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Robespierre. “Termidor”. IV


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Lescot-Fleuriot, el alcalde, pidió al pueblo de París, que salvara a “quienes han obrado el triunfo de los ejércitos de la República” contra los nuevos conspiradores de la Convención Nacional. Pero la mayor parte, de las 48 secciones de París, no hizo ningún movimiento: sólo 13 enviaron finalmente batallones, a defender el Ayuntamiento frente a la Convención. Aun así, disponían de una fuerza considerable, pero quedaron inmovilizados, por la indeterminación acerca de si avanzar o no sobre la Convención.

La Convención Nacional, se había declarado en sesión permanente y, tras una breve interrupción, reanudó la sesión a las siete de la tarde. Llegaron las noticias de que Robespierre y sus aliados, habían solicitado apoyo armado a las secciones. De modo que la Convención, declaró poscristos a los cinco diputados (los dos Robespierre, Saint-Just, Couthon y Lebas). Reunió suficientes fuerzas armadas que, encabezadas por Leonard Bourdon, entraron en el Ayuntamiento, a eso de las dos y media de la madrugada. Para entonces, las secciones se habían esfumado de la Place de Grève, frente al ayuntamiento, y las fuerzas armadas pudieron practicar las detenciones, incluida la de Agustin Robespierre, que se rompió las piernas, después de saltar por una ventana, para intentar escapar. Cuando entraron las fuerzas de la Convención, Robespierre estaba firmando un llamamiento desesperado, a la sección de su distrito. Ignoraba que la misma, modelo de deliberación y vigilancia cuidadosas, ya había rechazado la petición de la Comuna: “no se dará ninguna orden para suministrar fuerzas armadas, mientras no se haya recibido alguna orden de la Convención Nacional”.

La firma incompleta del documento que estaba redactando Robespierre, está rodeada de salpicaduras de sangre. Lebas tenía dos pistolas: hay quien sugiere, que él se voló la tapa de los sesos con una, y Robespierre intentó suicidarse con la otra. Otros prefieren creer que le disparó un gendarme, cuando estaba firmando el documento, los cuales opinan, que jamás habría desesperado lo bastante como para suicidarse, cuando todavía quedaba tanto que hacer.

En cualquier caso, fue una agonía interminable y espantosa. La bala había destrozado la mandíbula de Robespierre, a las dos y media de la madrugada. A las tres y media, fue depositado en la sala de espera, del Comité de Salvación Pública. El Comité envió a las cinco de la madrugada, dos oficiales sanitarios a las Tullerías, donde le encontraron tendido sobre una mesa “cubierto de sangre”. Examinaron la herida de la mejilla izquierda, los dientes y la mandíbula destrozados, y le pusieron un vendaje, que absorbiera la sangre de la boca.

A las once de la mañana, Robespierre y los demás, fueron trasladados a la Concergierie y condenados a muerte. Robespierre era incapaz de hacer otra cosa que gemir, y los gestos reiterados que hacía, para pedir pluma y papel, fueron desatendidos. No fue hasta las seis de la tarde, cuando tres carretas con los veintidós presos, iniciaron una larga e interrumpida travesía, entre unas multitudes burlonas, a lo largo de la Rue Honoré.

La guillotina para entonces, había sido devuelta al extremo occidental de la Tullerías, a la Place de la Révolution, preparada para la ocasión. A las siete de la tarde comenzaron las ejecuciones. Maximilien fue el vigésimo primero en morir: su agonía había durado diecisiete horas.

Tras subir a duras penas los peldaños del cadalso, con la cabeza envuelta en un vendaje ensangrentado y mugriento, tuvo que soportar un tormento final, antes de ser ejecutado. El verdugo le arrancó el vendaje; la mandíbula inferior se le desencajó, provocando un horrible grito de dolor.

Después, los otros veintiún “robespieristas”, fueron enterrados junto a él, en una fosa común, del cementerio de Errancis.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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