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Indalecio Prieto y su avance de crítica del Desastre de Annual en agosto de 1921


Bien es sabido que Indalecio Prieto fue uno de los más agudos críticos en relación con las responsabilidades del Desastre de Annual. Justo en el centenario de un hecho capital en la Historia contemporánea de España, en primer lugar, porque supuso la muerte de muchas personas, y luego porque fue el punto culminante del fracaso del sistema político de la Restauración y de aquel orden constitucional, que desaparecería dos años después, queremos recordar un artículo que publicó en El Socialista en el mes de agosto de aquel año de 1921, que título “Un avance de crítica”.

En primer lugar, Prieto señalaba que todos se estaban sacudiendo las responsabilidades en un ejercicio que, si no fuera por la tragedia de lo que había pasado, podía llegar a ser hasta cómico. Prieto consideraba que ya llegaría la hora de exigir responsabilidades a políticos y militares, pero, por el momento, le parecía intolerable que distintos militares estuvieran demostrando con sus declaraciones una enorme falta de disciplina menoscabando con sus críticas a la autoridad legítima que no era otra que el ministro de la Guerra, como jefe del ejército. Este era el meollo de esta primera aproximación crítica sobre el Desastre, es decir, la injerencia militar en la vida política española.

Era, para Prieto, una vieja cantinela que los militares echaran la culpa de sus problemas sobre los gobernantes, aunque reconocía que, en alguna ocasión, seguramente no les había faltado razón.

Pero en ese momento, y a la espera de saber completamente todo lo que había pasado, pesaba un hecho determinante en la vida española, y que no era otro que desde el 1 de junio de 1917 gobernaba el ejército en España por medio de las Juntas de Defensa. El ejército tenía la organización que había querido darse cuando había culminado el Desastre, y que era la que habían impuesto las Juntas.

Desde aquella fecha, según Prieto, los ministros de la Guerra, tanto militares como paisanos, habían sido serviles ejecutores de lo ordenado por las Juntas, también llamadas Comisiones técnicas, aunque consideraba que era un eufemismo oficial.

Por imposición de las Juntas de Defensa se habían suprimido los ascensos como recompensa de guerra. En principio, Prieto consideraba que no había sido una mala medida ante el verdadero “escándalo orgiástico” de las recompensas, pero también era cierto que la supresión dañaba el estímulo. En vez de suprimir los abusos se optó por cerrar, bien es cierto, la puerta a los mismos, pero también al mérito.

Al parecer, recientemente la oficialidad de África había pedido el restablecimiento de las recompensas a través de una Comisión de jefes y oficiales de las tres Comandancias Generales, pero se interpusieron las Juntas, y al dictado de las mismas, el vizconde de Eza decretó el inmediato retorno a sus destinos a los comisionados. Al conocerse esa noticia en Marruecos, comenzaron a llegar al Ministerio de la Guerra notificaciones de jefes y oficiales que, cumplido el tiempo reglamentario de servicio en África, solicitaban, en uso de su derecho, destino en la península. Parecía una manifestación colectiva. Prieto no quería deducir que este hecho hubiera tenido influencia en lo que había pasado porque le parecía que no era justo, pero sí lo exponía como una prueba de que la organización del ejército en ese momento era obra del propio ejército.

Las Juntas habían encumbrado al ministro De la Cierva en la cartera de la Guerra, que las había calificado de “providenciales”. A instigación de las Juntas había llevado adelante sus reformas militares que Prieto calificó de anticonstitucionales y que llevaban en vigor desde 1918.

Esas reformas estarían entre las causas de lo que había ocurrido porque Prieto afirmaba que las mismas habían creado unidades para aumentar las plantillas de jefes y oficiales sin disponer de tropas para nutrirlas ni de recursos para instruirlas adecuadamente. Así los refuerzos enviados carecían de instrucción y material. Otro desastre tenía que ver que, siendo la única empresa militar emprendida por España la de Marruecos, no se había dispuesto al borde del Estrecho de una división reforzada, presta al socorro y provista de todos los elementos modernos de combate. Además, a pesar del dinero que se había gastado, parecía una vergüenza que gran parte de los soldados expedicionarios habían tenido que quedarse en la costa andaluza, aprendiendo a manejar el fusil para no ser una molestia en Melilla. Otra idea que consideraba disparatada había sido que las tropas movilizadas del interior peninsular habían tenido que embarcar en Bilbao, uno de los puertos más distantes de Melilla, y lo habían hecho en buques de malas condiciones, considerando el político socialista que hubiera sido más fácil y cómodo el transporte terrestre hasta Málaga o Almería.

Pues bien, concluía Prieto, se había nombrado ahora como ministro de la Guerra a Juan de la Cierva, el que consideraba el causante de esta desorganización.

El artículo se publicó en el número 3909 de El Socialista de 23 de agosto de 1921.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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