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Manuel Cordero, la libertad y el laicismo en la atención a las huérfanas en 1930


“No sólo de pan vive el hombre; también necesita el divino placer de la libertad”

El infatigable Manuel Cordero visitando e inspeccionando todo tipo de establecimientos de la beneficencia, viajó a Alcalá de Henares para conocer la sección que allí tenía el Asilo de la Paloma, sostenido por el Ayuntamiento de Madrid. Y publicó, al respecto unas reflexiones que denotan una especial sensibilidad, en El Socialista, en junio de 1930.

La sección se situaba en un caserón viejo, que calificó de excesivamente severo y donde se acogía a las niñas huérfanas, donde pasaban su infancia, vivían y recibían su educación primaria con el fin de prepararse para la lucha de la vida.

Cordero llegó a la hora de la comida, y allí pudo ver a las doscientas seis asiladas, reunidas en un comedor insuficiente, vigiladas y servidas por las hermanas y las niñas más mayores. No era mala la impresión que recibió el socialista porque las niñas estaban limpias y comían, pero se preguntaba si eran unas niñas felices, alegres. Le dio la impresión de que la alegría en el Asilo era forzada y melancólica, aunque veía y escuchaba risas, pero pensaba que eran muy particulares. Reían dentro de una disciplina. No veía en los rostros de las huérfanas, ni en sus movimientos, un “alborzo natural”, propio de las criaturas que se criaban y educaban en un régimen de libertad. Y aquí estaba el quid de la cuestión.

A Cordero le daba la impresión de que en el Asilo, y en ese tipo de instituciones la libertad, quedaba asfixiada por un ambiente monótono. Era verdad que había abrigo, lecho cómodo y limpio para dormir, pero no había libertad, y eso marcaría para siempre a esas criaturas cuando saliesen de allí, adquiriendo todo tidpo de convencionalismos.

Las niñas terminaron de comer, y sin moverse del comedor rezaban unas cuantas oraciones. Cordero apreciaba que sus caras distraídas revelaban que sus espíritus estaban ausentes del significado del rezo, pero rezar, rezaban, porque tenían que hacerlo.

Por eso, terminaba su crónica preguntándose, después de haber defendido la alegría y la libertad, por qué las instituciones de beneficencia no podían ser laicas.

La crónica, con foto incluida, se publicó en el número 6662 de El Socialista, de 15 de junio de 1930.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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