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Los teóricos del conservadurismo en la época de la Restauración


Vencido Napoleón y en la época que los historiadores denominan de la Restauración, en el plano teórico o de las ideas se produjo una clara reacción contra los principios de la Ilustración y de la Revolución Francesa. Frente al cuestionamiento de todo el orden establecido que supusieron dichos principios se planteaba un valladar cimentado sobre la tradición y la historia. Había que derribar todos los dogmas o postulados de la Revolución, es decir, la igualdad, libertad, fraternidad, reconocimiento de derechos, soberanía nacional, división de poderes, separación del Estado de la Iglesia, etc.

La tradición, la historia y la religión se enfrentaban en la época de la Restauración a los principios del cambio, del triunfo de la voluntad humana, de los pueblos, y de la razón. La Restauración consideró que estas ideas ilustradas y liberales destruían el orden social y público, favorecían el individualismo y la competencia, y cuestionaban el poder de la Monarquía y de la Iglesia.

No era la primera vez que se cuestionaba la Revolución Francesa y la Ilustración. En otro trabajo en este mismo medio nos detuvimos en Burke, que, por otro lado, planteó unos principios que luego pudo recoger el conservadurismo más adelante, y que pasaban por el respeto de la tradición, que podía ser reformada de forma paulatina o pausada. La Revolución había roto con el pasado, con ese acervo acumulado de forma súbita, y eso era injusto y pernicioso. Por el contrario, los De Maistre, Bonald, o Von Haller en la Restauración, condenaron todos y cada uno de los principios revolucionarios y liberales, para trabajar por restaurar lo destruido por los mismos. En este sentido, las ideas de la Restauración no conformarán una parte fundamental del futuro conservadurismo, más bien de las posiciones ultra, tradicionalistas o muy reaccionarias posteriores, aunque veremos que algunos de sus principios sí pudieron incorporarse, con matices y modificaciones, al universo ideológico del conservadurismo, especialmente todo lo que tenía que ver con el mantenimiento del orden.

En primer lugar, tenemos a Louis de Bonald (1754-1840), que pasó de aceptar la Revolución, ya que fue reelegido alcalde de Millau en 1790 y formó parte de la Asamblea departamental a ser un feroz crítico de la misma. El punto de inflexión fueron las medidas anticlericales que se tomaron. En 1791 dimitía de su cargo y emigraba a Heidelberg, donde se encontraba el ejército del príncipe de Condé. Allí escribió su primera obra, Teoría del poder político religioso (1796), donde pretendió demostrar que el hombre no podía dar una constitución a la sociedad religiosa o política. Al año siguiente regresó clandestinamente a Francia donde comenzó a colaborar en el Mercure de France. En 1800 publicaba el Ensayo analítico sobre las leyes naturales del orden social y, al año siguiente una obra donde condenaba el divorcio. Napoleón le ofreció reeditar su primera obra si retiraba el nombre del rey de la misma, pero De Bonald se negó. La Restauración de los Borbones fue su mejor época. Fue nombrado caballero de San Luis, elegido diputado y consiguió que saliera adelante una ley que prohibía el divorcio. También fue miembro de la Academia Francesa. De Bonald estaba claramente identificado con la época de la Restauración, en la defensa de la unión del Altar y el Trono. Para el autor el poder era de origen divino y la Monarquía existía antes que la sociedad.

El vizconde Bonald defendía, por consiguiente, dos dogmas fundamentales de la época de la Restauración, que no podían discutirse: la Monarquía y la Iglesia, en estrecha alianza. La Monarquía era fruto de la Historia, y estaba por encima de la capacidad de decisión del pueblo, del ejercicio de su voluntad, como había defendido Rousseau. Por otro lado, la Iglesia otorgaba la infalibilidad de la autoridad. La inestabilidad generada por las revoluciones quedaría frenada por esa alianza estrecha.

Por su parte, De Maistre planteaba la cuestión desde otra perspectiva. Joseph de Maistre (1753-1821) fue un pensador y servidor de la Administración del reino de Saboya que planteó en su obra Consideraciones sobre Francia (1797), escrita en Suiza al tener que exiliarse por la ocupación francesa de Saboya, una visión profundamente crítica de la Revolución Francesa. Los hombres estarían ligados a Dios, pero a los que no sojuzgaría.

Los hombres podrían actuar libremente, pero bajo la mano divina. Serían “libremente esclavos”, es decir, que actúan de forma voluntaria, pero sin poder perturbar los planes generales establecidos por Dios. Así pues, la Revolución Francesa sería un designio de la Providencia. No son los hombres los que dirigen la Revolución, sino que ésta los dirige y utiliza por voluntad divina. El objetivo de la Providencia era castigar a Francia. Los franceses eran un pueblo elegido que tenía una misión que cumplir, pero al desviarse de ese camino la ira divina había recaído sobre él. Esa desviación tenía un precedente en la historia en la Reforma protestante al haber alejado a sus seguidores de la verdad original. Pero sería la Ilustración la causa inmediata que había desencadenado la Revolución, ya que era una filosofía subversiva, que había alejado al pueblo de la religión y contra las “leyes fundamentales del Estado”.

Pues bien, como hemos señalado, el castigo por el camino emprendido por los franceses era la Revolución. Dios empleaba, según De Maistre, “los instrumentos más viles”, pero obraba así porque castigaba para regenerar. De una forma nada dolorosa Francia regresaría al orden con el retorno a la senda correcta de la religión y con la restauración de los Borbones.

Había, por lo tanto, que obedecer al soberano legítimo como un deber religioso para superar esta prueba. Tampoco estaba muy alejado del planteamiento de Bonald al afirmar que las Constituciones eran obras de los hombres que habían osado desafiar a Dios. Si en Bonald el ejercicio de la soberanía por parte de la nación era un desafío a la Monarquía y la Historia, en De Maistre aparece un carácter más religioso en el mismo. El orden es un valor absoluto, frente al que representaba el de los derechos de libertad e igualdad. La perturbación del orden constituye un mal absoluto. Quitando los aspectos más tradicionalistas de esta concepción, no cabe duda que el conservadurismo posterior tendrá en el mantenimiento del orden uno de sus principios fundamentales cuando se vayan constituyendo y consolidándose los Estados liberales en su versión moderada. De Maistre, por fin, fue un defensor a ultranza del poder del Papa. El poder temporal debía subordinarse al espiritual, en una versión remozada del concepto de la soberanía absoluta de origen divino.

Por fin, el suizo Von Haller en su obra de seis volúmenes Restauración de las ciencias del Estado (1816-1825) planteó la supremacía del Estado, personificado en el soberano, frente al pueblo. Por otro lado, defendió una vuelta total al Antiguo Régimen, con su sociedad estamental basada en la desigualdad ante la ley y el privilegio, defensa de la Iglesia, etc. En este sentido último, era un pensador muy propio de la Restauración, pero su defensa de la supremacía del Estado frente al pueblo parece prefigurar, en cierta medida, el totalitarismo.

En un capítulo aparte estarían las figuras de Chateaubriand o de Lammenais, que se alimentaron de algunas ideas de la Restauración en sus formulaciones, pero iban más allá, ya que el primero terminó más vinculado hacia el liberalismo y el segundo estaría en la creación del catolicismo social, por lo que conviene estudiarlos aparte.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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