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EL PERIÓDICO
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William Henry Harrison, el presidente que nunca durmió en la Casa Blanca


Proyectada durante el primer mandato de George Washington, John Adams, el segundo presidente, inauguró la Casa Blanca en 1800. Desde entonces, todos los presidentes salvo uno han pernoctado en la mansión presidencial.

Hace ahora justamente cuatrocientos años, los primeros anglosajones que habían desembarcado del Mayflower el año anterior en las costas de Massachusetts, fundaron el que iba a ser el primer asentamiento anglosajón en Norteamérica. Los indios nativos no podían imaginar que su mundo se vendría abajo tan deprisa y tan irremediablemente. De hecho, siguieron con sus viejos esquemas y, en principio, consideraron a los blancos como un enemigo más, no como uno común para todo ellos.

Muy debilitados por las enfermedades y no menos desorientados por el brutal cambio de su mundo, no se dieron cuenta de que su sistema de vida llegaba a su fin hasta que ya no les quedó nada. Su resistencia armada fue el canto del cisne de un mundo irremediablemente condenado a desaparecer.

Por su parte, el bando anglosajón, como todo pueblo en fragua, como toda sociedad que se va labrando su propia historia, elevó esas luchas contra las tribus al rango de cruzada dirigida a incorporar unos territorios ocupados por tribus salvajes a una nación depositaria de unos valores que sintetizaban el progreso de la triunfante civilización occidental. La Guerra de Independencia contra Gran Bretaña había supuesto una pausa en el avance colonizador, pero la emergencia de Estados Unidos como estado independiente que estrenaba su incipiente conciencia de nación reafirmó su empeño expansionista hacia los territorios occidentales disponibles.

La consolidación del nuevo Estado significó también la aparición de una fuerza, el ejército, al principio una mezcla de milicia profesional y de voluntariado civil, que iba a revelarse decisiva en la lucha contra las tribus indias. Era evidente que, para los militares, la posibilidad de ganar nuevos entorchados, o incluso de hacer carrera política a costa de los indios, era una tentación nada desdeñable.

Este fue el caso de William Henry Harrison (1773-1841), quien, nombrado gobernador del Territorio de Indiana en 1800, mantuvo una feroz política agresiva hacia los indios en la que, mezclando el engaño con la coacción y el chantaje, negoció una serie de tratados cuyo fin era sustraer a las tribus millones de hectáreas de terreno.

Con el beneplácito y el apoyo del Gobierno federal, ávido de extender su poder sobre nuevas tierras en un continente que parecía infinito, Harrison decidió astutamente practicar el “divide y vencerás” y tratar siempre por separado con cada una de las tribus. Le fue bien hasta que Tecumseh, jefe de los shawnis, pensó que la mejor manera de defender los derechos individuales de las tribus sería promover una confederación de todas ellas a fin de negociar unificadamente y desde una posición más fuerte.

Viendo el riesgo de esa nueva actitud, Harrison aprovechó que Tecumseh había viajado al sur en busca de adhesiones para atacar a su tribu al frente de un millar de hombres y derrotarla en la batalla de Tippecanoe (1811), Indiana. El éxito le convirtió en comandante en jefe del ejército del Noroeste. Deseoso de estrenar su nuevo mando, volvió a vapulear a los indios en la batalla de Thames, en Ontario (Canadá), éxito más apreciable por cuanto las tribus se habían coaligado con los ingleses en un estertor colonialista de estos. En el tratado que siguió a la paz, los blancos dejaron bien sentado quiénes eran los nuevos dueños del viejo Noroeste.

Cuando Harrison, orgulloso de su hoja de servicios, se presentó en 1841 por segunda vez como candidato a la presidencia de los Estados Unidos, en su campaña electoral habló más de sus hazañas bélicas que de su programa político. Lo eligieron.

Sin embargo, su dicha presidencial duró poco. Agotado por la intensa campaña electoral, no estaba en las mejores condiciones físicas para que, en su ceremonia toma de posesión, desafiando los consejos de sus familiares y amigos, se pasara varias horas desabrigado a la intemperie bajo el intenso frío del gélido invierno de Washington. Un mes después de su toma de posesión, su resfriado derivó en pulmonía y acabó con sus días. Fue el más breve presidente en la historia de los Estados Unidos. En su sepelio, muchos recordaron “la maldición de Tecumseh”.

Escultura en mármol de Tecumseh yacente, de Frederick Pettrich. Smithsonian's National Museum of American Art. Washington DC.

“La Maldición de Tecumseh” o “la Maldición de los Veinte años” fue lanzada en 1836 pero no exactamente por el célebre Tecumseh, sino por su hermano, Tenskwatawa «el Profeta». Ese año, se celebraban las elecciones presidenciales y los candidatos eran Martin Van Buren, el vicepresidente de Andrew Jackson, y el propio William Henry Harrison, el famoso general cuyo mejor aval era haber ganado años antes la batalla de Tippecanoe a una fuerte confederación india liderada por el propio Tenskwatawa.

Se dice que mientras Harrison posaba para un retrato y los presentes discutían el posible resultado de las elecciones, el Profeta lanzó su profecía-maldición: «Harrison no ganará este año el puesto de Gran Jefe. Pero ganará la próxima vez. Y, cuando lo haga, no terminará su periodo. Morirá en ejercicio». «Ningún presidente ha muerto en ejercicio», le apuntó uno de los presentes. «Pero les digo que Harrison morirá y, cuando él muera, ustedes recordarán la muerte de mi hermano Tecumseh. Ustedes creen que he perdido mis poderes, yo que hago que el sol se oscurezca y que los pieles rojas dejen el aguardiente. Pero les digo que él morirá y que, después de él, todo Gran Jefe escogido cada veinte años morirá también y que, cuando cada uno muera, todos recordarán la muerte de nuestro pueblo».

En algunas cosas acertó. Aquel año resultó elegido Van Buren, que sólo tuvo un mandato porque perdió las elecciones de 1840 frente a Harrison quien, efectivamente, murió en ejercicio sin haber dormido una sola noche en la Casa Blanca. Veinte años después, en las elecciones de 1860, resultó elegido Lincoln, que también murió en ejercicio. Lincoln tomó posesión en 1861; veinte años después lo hizo James A. Garfield, quien apenas ocupó la presidencia un semestre, antes de resultar herido levemente en un atentado y rematado después por un equipo de médicos ineptos. Veinte años después, en 1901, el presidente William McKinley fue asesinado por el anarquista Leon Czolgosz.

En 1921 le tocó el turno a Warren Harding, elegido vigésimo noveno por el partido Republicano, fallecido de un ataque al corazón durante el segundo año de su mandato. Veinte años después, en 1941, Franklin Delano Roosevelt fue reelegido por tercera vez; en 1945 falleció en su despacho mientras trabajaba. En 1961 resultó elegido John F. Kennedy, asesinado en 1963. A partir de él, afortunadamente, se rompieron los pronósticos de Tenskwatawa, aunque John Hinckley estuvo a punto de que se cumplieran cuando atentó contra Ronald Reagan el 30 de marzo de 1981 poniéndolo a las puertas de la muerte.

Cuando George W. Bush y Joe Biden tomaron posesión en enero de 2001 y de 2021, respectivamente, supongo que cruzarían los dedos.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.