HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

La costurera cansada y Rosa Parks


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Siempre se dice que la Historia la narran los vencedores, pero también se podría decir que la Historia la narramos en función de cómo acabó. Un buen ejemplo de ello es Rosa Parks.

Parks se convirtió en un icono tanto del movimiento por los derechos civiles como de la cultura pop. Pero lo hizo a costa de simplificar y de sacar de su contexto su histórico gesto de rebeldía. Ni era una mera costurera cansada ni su gesto fue el inicio de una victoria sin retrocesos del movimiento por los derechos civiles.

El cliché de Rosa Parks, tal como ha llegado hasta nosotros, tiene una fuerza propagandística difícil de igualar, eso es innegable: Una costurera anónima de mediana edad vuelve a casa cansada después de un largo día. Ya en el autobús le requieren a ceder su asiento a un blanco y ella, agotada y hastiada, decide, por vez primera, negarse. La escena termina con la mujer en comisaría mirando con gesto sereno a la cámara que la inmortaliza para la ficha policial. Ese 1 de diciembre de 1955, ella es la viva imagen de la cordura en un mundo que ha perdido totalmente la razón. A partir de allí el movimiento por los derechos civiles toma conciencia y planta batalla tras batalla hasta lograr la igualdad.

Sin embargo, y sin negar de ninguna forma la importancia del gesto de Parks, conviene poner de relieve la larga trayectoria como activista que Parks tenía a sus espaldas en ese momento, así como las consecuencias desastrosas que su decisión conllevó para ella y su entorno.

Rosa Louise McCauley había nacido en Tuskegee, Alabama, en 1913. Su familia, que se mudó a Montgomery, Alabama, cuando Rosa tenía 11, valoraba enormemente la cultura y la educación (su madre, de hecho, era profesora). Por ello, favorecieron que Rosa asistiera a la Alabama State Teachers’ College for Negroes, aunque hubo de dejar la escuela a los 16 para cuidar de su madre al caer ésta enferma.

Activista desde la adolescencia, fue dentro del movimiento por los derechos civiles donde conoció a su marido, Raymond Parks. En 1932, con 19 años, Rosa se casó con él, un hombre autodidacta y miembro de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP), en la que Rosa comenzó a participar y posteriormente también trabajaría como secretaria.

El matrimonio Parks vivía su vida en una sociedad segregada en todos los ámbitos, pero era el día a día cotidiano donde se manifestaban las frustraciones constantes que habían de sufrir: La gente de color debía asistir a escuelas especiales, beber de fuentes especiales e incluso recurrir a bibliotecas especiales.

De todo ello, posiblemente, la segregación en el transporte público era de las que tenían una incidencia más directa en el día a día de los afectados. Y no era un tema menor, ni mucho menos, para la comunidad negra. Los usuarios afroamericanos de los autobuses tenían que pagar su billete en la parte delantera para después bajar del autobús y volver a subir por la puerta trasera del mismo. Además de la molestia que ello suponía, en no pocas ocasiones, además, el conductor arrancaba antes de que pudieran volver a subir al vehículo. Una vez dentro del autobús, los blancos ocupaban la parte delantera mientras que los negros debían sentarse al final. Sin embargo, era decisión del conductor establecer donde se ubicaba la “sección coloreada” y en el mismo momento que un solo blanco quisiera sentarse no sólo debían cederle su asiento, sino que los ocupantes de toda la fila debían desplazarse, puesto que no se permitía que hubiera pasajeros blancos y negros sentados en la misma línea de asientos. Aquel día, los tres pasajeros sentados junto a Parks obedecieron, pero ella permaneció en su asiento hasta las últimas consecuencias. Dos policías acababan deteniéndola y llevándola a la comisaría para ficharla.

Ella misma aclaraba sus motivos unos años después: «La gente siempre dice que no cedí mi asiento porque estaba cansada, pero eso no es cierto. No estaba cansada físicamente, ni más cansada de lo que solía estar al final de una jornada laboral (…). No, estaba cansada de ceder».

Su hazaña no era novedosa tampoco. Unos meses antes, Claudette Colvin, otra mujer afroamericana de Montgomery, se había negado a ceder su asiento en un autobús y había acabado detenida por ello. Al igual que en el caso de Parks, un joven predicador llamado Martin Luther King se había interesado por su caso y la había animado a denunciar lo sucedido. Sin embargo, en el caso de Colvin, el movimiento por los derechos civiles optó por no reivindicar su gesto. ¿Cuál era el motivo? Colvin era una niña de 15 años, soltera, que además estaba embarazada de un hombre casado mucho mayor que ella, frente a la solvencia personal y la estable vida personal de Rosa Parks. No, Claudette Colvin no encajaba con el símbolo que el movimiento por los derechos civiles estaba buscando.

Tampoco había trascendido el caso de Marie Louise Smith, otra joven de 19 años arrestada ese mismo año por no ceder el asiento a un pasajero blanco en otro autobús, lo cual, una vez más, violaba las leyes de segregación de Alabama.

En el caso de la propia Rosa Parks, tampoco era la primera vez que se encontraba cara a cara con ese mismo conductor, James Blake. Doce días antes de negarse a ceder su asiento, ya se había negado a bajar del autobús tras pagar el billete para volver a subir por la puerta de atrás, tal como marcaban las normas. Ya entonces, y frente a la inflexibilidad de Blake, Parks abandonó el autobús como muestra de rebeldía.

Hay que recordar también que en el momento de su detención, Parks, no lo olvidemos, contaba con una carrera consolidada como activista. Ni remotamente encajaba con la imagen de una simple costurera cansada que un día más, volviendo a su casa tras el trabajo, repentinamente estalló contra la injusticia. Llegados a ese momento había invertido tiempo y esfuerzos en la lucha por la igualdad, asistiendo incluso, en agosto de 1955, a la Escuela Popular de Highlander, donde Septima Clark, a quien Martin Luther King definió como “la madre del movimiento”, impartía un taller interracial sobre las Naciones Unidas. Según el diagnóstico de Clark en 1965, “el mal más grande de nuestro país no es el racismo, sino la ignorancia” y, por ello, era necesario apostar por la formación tanto dentro como fuera de la comunidad afroamericana.

Aquella noche, la noticia de la detención de Parks corrió como la pólvora entre la comunidad afroamericana y al volver a casa Parks ya le esperaba allí E.D. Nixon. Sentado en el salón de su casa, Nixon convenció al matrimonio Parks de que ella, Rosa, era el símbolo que su lucha necesitaba. Una persona de imagen honesta e integra que prendiera la mecha para la revolución que habían estado esperando. Y esa revolución, en ese mismo momento también, tomó forma: Tenían que lograr que toda la comunidad afroamericana de Montgomery boicoteara los autobuses. 35.000 panfletos se imprimieron los días siguientes para que los niños los llevaran a sus padres al salir de la escuela y así hacer que sus estos se unieran a la protesta.

Con ello, el arresto de Parks supuso el comienzo de un boicot de 381 días a la empresa de autobuses de Montgomery por parte de la comunidad negra, que suponía la mayoría de sus clientes. Hasta tal punto estaba organizada la protesta que incluso planificaron rutas de coches compartidos a disposición de los más mayores. La protesta, además de suponer pérdidas por valor de miles de dólares a la empresa y contagiarse a otros municipios, significó la consolidación de Martin Luther King Jr. como líder del movimiento por los derechos civiles. Los tribunales finalmente les dieron la razón, y en 1956 la Corte Suprema votó a favor del fin de la segregación en el transporte público.

Pero no había sido fácil y seguiría sin serlo: Las casas de Nixon y King fueron atacadas con bombas; Parks y su marido, por su parte, se vieron forzados a abandonar la ciudad y establecerse en Detroit, Michigan. Ambos habían perdido sus trabajos por su participación en el boicot.

A pesar de todo ello siguieron fuertemente implicados en la lucha por los derechos civiles, asistiendo incluso a la marcha de 1963 en Washington donde tuvo lugar el célebre discurso de King “Tengo un sueño”. Parks siguió trabajando sin descanso dentro del movimiento hasta su muerte en 2005, labor que le valió la Medalla Presidencial de la Libertad y la Medalla de Oro del Congreso. Fue, por todo ello, la primera mujer en recibir un funeral de Estado en la rotonda del capitolio en Washington DC.

 

Doctora en Historia Contemporánea. Autora de diversos libros y artículos sobre el Catolicismo y la Guerra Civil española.