Diez mil dracmas por la cabeza de Artemisia.
- Escrito por Luisa Marco Sola
- Publicado en Historalia
El traidor es el antagonista del héroe. Su cobardía le define, y su falta de honor. Ambas le sitúan enfrentado al héroe, valiente, honesto e impoluto. O quizá no. Quizá son simplemente caras de la misma moneda, la condición humana, y todo depende de quién escribe el relato. Artemisia de Caria tuvo ambos roles. Pero, fuera lo que fuese, amada y odiada por igual, mereció pasar a la Historia.
Para los griegos estaba claro, era una traidora, y por ello ofrecieron una recompensa por su cabeza de diez mil dracmas, más que por ningún otro de los generales persas a los que se enfrentaron en las Guerras Médicas (492-449 a.C.). Sin embargo, el más célebre historiador de la Hélade, Heródoto, mostró sin reparos su admiración por ella, al igual que lo hiciera el gran Jerjes, rey del Imperio Persa (519 - 465 a.C.).
¿Quién era esta mujer que despertaba tales pasiones enfrentadas? A Artemisia I menudo se la confunde con su descendiente Artemisia II, quien hizo construir una tumba tan magnifica para su difunto marido, Mausolo, que nos legó una nueva palabra para nuestro vocabulario, el mausoleo, “sepulcro magnífico y suntuoso”.
Artemisia I, a la que nos referimos, vivió entre los años 520 y 460 a. C. y fue reina de Halicarnaso, ciudad de Asia Menor (en la actual Turquía) que en aquel momento era una satrapía (provincia) del Imperio Persa Aqueménida. Hija del tirano Lígadmis I, cario, la madre de Artemisia era cretense, aunque desconocemos su nombre. Al enviudar Artemisia, con su padre ya fallecido, eligió ejercer la regencia ella misma mientras su hijo alcanzaba la mayoría de edad.
Halicarnaso era en ese momento la capital de la región de Caria, incorporada en el 545 a.C. al Imperio Aqueménida como satrapía. Sobre el origen de los carios existe cierto debate, puesto que sí bien Heródoto sitúa sus orígenes en el Egeo, en las islas Cícladas, su idioma, el cario, no estaba emparentado con el griego, sino que procedía de la subfamilia luvio-hitita de las lenguas indoeuropeas. Asimismo, si bien formaban parte del ámbito cultural griego, la Ilíada los sitúa luchando junto a Troya contra los invasores griego aqueos. Los carios también habían servido como mercenarios para los faraones egipcios, especialmente durante el reinado de Psamético I (664-610 a.C.). Fue posiblemente a partir del asentamiento de colonos griegos durante los Siglos Oscuros (1200-800 a.C.) que los lazos culturales entre ambas comunidades, caria y griega continental, se estrecharon. Caria siguió siento, no obstante, una región puente entre varios mundos, occidente y oriente. Su pertenencia al Imperio Aqueménida también tuvo matices, no obstante, puesto que lograron mantener cierto grado de independencia e incluso se unieron a la Revuelta Jónica contra los dominadores persas en el 499 a.C.
Durante su gobierno de la ciudad, Artemisia dejó constancia de su originalidad como estratega en varias ocasiones. Una de ellas fue la conquista por parte de Halicarnaso de la ciudad vecina de Latmos, referida por el macedonio Polieno en su libro Estratagemas. Según este relato, Artemisia organizó una fastuosa procesión religiosa a las puertas de la ciudad, con la que atrajo a los habitantes de la ciudad, que se acercaron a disfrutar del espectáculo. Mientras estos se encontraban entretenidos, los hombres de Artemisia habrían penetrado en la ciudad para conquistarla sin encontrar oposición.
Seguía siendo la regente de Halicarnaso durante la Segunda Guerra Médica, que enfrentó nuevamente a griegos y persas (llamados incorrecta y despectivamente por los griegos “medos”) entre el 480 a.C. y el 478 a.C. En la misma, el rey aqueménida Jerjes I atacó Grecia con la intención de conquistarla tras haber fracasado en el mismo afán su padre Darío I. Atenas y Esparta lideraron la resistencia a los atacantes, a la que se unieron más de setenta polis griegas. Hay que subrayar, sin embargo, que la mayoría de las ciudades griegas se mantuvieron neutrales u optaron por secundar al Imperio Persa. En el caso de Halicarnaso, según Heródoto, se unió a la campaña persa contra los griegos de forma voluntaria, sin que nada la obligara a hacerlo.
Conformados ya los bandos, la invasión persa por tierra se vio frenada en un primer momento por la resistencia comandada por el rey espartano Leónidas I en el paso de las Termópilas. Al mismo tiempo, la flota de los invasores fue retenida en los estrechos de Artemisión. Era, sin embargo, un triunfo muy temporal para los griegos, que no lograron evitar la conquista persa de Beocia y el Ática.
Fue entonces cuando, en un movimiento estratégico sin parangón, el general ateniense Temístocles atrajo la flota persa hacia los estrechos de Salamina, donde tuvo lugar una de las batallas más célebres de la antigüedad. Allí, las previsiones de Temístocles se cumplieron, y la superioridad persa quedó reducida a la nada en los estrechos, al estorbarse sus barcos entre sí. Sólo una persona entre los comandantes persas había sabido anticiparse a la estrategia del griego, y así se lo había advertido a Jerjes: Artemisia I de Halicarnaso. Ella, que había querido comandar personalmente los cinco barcos de su flota, fue la única que alzó la voz cuando Jerjes reunió a sus generales para pedirles consejo ante el movimiento de tropas del griego Temístocles. Jerjes, sin embargo, había hecho caso omiso a la reina de Halicarnaso, adentrándose así en una trampa. Podría haber ganado la batalla de Salamina si la hubiera escuchado.
Artemisia, muy a su pesar, hubo de adentrarse también en los estrechos junto al ejército de Jerjes, quedando rodeada al igual que sus aliados. Sin embargo, al advertir que un barco griego se dirigía hacía ellos para embestirlos, tomó una decisión arriesgada: Se giró hacia otro navío de la coalición persa y lo atacó. Los griegos, creyendo por ello que se trataba de uno de los suyos, dejaron de acosarla y pudo así escapar. La nave de la coalición persa que resultó hundida era la de Damasítimo, rey de Calinda. El propio Heródoto se cuestionaba sobre si existía un enfrentamiento previo entre ambos, para lo que no tenía respuesta. Sin embargo, Calinda y Halicarnaso eran ciudades fronterizas que en varias ocasiones habían rivalizado por cuestiones territoriales, por lo que no es descartable que se tratase de un ataque premeditado. O, al menos, conveniente para Artemisia I.
No sólo engañó a los griegos, sin embargo. El propio Jerjes, creyendo que la nave hundida era griega alabó la gesta de Artemisia afirmando “los hombres se me han vuelto mujeres; y las mujeres, hombres”.
La visión de una mujer en la cubierta de un barco comandando una tripulación de hombres también resultaba odiosa para los griegos. Tan es así, que ofrecieron una recompensa de diez mil dracmas por su cabeza, más que por ningún otro general persa. Suponía el equivalente a tres años de salario de un obrero ateniense. Y es que, tal como nos refiere el propio Heródoto, “consideraban inadmisible que una mujer hiciera la guerra a Atenas”.
Después del choque, Jerjes le pidió consejo nuevamente, tras haber desoído sus palabras la primera vez. Esta vez accedió a la petición de la reina de Halicarnaso y le permitió retirarse de la batalla, aunque confiándole a sus propios hijos para que los llevara con ella y los protegiera. Hasta tal punto confiaba en la reina.
Su hazaña, su papel en la batalla de Salamina, pasó a formar parte de la cultura pop interpretada por Eva Green en la cinta 300: El origen de un imperio, que llevaba a la gran pantalla la novela gráfica de Frank Miller. En el film se convertía en la antítesis de Temístocles, el héroe que lucha por la libertad frente a la opresión encarnada por el Imperio Persa. En un último gesto de dignidad, Artemisia se dejaba matar por la espada del griego, dejando a éste así admirado por su valor.
Las fuentes griegas, sin embargo, nos relatan que salió viva de la batalla y volvió a su hogar. Y poco o nada se sabe de ella a partir de ese momento. Únicamente un pasaje del Myrobiblion de Focio el Grande nos habla de sus últimos días, en los que, según este relato, habría optado por arrancarse los ojos para después suicidarse al haberse enamorado del joven Dárdano y no ser correspondida.
Sin embargo, este relato posiblemente responda a una intención moralista por parte de los griegos. La traición de Artemisia no se limitaba a su participación en las Guerras Médicas, como hemos dicho, sino que su propia esencia atacaba la idea de los que una mujer debía ser en el mundo griego clásico. Hay que recordar que la cultura griega establecía que las mujeres debían permanecer en el hogar (el oikos), concretamente en el gyneceo (habitación de las mujeres) y ser tuteladas en todo momento por su padre o marido. La propia conducta de Artemisia también suponía una afrenta a los valores griegos, por ello. Una conducta como la de Artemisia debía ser castigada, ya fuera contra su persona o contra su memoria, así.
Con la misma intención, el también griego Aristófanes, en su comedia Lísitrata, ponía en boca de uno de sus personajes masculinos la sinrazón de un mundo donde “las mujeres llegaran a mandar construir naves e intentaran incluso hacer una batalla naval contra nosotros, como Artemisia” para evitar lo cual “hacía falta que las agarráramos a todas ellas y las sujetáramos por el cuello con un cepo”.
Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron vanos, y a través del recuerdo, Artemisia alcanzó la inmortalidad.
Luisa Marco Sola
Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.