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Sobre la asistencia a los trabajos masónicos


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La masonería es una institución muy exigente, en teoría, con sus miembros porque exige trabajo, compromiso y asistencia a sus reuniones donde se trabaja, lo que se conocen como tenidas. Es relativamente difícil entrar en masonería, aunque siempre después de la combinación de una decisión personal y de la aceptación de los hermanos de un taller o logia siguiendo un procedimiento que culmina con la iniciación. Salir de la masonería es infinitamente más sencillo. Puede haber expulsiones (“irradaciones”) pero, sobre todo, hay decisiones voluntarias a la hora de dejar de pertenecer a la orden.

Pues bien, una de las cuestiones que generan más desazón en el universo masónico es que, a pesar de lo reglada que está la orden y de ese compromiso sobre el que hemos dado algunas pinceladas, puede darse el hecho de que haya un número relativamente importante de masones que no asisten a los trabajos masónicos, a las tenidas masónicas. No debemos olvidar nunca que, como toda organización reglada, con normas y reglamentos, está formada por seres humanos con sus distintas problemáticas y grados de compromiso.

Asistir, por tanto, a las tenidas es una obligación masónica de primerísima importancia. Así lo recordaba un artículo del Boletín del Grande Oriente Español, en su número del 10 de febrero de 1933.

En el mismo se afirmaba que nunca estaba de más recordar a los masones la obligación de asistir a las reuniones de las logias y prestar asistencia y auxilio también a los hermanos con problemas.

El artículo recordaba la obligación de todo masón de manifestar su no asistencia al secretario de la logia o a cualquier oficial de la misma las causas de esa inasistencia, sin olvidar el envío del “óbolo” correspondiente (que estaría establecido por la logia, es decir, una cantidad simbólica) que, se destinaba al saco de beneficencia. Si no se pudieran presentar excusas por alguna circunstancia imprevista, el hermano masón debería excusarse en la reunión siguiente. Habría logias que establecían unas multas en las que incurrirían los hermanos que faltasen y no enviase en óbolo correspondiente. Como comprobamos, la masonería todo lo tendría reglamentando, no dejando nada al azar. Otra cuestión es si en todos los casos se cumpliría lo dispuesto.

Si la no inasistencia era reiterada, y así ya se plantearía con tres tenidas consecutivas sin asistir y sin haber dado cuenta del motivo de la falta, el masón sería amonestado. Habría una segunda amonestación en caso de reiteración. Si este comportamiento se repetía en una tercera vez, se le debería advertir que la logia interpretaba su silencio como una renuncia. Por fin, si a esta tercera y última advertencia no contestaba llegaba el caso de acordar su baja.

Podría darse el caso de un masón, que por distintas circunstancias supiera que tenía que ausentarse un tiempo de su logia. En ese caso estaría obligado a prevenirlo con una “plancha” o personalmente.

Cada cierto tiempo, unos tres meses, debería informar a su taller o logia del estado en que se hallaba, dando cuenta de su llegada cuando regresase.

Por su parte, las faltas frecuentes de asistencia eran motivos para acrecentar los intervalos establecidos para lo que en masonería se conoce como “aumento de salario”, es decir, del paso a un grado superior.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

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