Talleyrand. Introducción. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Acepando la idea de que “la historia no es precisamente una escuela moral” François Furet y Denis Richét, a lo largo de los últimos treinta años, así como autores como Funck Bretano, Roberto Calasso, André Suarèz o Marc Fumaroli han escrito sobre él (Talleyrand) textos luminosos, que destruyen el mito del personaje diabólico, que hizo de su vida una venganza contra su familia y, una sociedad que lo hiciera cura a su pesar “porque era cojo”. Esta fue la imagen del “malvado obispo de Autun” que habían ido creando desde la derecha (por cura apóstata y traidor al rey) y desde la izquierda (por agiotista y podo escrupuloso) tantos historiadores de finales del XIX y, de la primera mitad del siglo pasado, dando por hecho que lo mínimo que podía hacer aquel malvado para hacerse perdonar tantos pecados y traiciones, era salvar una Francia arruinada y humillada, en un momento que parecía insalvable.
Uno de sus muchos biógrafos, aconseja acercarse a Talleyrand, un poco al modo como contemplamos al personaje que creó Orson Welles, en las escenas finales de La dama de Shanghái, cuando lo hallamos encerrado en un laberinto de espejos deformantes, que lo reflejan hasta el infinito. La cojera de Talleyrand, sobre la que tanto se ha especulado, nos lo acerca al Ricardo III de Shakespeare, aunque el último rey del conflicto de las Dos Rosas, es seguramente menos complejo que el príncipe de Benevento, el cual se movió en una época muchísimo más complicada. De lo que no hay duda alguna, es de que la figura sombría, del último rey de la Casa de York, llega a nosotros deformado por la propaganda de sus vencedores, los Lancaster-Tudor, en la persona de Enrique VII, que tenían muchas razones para denigrarlo, unos “vencedores” que tuvieron la suerte de contar, con un portavoz que se llamaba Shakespeare. También la figura de Talleyrand fue forjada, en un primer momento, por la historiografía reaccionaria y clerical que dominó la Restauración y, en los tiempos de la monarquía de Juillet. Algo hay, sin duda, que a nuestro juicio vincula ambas personas de dos épocas tan alejadas: la profunda energía que mostraron en sus actuaciones, una energía cercana a aquella virtù que Maquiavelo consideraba, el atributo más necesario para ser un buen príncipe.
La virtù es un concepto clave en el léxico maquiavélico, que el florentino usa de manera frecuente, alejándole de aquellas connotaciones adquiridas por influencia del cristianismo y, devolviéndole la polisemia que tuvo en la Antigüedad, en ocasiones se refiere a aquella antica virtù. Para el Príncipe de Benevento, igual que para Maquiavelo, el peor enemigo de la virtù masculina (el término procede de vir, que en latín significa “hombre”) es la Fortuna, esencialmente femenina, el azar, lo imprevisto y, la única manera de vencerla es imponiéndose a ella, mediante las dosis necesarias de energía (no más).
Talleyrand conocía muy bien a las mujeres: amó a muchas, fascinó a unas cuantas, fue amigo de unas pocas (como Mme. de Rémusat, una burguesa que se convirtió en su confidente predilecta) y supo apreciar la importancia de tenerlas como aliadas a la hora de hacer política. En líneas generales, también hay que decir, que las mujeres le trataron bien. Quizá porque, a pesar de su energía – que, como buen seminarista, sabía disfrazar de afable blandura – siempre conservó algo de femenino en su carácter.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.