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Normas para impedir la propagación de la fiebre tifoidea en 1920


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

A título informativo seguimos aportando normativa histórica para combatir epidemias. En este trabajo insertamos las dadas por el inspector provincial (Madrid) de Sanidad, y que se publicaron en la prensa el primero de enero de 1920, con el fin de evitar la propagación de la fiebre tifoidea.

El preámbulo explicaba que era la fiebre tifoidea o tifus abdominal, una enfermedad “aguda e infecciosa” provocada por la presencia del bacilo tífico de Eberth. El germen se ingería normalmente con el agua, la leche o los alimentos contaminados, o por medio que le pone en contacto con las mucosas de las vías digestivas. También podía producirse el contagio en las personas que rodeaban a los enfermos si no se observaban unas “escrupulosas reglas de aseo, limpieza y desinfección”. Por eso, la primera regla era explicar que las personas que asistían a los enfermos debían permanecer con ellos el tiempo indispensable, no debían comer en la habitación, y tenían que lavarse y desinfectarse antes y después de tocar al enfermo o sus ropas y enseres. Debemos recordar que la fiebre tifoidea, como se decía, se propagaba por el bacilo de Eberth, bacteria del género Salmonella, pero que no debe confundirse con el tifus en sí, que se produciría por varias especies del género Rickettsia, que estarían en los piojos. Así pues, la forma de contagio principal de la fiebre era, como también queda dicho en el texto, por vía digestiva, pasando al intestino y de ahí a la sangre, localizándose luego en diversos órganos, produciendo inflamaciones, y eliminándose las salmonellas por las heces, por lo que, como veremos, había que tener mucho cuidado con las mismas.

La siguiente norma tenía que ver con el agua en épocas de epidemia. Debía usarse hervida y filtrada, pero también la leche. Los alimentos, por su parte, debían ser cocidos, suprimiéndose las verduras y las frutas crudas. Los alimentos, además, nunca podían guardarse en la habitación del enfermo, estando en la misma nada más que el tiempo indispensable para ser ingeridos. Era fundamental que los enfermos llevasen un régimen alimenticio riguroso porque los excesos podían provocar recaídas. Una de las cuestiones claves en el desarrollo de la fiebre tifoidea o del tifus abdominal tenía que ver, precisamente, con los problemas de abastecimiento de agua verdaderamente potable en las ciudades españolas.

Los recipientes en donde se depositaban los excrementos, orines y esputos del enfermo debían contener de antemano una cantidad prudencial de solución desinfectante de formol comercial al 10 por ciento. Además, debían desinfectarse intensiva y minuciosamente todas las ropas y enseres utilizados para el enfermo, y también el agua en que se bañase antes de verterla. Podrían emplearse el formol comercial, el sulfato de cobre, el lisol y productos similares.

El texto de Sanidad explicaba, además, que existía una vacuna antitífica que, con grandes posibilidades de éxito, ofrecía inmunidad durante un tiempo, por lo que parecía muy conveniente se aplicase a las personas que estuviesen cerca del enfermo, y especialmente a los que tenían que tener contacto estrecho con el mismo.

El inspector terminaba exponiendo que de todo lo expuesto se podía concluir que la defensa contra el tifus era posible y su propagación dependía del cuidado individual, teniendo en cuenta estas reglas y el consejo del facultativo.

Hemos trabajado con el texto publicado el 1 de enero de 1920 en El Socialista.

Seguiremos aportando materiales.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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