Antonio Machado, más que un nacido un resucitado
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Cultura
Antonio Machado se dejó desde niño la muerte, lo muerto, pobre y quemasdá por todos los rincones de su alma y su cuerpo. Tuvo siempre tanto de muerto como de vivo, mitades fundidas en él por arte sencillo. Cuando me lo encontraba por la mañana temprano, me creía que acababa de levantarse de la fosa. Olía, desde muy lejos, a metamorfosis. La gusanera no le molestaba, le era buenamente familiar. Yo creo que sentía más asco de la carne tersa que de la huesuda carroña, y que las mariposas del aire libre le parecían casi de tan encantadora sensualidad como las moscas de la casa, la tumba y el tren, inevitables golosas.
Juan Ramón Jiménez. Españoles de tres mundos. Pág. 147.
Su primer libro fue Soledades, publicado en 1903 y recogía algunos poemas aparecidos en revisas como Electra, Alma Española, Helios y otros poemas inéditos. El mismo Machado destacó la influencia que Bécquer ejerció en sus primeros trabajos poéticos. La particular falta de retórica del autor de Rimas y Leyendas fue el factor que más incidió en Machado, así como cierto gusto por la vaguedad y la exaltación del misterio y el ensueño. Pero ya en esta primera obra asoman los elementos originales de Machado, que se desarrollarían plenamente más tarde. Su temática está centrada en la tierra, en el sentimiento del paisaje, en la idea de un Dios de amor cuya bondad se extiende omnicomprensiva: Anoche cuando dormía soñé, bendita ilusión…que Dios lo que tenía dentro de mi corazón.
Una poesía profunda, moralizadora, íntima y clásica en los ritmos, esfumada por la nostalgia y por el sentimiento del paso del tiempo, que lleva al poeta, muchas veces a contemplar su primera infancia desde el refugio del intimismo. En 1912 se publicó Campos de Castilla, su obra quizá más madura. Formalmente e ritmo poético se cristaliza en un periodo mas largo y solemne. Se establece una relación de comprensión cordial entre el poeta y el paisaje. La Castilla ascética y austera, áspera y melancólica de este libro aspira a convertirse en símbolo de una más auténtica espiritualidad española. El descubrimiento del paisaje castellano tema clave de la generación del 98, alcanzó en machado una de sus recreaciones más perfectas. Se acentúa la sencillez melancólica del poeta, que ve la muerte con una tranquilidad estoica: Y cuando llegue el día del ultimo viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos de la mar.
Casi como un reconocimiento del influjo subjetivo sobre el todo de la realidad de las cosas todo el libro está impregnado por una visión dramática de la realidad española. Muchas veces el poeta se aleja de la dimensión privada y se asoma al vasto drama nacional de la España en agónica tensión hacia la renovación moral y civil. La actualidad de Machado que es enorme y gloriosa es que concebía la poesía como un dialogo del hombre con el tiempo, lo que explica el profundo amor que sintió por Jorge Manrique, el poeta más temporalista de la Edad Media española, algunos de cuyos símbolos y metáforas (el mar: la muerte, el río: la vida) retomó el autor sevillano. Pocas almas de poetas como la de Machado hay hoy en nuestro día a día. Pocos pudieron comprender nuestro mal, nuestro cáncer como pueblo y expresarlo con esa sencillez, casi divina.
Temáticamente Campos de Castilla, vuelve a centrarse en una poética de las cosas sencillas –la vida de hoy- las viejas ciudades, os campos, los ríos humildes, las huertas y los caminos del monte, la tarde con sus luces y sus tonos…En cuanto al tema del amor, siempre se ha dicho y lo cual comparto como poeta, que la poesía de Machado no es amorosa, sino enamorada, habitada por la nostalgia y el recuerdo de la mujer amada. Como poeta excelso, esa mujer puede ser simplemente el amor mismo. Nunca le hemos considerado ni sevillano, ni soriano, castellano…Machado ha sido un hombre universal, un emigrante que poco duró en cuanto pasó la frontera a Francia junto a su amada madre.
Las últimas poesías de Machado, escritas entre 1924 y su muerte, corresponden a su producción denominada apócrifa: una tentativa última y paradoxal por alcanzar un arte objetivo y comunitario. S expresan en el Cancionero Apócrifo (1924-1936). Tienen su correlato en la prosa también firmada por las dos imaginarias criaturas creadas por el poeta: el maestro de escuela Abel Martín y su discípulo Juan de Mairena y que se compone de ensayos, comentarios, reflexiones, etc. Junto a la apertura social, que se acentuaría en las poesías escritas durante la contienda civil, en el Cancionero Apócrifo resalta un aspecto del mundo sentimental de Machado: la emoción ante la presencia (o la ausencia) de la mujer. También está presente la imposibilidad de alcanzar una fusión espiritual con la amada, o con cualquier otro ser humano. Y la certeza del fracaso último amor por la erosión cotidiana y, al mismo tiempo, la necesidad de una superación de la angustia a través de la serena conciencia poética.
Llena de vida interior, reconcentrada y sencilla la poesía de machado a la que Rubén Darío llamó “luminosa y profunda” ocupa un lugar con pocos equivalentes en la moderna literatura española. De Machado Juan Ramón dijo: “Poeta de la muerte, y pensado, sentido, preparado hora tras hora para lo muerte, no he conocido otro que como él (…) haya salvado, viviendo muriendo, la distancia de las dos únicas existencias conocidas, paradójicamente opuestas: Toda nuestra vida suele consistir en temer a la muerte y alejarla de nosotros. Antonio Machado la comprendía en sí, le decía a ella en gran parte. Acaso él fue, más que un nacido, un resucitado.”.
En la eternidad de esta mala guerra de España, que tuvo comunicada a España de modo grande y terrible con la otra eternidad, Antonio Machado, con Miguel de Unamuno, y Federico García Lorca, tan vivos de la muerte los tres, cada uno a su manera, se han ido, de diversa manera lamentable y hermosa también, a mirarle a Dios la cara. Grande de ver sería cómo da la cara de Dios, sol o luna principales, en las caras de los tres caídos, más afortunados quizás que los otros, y cómo ellos le están viendo la cara a Dios.
Juan Ramón Jiménez. Españoles de tres mundos. Pág. 147.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.
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