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Feminismo versus Queerness (Primera parte)


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Durante la década de 1990, los teóricos y activistas queer desarrollaron una nueva forma de hablar sobre el género. Su enfoque, por supuesto, tenía puntos en común con el vocabulario feminista más establecido, pero tenía un énfasis diferente; una teoría diferente lo sustentaba. Básicamente era la teoría de la identidad posmodernista, asociada con la filósofa Judith Butler, (El género en disputa (1990, Paidós, 2019), aunque dudo que la propia Butler dijera que las feministas no tenían un análisis crítico del género. Este nuevo enfoque trascendió a opciones políticas muy diferentes.

Para las personas que habían adquirido su formación en esos años, ya sea codeándose con la teoría feminista académica o involucrándose en el sistema de pensamiento y activismo queer, este es el significado que tiene el concepto de “género”. Estas personas creían lo que les decían, que las feministas de las décadas de 1970 y 1980 no tenían un análisis crítico de género, o que no tenían el análisis correcto, en la medida en que sus ideas sobre género eran 'esencialitas' más que enfocar en 'lo social' como ‘construcción' de identidad. El concepto de género es un sistema de relaciones sociales/de poder estructurado por una división binaria entre “hombres” y “mujeres”. La división en categorías se suele hacer sobre la base del sexo biológico. Pero el género, tal como lo conocemos, es una realidad social más que biológica (por ejemplo, la masculinidad y la feminidad tienen diferentes definiciones en diferentes lugares y épocas). En esta lucha significativa entre el feminismo radical y lo queer, subyace el aprovechamiento también político.

En Nadie nace en un cuerpo equivocado, por ejemplo, publicado recientemente por los profesores y psicólogos Errasti y Pérez, con prólogo de la filósofa Amelia Valcárcel, reflexionan a cerca del activismo social, heredero de los estudios poscoloniales y de la mujer, ha encontrado en lo queer una falsa bandera de progresismo. Y no sólo eso, sino que ha logrado que cada matización o cada análisis negativo del fenómeno, especialmente de la terapia afirmativa bio-médica para transicionar de género, se lea como un ataque a las personas con disforia de género. Es lo que llaman la ‘inqueersicion’, cuyo radio de acción principal son las redes sociales. Este aspecto de tendencia ha hecho que no existan apenas voces discordantes en política y, especialmente, en el mundo académico, vendido al «infantilismo» de las teorías de género. En cambio, opinan estos autores, la terapia afirmativa no sólo no es progresista sino profundamente «reaccionaria»: niega el sexo biológico, pero paradójicamente fomenta el cambio de sexo y se dice de izquierdas, pero confluye a la perfección con los intereses neoliberales.

Este es un aspecto de la identidad personal/social, generalmente asignado al nacer sobre la base del sexo biológico (pero esta correspondencia “natural” es una ilusión, como lo es la idea de que debe haber dos géneros ya que hay dos sexos).

Porque es un sistema binario rígido. Requiere que cada persona se identifique como hombre o mujer (es decir, no ninguno, no ambos, no en algún punto intermedio, y no de una manera completamente diferente) y castiga a cualquiera que no cumpla con esta regla. (Oprime tanto a hombres como a mujeres, y especialmente a las personas que no se identifican completamente con el modelo a seguir prescrito para su género).

Feminismo: Las mujeres se están movilizando para derrocar el poder masculino y, por lo tanto, el sistema de género en su conjunto. (Para las feministas radicales, el número ideal de géneros sería... ninguno).

“Queerness”: las mujeres y los hombres rechazan el sistema binario, se identifican como “género fuera de la ley” (es decir, queer o trans) y exigen el reconocimiento de una variedad de identidades de género. (Desde esta perspectiva, el número ideal de géneros sería… ¿infinito?)

Hay similitudes y diferencias entre estas dos versiones. En ambos, el género está relacionado con el sexo, pero no es lo mismo; en ambos, el género como lo conocemos es un sistema binario (básicamente hay dos géneros); y podría decirse que ambos enfoques estarían de acuerdo en que el género tiene que ver con el poder y la identidad. El caso es difieren en la importancia que se da a uno y otro factor. Estas dos versiones también difieren porque los seguidores de la versión queer no piensan en términos de opresión de las mujeres por parte de los hombres; ni en luchar por sus derechos, ven las normas de género como más opresivas que el poder jerárquico, y quieren más género en lugar de menos o nada en absoluto.

¿Qué tienen en común el feminismo radical y la política queer (también llamada género queer), ¿cuáles son sus diferencias básicas y cuáles son sus respectivos objetivos políticos?

El feminismo radical es un análisis materialista que argumenta que el género no es producido únicamente por el discurso y la actuación, sino que es un sistema en el que un género (el masculino) posee poder económico y político y otro (el femenino) no lo tiene, y un sistema donde el grupo dominante tiene interés en preservar este estado de cosas.

El feminismo radical incluye el reconocimiento de que uno no puede producir (o desafiar) el sistema de género solo mediante el discurso o la actuación individual: adoptando ciertas ropas, cierto lenguaje o incluso mediante cambios anatómicos. Fuera de ciertos contextos limitados, la cultura dominante siempre interpretará estos gestos a la luz de los códigos sociales dominantes y buscará categorizar al ser como hombre o mujer. (En otras palabras, en el metro, en el supermercado o en el trabajo, estos gestos individuales o expresiones performativas serán ininteligibles y bastante ineficaces como desafío al sistema de género).

Judith Butler argumenta que el feminismo, al afirmar que las mujeres constituyen un grupo con características e intereses comunes, ha reforzado la concepción binaria del género, donde los géneros masculino y femenino se construyen sobre cuerpos masculinos y femeninos. En efecto, las feministas dicen que las mujeres tienen un interés político común (en lugar de simplemente tener características comunes). Dicen que las mujeres sufren una opresión común (que viven de formas diferentes ligadas a otras formas de relaciones de poder, incluyendo la raza y la clase), y que el cuerpo de las mujeres es el lugar de gran parte de esta opresión. Pero esto de ninguna manera implica que la categoría de mujeres sea una categoría indiferenciada. Es simplemente argumentar que, mientras las mujeres estén oprimidas como mujeres, necesitan una identidad política común para poder movilizarse efectivamente en la resistencia a esta opresión. El feminismo radical tiene como objetivo transformar el sistema de género y desafiar la opresión en todas sus formas. Así, no esperamos nada de la idea de ser proscriptos, idea que parte de una concepción romántica de la opresión. Además, sentirse oprimido no es lo mismo que estar oprimido.

Todos estos fenómenos, aclamados como anti-heteronormativos por el movimiento queer, ya son aclamados por el patriarcado, y por tanto no tienen nada de revolucionario. Las feministas radicales buscan no solo desafiar las estructuras del patriarcado, sino desmantelarlas, mientras que el desafío que ofrece lo queer a la cultura normativa es una provocación, sin objetivo político de desmantelar la norma, de la que depende, por definición propia, para existir como una postura de oposición. Por lo tanto, parece que lo queer no busca liberarse del sistema de diferencia de género, sino simplemente tomarse libertades con él. Si se desea transformar el aparato social que crea la diferencia de género que conocemos, se deben tener en cuenta las estructuras subyacentes que engendran y sostienen esta diferencia, y se debe tratar de erradicar el género mismo.

 


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