¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XII)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Los periodistas acostumbran a indicarnos que lo suyo no es hacer literatura sino limitarse al sujeto, al verbo y al predicado. No obstante, entre nuestros clásicos también encontramos a los representantes del “cuarto poder”. En España contamos, sin ir lejos, con todo un Mariano José de Larra (1809-1837), que hizo más en sus veintisiete años que otros en una larga vida. Sus artículos satíricos, publicados bajo seudónimos diversos como “Fígaro” o “El Pobrecito Hablador”, nos ofrecen una visión penetrante de su tiempo, el romanticismo, con muchas observaciones que siguen vigentes pese a los años transcurridos.
Larra se presentaba a sí mismo como un curioso impenitente. Hizo bien. Ciertas profesiones, como la de periodista o historiador, requieren que uno tenga algo de chafardero profesional. En su caso, se fijaba en los comentarios de los demás y después, en la privacidad de su cuarto, según confesión propia, disfrutaba al recapacitar sobre tantas cosas absurdas: “río como un loco de los locos que he escuchado”. Seguramente, si hubiera tenido Twitter, habría hecho las delicias de todos nosotros.
Aunque solo se habla del “cuñadismo” de unos años esta parte”, el cuñado, aquel que sienta cátedra sobre temas que desconoce, es un espécimen mucho más antiguo de lo que nos imaginamos. Larra lo sabía bien y por eso se burla sin piedad de tantos sabelotodos. Como esos que imparten doctrina en un café, típico escenario de la sociabilidad masculina, acerca de una reciente derrota del imperio otomano. El menos atrevido habla como si se carteara con el Sultán de Constantinopla o tuviera espías en las principales cortes europeas. Nuestro escritor no puede reprimir la risa al ver “cómo arreglaba la suerte del mundo una copa de más o menos de ron”.
La ignorancia, como se sabe, siempre pecada de osada. Fígaro nos lo recuerda al mencionar a un joven que posee, sobre el papel, una educación escogida. Las habilidades que ha aprendido, por desgracia, apenas le sirven para nada útil. Si es que alguna vez escribe, ni por azar dirá nada interesante. A la hora de la verdad, nada de eso importa porque sabe parlotea hábilmente de cualquier cosa, artes o ciencias.
La gente hace caso a los que tienen labia, no a los que se dejan los ojos para producir textos que merezcan ser leídos. Larra se queja amargamente del menosprecio que sufren los profesionales de la pluma, inmersos en una ocupación sin futuro. De ahí que escribir en Madrid sea “llorar”, entre otras razones, por la soledad que implica. El autor, sin público, solo puede aspirar a un “monólogo desesperante y triste para uno solo”. Parece lógico pensar, por tanto, que si Larra supiera de la condición actual de los que escriben libros o artículos, se sumiría de inmediato en los más negros pensamientos. No podía sino envidiar la industria editorial de París, donde Chateaubriand o Lamartine disfrutaban de una caja de resonancia que hacía que sus palabras despertaran atención en todas partes.
Los paralelismos con la actualidad no se quedan aquí. Todos recordamos como el PP, Vox o Junts alardean de patriotas y luego tumban medias sociales. Fígaro no podía soportar este falso patriotismo, todo hipocresía. Por eso nos habla de un tipo que se presenta como muy amante de su país, siempre aficionado a criticar por “brutos” a los españoles, a los que sería imposible civilizar, pero que después se dedica solo a hacer dinero, “comiéndose el pan de los pobres y el de los ricos”. La patria, en este ejemplo como en muchos otros, no es más que un disfraz de la conveniencia personal.
Al igual que Cervantes, uno de sus modelos literarios, nuestro periodista tiene un bisturí extremadamente preciso para denunciar todo lo falso y egoísta. Adelantándose al marxismo y a su teoría de que la superestructura, es decir, la ideología, está determinada por la infraestructura económica, Larra señala que las opiniones de un individuo cualquier no suelen ser sino un reflejo de su situación personal. Según sean los intereses de un hombre, así será su manera de ver las cosas. Sus convicciones, sin embargo, no parten de presupuestos materialistas. Se sitúa, por el contrario, en la órbita del cristianismo. De catolicismo liberal y social que bebe en las fuentes de Lamennais y de su gran obra, Palabras de creyente, libro que se encarga de traducir bajo el título El dogma de los hombres libres.
En algunos momentos, nuestro protagonista expresa con singular fuerza y convicción sus ideales progresistas. Como cuando nos advierte de que la libertad “no se da, se toma”. También, en un tono casi anarquista, desconfía de todos los gobiernos porque implican, a su juicio, una defensa del orden establecido. Quiere decir el poder, por su propia naturaleza, procura su autoconservación. Estas reflexiones, con todo, conviven con otros rasgos menos atractivos en abierta contradicción. Apela al pueblo y la vez desprecia a la multitud, en la que solo percibe individuos embrutecidos incapaz de movilizarse por sí mismos.
La vida del gran articulista acabó de mala manera. Se disparó un tiro en la sién después de ser rechazado por Dolores Armijo, una mujer casada con la que se obsesionó hasta el punto de incurrir en acoso. En esos momentos todo le iba mal: se enfrentaba la anulación de su acta de diputado y a la censura de sus artículos. Tal vez sea exagerado decir, con Buero Vallejo, que a Larra lo suicidó España. Esa es una visión demasiado idealizada, la del héroe trágico que sucumbe a la incomprensión. La maravilla de los textos no ha de hacer que nos sintamos obligados a olvidar que el escritor, a fin de cuentas, también estaba hecho de luces y sombras.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.