Pascual Asensio, un agrónomo fundamental del XIX. El arado
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
Nuestro protagonista dedicó su tiempo a la cuestión de los arados. Inventó un arado y escribió una memoria sobre los arados españoles.
El arado de su invención fue probado en el Jardín Botánico madrileño el día 20 de noviembre de 1848. Para verificar el ensayo asistieron los miembros de la Sección de Agricultura del Real Consejo de Agricultura, Industria y Comercio, así como la junta de Agricultura de la provincia de Madrid, y algunos propietarios. En ensayo se hizo en el cerrillo de San Blas. Sobre el objetivo que movió a Asensio a fabricar un nuevo arado tenemos la opinión del secretario del Real Consejo, Fermín de la Puente, y la del propio autor de las innovaciones.
Al parecer, según el secretario de dicho Real Consejo, Fermín de la Puente y Apezechea, el inventor se había fijado que algunos labradores no querían emplear el arado perfeccionado de Hallié, que Mariano Miguel Hermoso había dado a conocer en España, porque era muy distinto al que estaban empleando. Como buen conocedor de la psicología campesina, había pensado en que convenía emplear un método distinto de persuasión. Para ello, había que presentar un modelo que no pareciera tan distinto al empleado y que fuera sencillo, demostrando con la práctica las ventajas de los perfeccionamientos, en vez de insistir en sustituir lo viejo por lo nuevo.
Asensio ideó un arado para mejorar en algo las labores y quiso que se acostumbraran los labradores al buen uso de las piezas principales que constituyen un arado. Esas piezas eran: la reja cortante triangular, la cuchilla y las vertederas, y que podían montarse y quitarse con facilidad. El profesor pretendía enseñar, hacer pedagogía. El ensayo estaba en esta línea. Pues bien, se dispuso un terreno que estaba sin remover y se realizaron dos surcos con el arado puesta una reja angosta. Después se cambió esta reja por otra plana triangular cortante.
El experimento tuvo lugar en el cerrillo de San Blas. En un terreno sin remover se hicieron dos surcos con el arado con la reja angosta. Luego se cambió la reja por otra de plana triangular cortante, y se colocó una cuchilla acerada, de manera que se apoyaba por la parte inferior en el medio de la reja, y por la superior entraba en la cama, oprimiendo contra ella una tuerca de orejas que le daba solidez, obrando hacia arriba en su rosca. Al lado de los dos surcos abiertos se hicieron otros dos para comprobar el cambio y se comprobó que el arado, con la modificación, cortaba mejor la tierra, y quedaba más mullida.
Posteriormente, se quitaron las orejeras y se colocaron detrás de la cuchilla dos vertederas de chapa de palastro de la misma forma, aunque de menores dimensiones que las que tenía el mencionado arado de Hallié, sujetándolas por medio de un nudo como el de las bisagras con una barrilla o telera que, atravesando verticalmente el dental y la cama, se aseguraba por otra parte tuerca con rosca por encima de la cama. Arrimadas ambas vertederas al dental por su parte inferior se hizo un macho como para sembrar en otro trozo de tierra, ya dispuesta para esta segunda parte del ensayo. Se depositaron algunas habas en un surco y se cubrieron con una vuelta del arado, separando primero la vertedera que había de ejecutarlo del cuerpo del arado con la ayuda de una clavija que entraba en un agujero de la esteva, después de atravesar por los puntos, que tienen dos arcos de hierro sujetos por dos redoblones a sus respectivas vertederas.
Las semillas quedaron, al parecer, muy bien cubiertas que las que lo hubieran sido con las orejeras de los arados comunes. Uno de los asistentes al ensayo, el propietario José de la Lancha manifestó que él ya había usado, con éxito, este nuevo arado en sus tierras en la misma siembra de habas.
La segunda parte del ensayo consistió en abrir un nuevo surco con el arado como estaba dispuesto. Después, se dio un segundo, para que la vertedera que estaba abierta arrojase la tierra sobre el primero. Se hizo un tercero en el otro lado del primer surco, y el cuarto al del segundo, un quinto al del tercero y el sexto al del cuarto. Asensio manifestó a los presentes que este sistema de abrir los surcos a uno y otro lado, de forma alternativa, era indispensable para que la vertedera voltease completamente la tierra. De no hacerse así cada surco destruiría los efectos del anterior.
Otra parte del ensayo consistió en demostrar cómo el nuevo arado perfeccionado no fatigaba uno de los animales de tiro. Al parecer, el arado de Reinoso cansaba más al animal que tiraba del lado de la vertedera. Pues bien, con una serie de maniobras se demostró la ventaja.
Por fin, para terminar el ensayo que tenía que demostrar todos los adelantos de las perfecciones incluidas por el autor, se hizo un nuevo surco en la tierra con las vertederas arrimadas al cuerpo del arado. Se volvió sobre el surco abierto abriendo todo lo que permitían los arcos de las vertederas, y dando al arado todo el tiro que consentía el clavijero. Se comprobó que se hacía una zanja lo suficientemente ancha y profunda para permitir el paso del agua. Esta ventaja fue muy apreciada por los examinadores porque, al parecer, los arados existentes no realizaban unas zanjas adecuadas para el paso del agua.
Restaba la parte económica del ensayo, es decir, los costes de las piezas innovadoras incluidas por el autor en el arado. La reja triangular tenía el mismo peso que las comunes, y la cuchilla y las vertederas costaban unos ochenta reales.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.