férreas de que se les pagaría. Pero ¿cómo? Para entonces las relaciones de Charles-Maurice con la Iglesia se habían enrarecido. Era evidente que la Iglesia de Francia necesitaba una reforma urgente y, que solo el obispo de Autun tenía imaginación, conocimiento y medios para llevarla adelante. El hombre se hallaba de nuevo entre Escila y Caribides: sabía perfectamente que, si tomaba la iniciativa de la reforma, su gremio le odiaría más de lo que ya le odiaba, pero que, si no lo hacía, caería en desgracia en la Asamblea.
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