La industria turística, y su masificación, tiene una contradicción de base: no se puede ser a la vez singular y multitudinario. Este último aspecto destruye el atractivo de lo diferente. Pero la lógica de un sector industrial capitalista es la apuesta máxima: reducción de costes, abaratamiento, multiplicación. Aunque hemos convertido el viaje, la actitud turística, en algo cotidiano y transversal a todo lo que hacemos, apostar por este sector es ya algo arcaico, al igual que pretender mantenerlo. Es una actividad de dudoso beneficio colectivo, con costes medioambientales que no se pueden asumir, y resulta imposible democratizarla; es una cuestión de física, de la relación entre espacio y movimiento de los cuerpos. Si hemos colapsado, estamos en situación de bloqueo cuando el turismo internacional solo lo pueden practicar 2.500 millones de personas y, sin embargo, pretendemos —y seguramente es voluntad de la gente— ampliarlo por las posibilidades de renta de las nuevas clases medias en una proporción aproximada de 200 millones adicionales anuales. En una década, hemos duplicado el número de turistas internacionales. Se puede discutir si esto técnicamente puede ser posible, si las leyes de la física y la capacidad de construir infraestructuras lo hacen factible, pero resulta indiscutible su insostenibilidad medioambiental, de entrada, además de la económica, social y urbana. ¿Doblar la vivienda turística cuando somos incapaces de proporcionarla a todos los ciudadanos?