Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Un sueño ilustrado


La palabra pervive más tiempo que las obras cuando, con la ayuda de las Gracias, la lengua la extrae de las profundidades del espíritu. Píndaro

Hace algunas semanas, cuando José Rayos me invitó a pronunciar una conferencia sobre El Jardín de El Capricho, me sentí complacido y estuve dándole algunas vueltas sobre cómo enfocarla.

Estas son algunas de las reflexiones que me suscita. La primera es que, por desgracia, la Ilustración en España no enraizó. Pasó como de puntillas. El conservadurismo imperante, el absolutismo, el poder castrador de la iglesia católica, así como la acusación de afrancesados que cayó sobre ellos, hicieron que fuera un movimiento ideológico, cultural y social… casi clandestino. Sólo se desarrolló en algunos círculos y tomando las oportunas precauciones.

Para que cualquier corriente de pensamiento germine, aflore, crezca y se expanda han de darse unas mínimas condiciones que en la España de aquellos años, no se daban. Por eso, el sueño ilustrado fue en, no poca medida, un sueño frustrado… o quizás un sueño abortado.

No es momento de lamentaciones retrospectivas. En algunos países europeos la segunda mitad del XVIII y las primeras décadas del XIX, fueron un buen momento para que el pensamiento se desarrollara y para que echaran raíces algunos proyectos educadores y reformadores.

El concepto de ciudadanos, tal y como hoy lo entendemos, procede de ese momento histórico. Comienzan a reconocerse derechos y libertades y algunos mandatarios, por primera vez, tienen la feliz idea de construir nuevos espacios públicos para el solaz y esparcimiento de la clase social emergente.

En otros lugares, sin embargo, siguieron proliferando los tramoyistas de la sumisión, que anclados en un tiempo sin futuro, se negaban a hacer ninguna incursión por cualquier territorio alejado del tradicionalismo.

Quizás, por eso, conviene volver, de cuando en cuando, a los ilustrados españoles. Hay que apreciar en muchos de ellos su riqueza de ideas y proyectos innovadores. Quisieron ir más allá de lo que estaba establecido, incluso de lo permitido… y muchos pagaron cara su osadía.

Stricto sensu no se les puede considerar filósofos ya que sólo se puede filosofar a propósito de otra cosa. La filosofía en España en esos años, para nuestra desgracia, fue poco más que un callejón transversal, que pretendió sacudirse el conservadurismo clerical, provinciano y los excesos absolutistas.

Algunos fueron elegantes, solventes… e incluso sabios y estuvieron dotados de un andamiaje reflexivo, que en líneas generales, aplicaron a las reformas sociales.

La realidad no daba mucho más de sí, la cerrazón, el peso muerto de las supersticiones, la ignorancia y el control de la iglesia, hicieron todo lo posible por impedir la circulación de ideas nuevas. Quizás, sea este uno de los motivos de calado por los que los ilustrados, con alguna excepción, acabaran refugiándose en ‘círculos minoritarios’ para ponerse o intentar ponerse a salvo.

Algunos de ellos leyeron con fruición al pensador de Königsberg, tal vez, para compensar la ausencia de expectativas que sufrían. Su ‘sapere aude’ venía a ser un anhelo imposible de cumplirse, al mismo tiempo que un objetivo deseable. ¡Atrévete a pensar por ti mismo!, emancípate de una moral heterónoma, confía en el poder de la razón, muéstrate partidario de las reformas sociales, considera que la educación es una herramienta poderosa para el prestigio de los países y la movilidad social… deja atrás una etapa presidida por las tinieblas de la ignorancia y ábrete a los descubrimientos científicos y al progreso, para que las naciones conquisten nuevos espacios de libertad. Fue una causa de frustración permanente para quienes profesaban estas ideas, tener que… remar, sistemáticamente, contra corriente.

Pasemos a hablar del palacio y de los jardines del parque de El Capricho. Fue, en cierto modo, refugio y lugar de reunión y esparcimiento de uno de esos círculos minoritarios. Ahí llegaron ideas ilustradas provenientes, sobre todo, de Francia; libros, muchos de ellos prohibidos… allí tuvieron lugar fiestas y saraos, mas también, interesantes reuniones y tertulias donde se abordaban y se sometían a revisión y crítica, ideas ilustradas… que no podían expresarse en otros lugares.

Desde luego, constituye un ejemplo idóneo, para aproximarnos al espíritu de una época, que sirvió históricamente, al menos, para recoger y conservar algunas ideas de calado de aquel brillante aunque minoritario movimiento en que el pensamiento y la crítica gozaron de predicamento.

Amaron la filosofía, que es la ciencia de la vida. Aunque tuvieron que disimular, la suya era una sabiduría laica. No necesitaba ni de la religión, ni del ateísmo. La afición al pensamiento era una medicina que producía placer y ayudaba a combatir algunos males tradicionales.

Tuvieron un cierto horror al vacío, a no encontrar nada de provecho, apartando de sí tanta hojarasca acumulada y muerta. Podríamos decir que, en cierto modo, se debatían entre el infinito de Parménides y la grandiosidad espacial de la naturaleza de Anaximandro, buscando infructuosamente, realidades tangibles a las que aplicar conceptos abstractos. En cierto modo, pretendieron ‘fabricar’ una ‘alegoría’ de la realidad y de las reformas sociales. El experimento funcionó sólo en casos contados…, mas desde luego, era meritorio intentarlo.

Fueron refinados, en cierto modo, desordenados y hasta puede decirse, exagerando un poco, que observadores un tanto distanciados de la vida… de lo que acontece.

Llegados a este punto, ya es hora de que nos detengamos un momento en María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón, Condesa-Duquesa de Benavente y Duquesa de Osuna. Fue una aristócrata muy peculiar e intelectualmente atractiva, culta, desenvuelta, inteligente y ambiciosa. Fue mecenas de artistas como el pintor Francisco de Goya y algunos otros.

Tuvo acceso a ideas y libros prohibidos y, logró reunir en torno suyo a una pléyade de pensadores y artistas ilustrados. Tal vez, no tuvo más rival, en cuanto a distinción y prestigio, que a la Duquesa de Alba, con la que mantuvo relaciones de empatía y rivalidad, a un tiempo. Sentían alternativamente, una hacia la otra, sentimientos de admiración… y rechazo.

Disponer de un lugar de recreo como El Capricho era, desde luego ‘un puntazo’. Ubicado a extramuros de la Corte, protegido de miradas indiscretas, cercano a lo que hoy es el Aeropuerto de Barajas. Fue capaz de edificar y dar vida a un espacio espléndido, donde perderse por sus senderos y cañadas y donde practicar, más o menos inocentes, juegos eróticos en sus intrincados y laberínticos jardines, donde era fácil perderse y difícil encontrar la salida. Allí transcurrieron veladas alegres y entretenidas. Los jardines del parque de El Capricho llegaron a albergar distintas modalidades que van del parterre (francés), al paisajista (inglés) y al giardino (italiano), mas esto, por motivos de espacio, queda fuera de este ensayo.

Disponía, asimismo, de lugares emblemáticos: el templete de Baco, la plaza de los Emperadores, el Abejero, donde podían observarse las abejas a través de una cristalera, dando lugar a interesantes y quizás disparatadas discusiones sobre si las abejas tenían sexo o cual era el de la ‘reina’ de la colmena.

Entre los ilustrados de mayor relevancia podemos citar a pensadores y artistas como Jovellanos o Francisco de Goya. En las paredes del palacio llegaron a exhibirse cuadros como La Pradera de San Isidro, La Gallinita Ciega, La Familia de los Duques de Osuna o el Aquelarre. Hoy día, algunas de estas obras se encuentran en el Museo de El Prado, en el Lázaro Galdiano o en la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Como curiosidad señalaré que la Duquesa llegó a adquirir las primeras carpetas de Los Caprichos de Goya. Quizás, porque eran una sátira ilustrada a las supersticiones de la España negra y una ocasión ‘pintiparada’ para cometer una transgresión y que esta fuera entendida, tan sólo, como una diablura.

Los ilustrados eran una élite… por tanto, sus ideas rara vez traspasaban determinados círculos aristocráticos y… en cierto modo, protegidos. Es agradable, no obstante, recordar que allí tuvieron lugar debates ‘muy del momento’ como si eran preferibles los antiguos o los modernos o si la humanidad avanza en línea recta o experimenta retrocesos, de cuando en cuando.

Por supuesto, departían también, de pintura, literatura, teatro, política y reformas sociales. Por una parte, proyectaban los ideales de la Ilustración y, por otra, eran un buen exponente de los ideales estéticos, literarios y filosóficos de la Duquesa. Allí, todo invitaba a resaltar, exhibir y poner de relieve el poder de la razón.

No me resisto a exponer, aunque sea de pasada, los libros que atesoraba en su rincón predilecto: Voltaire, Rousseau, Kant, Montesquieu, Diderot e incluso la Enciclopedia. En este sentido cabe señalar, que estaban obligados a ser discretos y andarse con pies de plomo.

La Inquisición era, todavía, poderosa, mas, la duquesa utilizaba su notoria influencia para urdir artimañas e incluir entre los seis mil volúmenes de su biblioteca, a algunos autores prohibidos y disponiendo de licencia para conservar y leer aquellos que figuraban en el tristemente célebre INDEX, pero que para ella eran una ‘fruta prohibida sabrosísima’ y que saciaba su apetito y su afán de estar al día.

La Ilustración dejó, tras sí, un cierto ambiente cosmopolita, creó Academias como la de la Lengua o la de la Historia, revistas y algunas instituciones a imitación de las francesas.

Las fiestas, que allí se celebraban eran ‘fastuosas’ y concurría a ellas la flor y nata de la aristocracia, artistas y pensadores. Eran muy celebrados los conciertos de Luigi Boccherini, a título de ejemplo. Entre los contertulios habituales en estos saraos, comentados y alabados en todo Madrid, se encontraban Ramón de la Cruz, Mesonero Romanos o Moratín.

El Parque de El Capricho ha sufrido, con el paso del tiempo, un abandono notable. Fue ocupado por las tropas napoleónicas en la Guerra de la Independencia. Durante la Guerra Civil el General Miaja lo convirtió en una auténtica fortificación introduciendo modificaciones estructurales, sufriendo notables daños y destrozos a causa de los frecuentes bombardeos.

Merece la pena señalar, que se han rodado en él numerosas películas de las que sólo voy a destacar La maleta mexicana, que contiene numerosas sorpresas y aspectos de interés. Sin duda, la más conocida fue Un rayo de sol de Luis Lucia, interpretada por Marisol, donde se hico creer que estaba ambientada en la Toscana.

Capítulo aparte, merecen las numerosas fotografías que se conservan del legado de Santos Yubero y Alfonso. En los fondos documentales de estos dos grandes artistas, se pueden rescatar del paso del tiempo, imágenes tomadas en los años treinta y que aportan muchos datos de interés sobre aquellos años.

Por último, sólo esbozar otra posible dirección para explorar el jardín de El Capricho: la literaria. Quienes hemos leído con atención La forja de un rebelde de Arturo Barea, recordamos las referencias a este jardín, que aparecen en la tercera parte de la novela. Con el paso del tiempo y debido a su calidad e interés, se ha convertido en una obra de referencia, sobre la Guerra Civil.

No se priven de hacer una visita, con cierto detenimiento, a tan emblemático lugar si aún no lo conocen. Es agradable y da rienda suelta a la memoria porque supone un encuentro con acontecimientos bélicos, culturales y sociales de la historia de Madrid… y nos hace ver cómo es posible recuperar, tras muchas vicisitudes, lugares emblemáticos como éste.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.