¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (X)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
La Edad Media, el periodo de esplendor de los gremios, quedaba ya demasiado lejos. Desde el siglo XVIII, estos organismos arrastraban una profunda crisis al no ser capaces de adaptarse a las nuevas realidades económicas. Sus miembros más emprendedores habían optado por implicarse a fondo en la dinámica de la libre empresa sin abandonar por ello su vinculación a las viejas entidades corporativas, donde en muchas ocasiones incluso desempeñaban puestos directivos.
La emigración del campo a la ciudad también influyó en la decadencia gremial. Los trabajadores que llegaban a Barcelona ya no aceptaban con tanta facilidad someterse a la autoridad de una asociación. Realizar un aprendizaje para adquirir la maestría no es, como en otros tiempos, el sueño de los recién llegados. Estos prefieren, en busca de mayor remuneración y más libertad, dedicarse al trabajo fabril.
Para la mentalidad capitalista que impone, los gremios son una rémora. Sus reglamentaciones obstaculizan el desarrollo de la industria al establecer determinadas limitaciones. Por ejemplo, las que impiden contratar a mujeres y niños. El gobierno, a su vez, se posiciona en contra de las corporaciones, desde la convicción de que así favorece el impulso económico.
En Cádiz, las Cortes, siguiendo el modelo de la revolución francesa, establecieron la libertad de trabajo por el decreto del 8 de junio de 1813. Su primer artículo garantizaba la libertad para establecer fábricas a todos los españoles y a todos los extranjeros que residieran en el territorio nacional. Ya no necesitarían licencia para montar un negocio, tan sólo respetar las “reglas de policía” vigentes en su respectivo municipio. Policía, entendida aquí como “el conjunto de medidas tendentes a mantener el orden en el espacio de la ciudad”
En cuanto al artículo segundo, permitía ejercer libremente un oficio sin necesidad de exámenes, títulos ni ingreso en gremios. Éstos veían sus ordenanzas derogadas en todo lo que contradijera las nuevas normas.
Desde entonces se ha tendido a ver en los gremios un obstáculo para industrialización. Los avances de la historiografía, sin embargo, cuestionan esta visión tan negativa. No deja de ser significativo que en Cataluña, una zona donde los gremios habían sido fuertes y sus afiliados numerosos, la industria experimente un desarrollo tan acusado. Su expansión se vio favorecida por un factor que resulta muy difícil menospreciar: la existencia de un importante sector de mano de obra cualificada. Parece existir, de hecho, una correlación entre un artesanado fuerte y la expansión industrial.
De acuerdo con una visión tradicional, existía una ruptura entre el mundo del Antiguo Régimen, marcado por la organización gremial, y el de la sociedad liberal decimonónica, caracterizada por el surgimiento de la clase obrera y de la denominada “cuestión social”. Sin embargo, la investigación más reciente ha señalado los elementos de continuidad. Lógicamente, no porque desaparezcan jurídicamente los gremios dejan de existir los artesanos. En los talleres, por más que cambien las leyes, la producción continúa.
Con el regreso de Fernando VII tras la Guerra de la Independencia, el restablecimiento del absolutismo supone la abolición de la legislación liberal. Un decreto de 1815 restablece las ordenanzas gremiales, aunque precisa que tienen que suprimirse de ellas cualquier cosa que favorezca el monopolio, perjudique la industria o vaya contra la libertad para ejercerla.
Cataluña, como el resto de España, sufre una situación económica muy precaria, agravada por una libertad de comercio que favorece la introducción de artículos foráneos, con la consiguiente competencia para la producción local. Entre los Gremios se detecta un claro malestar por la invasión de todas clases de “manufacturas y artefactos”, sin el menor control de calidad, una cuestión muy relevante porque el control de calidad del producto era una de las razones que justificaba la existencia del gremialismo. En este contexto inédito, unas corporaciones entraron en crisis y otras se situaron al borde mismo de la desaparición.
No corrían buenos tiempos para unas instituciones que tendían a considerarse como reliquias del pasado. Se denunciaba su monopolio de la profesión, su carácter obligatorio y el hecho de disfrutar de privilegios. En su lugar, según proponía la Real Junta de Fomento de la riqueza del Reino, en 1831, había que crear asociaciones voluntarias que se dedicarían a la ayuda mutua de sus asociados, velarían por el progreso de su oficio y garantizarían el orden público. Al contrario de lo que sucedía en tiempos pasados, estas entidades ya no constituirían una traba para el libre mercado. En el futuro, tener un título de maestro o de oficial dejará de ser una condición sine qua non para todo aquel que aspire a ejercer una profesión.
En Barcelona, una Comisión de Colegios y Gremios, de la que desconocemos su representatividad, manifestó con todas sus fuerzas su rechazo al proyecto. La existencia de los gremios, además de no constituir ningún obstáculo para el desarrollo industrial, comportaba otras ventajas. Garantizaba un control de calidad más exigente sobre los productos y, por otra parte, velaba por el nivel del aprendizaje al limitar el número de aprendices por maestro y establecer los correspondientes exámenes. En consecuencia, la todo aquel que deseara ser maestro se le debía exigir estar agremiado.
Como acabamos de comprobar, los gremios se resistieron a morir sin más. El liberalismo económico triunfante se oponía ferozmente a cualquier limitación del derecho del patrón a la hora de extraer beneficios.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.