Año tras año, diversas grandes encuestas ponen de manifiesto el profundo pesimismo democrático de los franceses en comparación con sus conciudadanos europeos. En 2026, el Barómetro de la confianza del Cevipof señala una desconfianza más profunda que nunca: el 76 % de las personas encuestadas considera que la democracia funciona mal en Francia (frente al 49 % en 2009), un punto más que en Rumanía, una democracia joven que figura entre los países europeos donde la confianza en las instituciones es más baja.
Las preferencias de los ciudadanos respecto a la forma en que deben tomarse las decisiones políticas constituyen una prolífica línea de investigación en un contexto de cuestionamiento frontal de los principios democráticos en distintos lugares del mundo. También son un tema central del debate público, como demuestra el reciente lanzamiento de la Convención Ciudadana para la Democracia en Lille (Norte), que reúne a académicos, ciudadanos, representantes electos y miembros de la sociedad civil.
Más allá de esta constatación de desconfianza, ¿cómo explicar los fundamentos del pesimismo democrático de los franceses? Como recuerdan los politólogos Frédéric Gonthier y Nonna Mayer:
«Lejos de estar resignados o ser ambivalentes, los ciudadanos y ciudadanas son demócratas insatisfechos. No rechazan la democracia liberal, es decir, el Estado de derecho, las libertades públicas y las elecciones. Lo que cuestionan es la forma en que se practica: una representación socialmente sesgada, un uso partidista de las reglas del juego político y una soberanía popular confiscada por un ejercicio del poder distante y desconectado».
En la línea de estos resultados, hemos llevado a cabo un estudio comparativo que combina encuestas y 122 entrevistas en profundidad en Francia, Bélgica e Italia. Estos tres países se caracterizan por los debates recurrentes sobre la «crisis de la democracia», un intenso reformismo institucional y la existencia de movimientos sociales o partidos que han cuestionado frontalmente el funcionamiento actual de las instituciones.
Esta investigación demuestra que Francia se caracteriza por un pesimismo democrático más intenso que el de Bélgica e Italia, cuyos fundamentos hay que buscar en los callejones sin salida de las instituciones de la V República.
Una cultura mayoritaria desencantada y personalizada
En los tres países estudiados, los ciudadanos centran su atención ante todo en los problemas de funcionamiento de su sistema político, más que en sus cualidades.

Los ciudadanos franceses se distinguen de sus homólogos belgas e italianos por la especial atención que prestan a tres cuestiones: la incapacidad de los ciudadanos para hacerse oír al margen de las elecciones, la debilidad estructural de los contrapoderes frente al poder ejecutivo y la escasa capacidad del sistema francés para reflejar las preferencias de la mayoría.
El análisis de las entrevistas muestra hasta qué punto, en el caso francés, la «monarquía republicana» —término mencionado directamente por los ciudadanos más politizados—, sustentada en unas instituciones mayoritarias, verticales y presidencialistas, es objeto de profundas críticas, independientemente de la valoración que se haga de Emmanuel Macron.
Sin embargo, más que la falta de contrapoderes, lo que se denuncia especialmente es la escasa representatividad de las instituciones francesas. Muchas entrevistas hacen referencia a la necesidad de instaurar un sistema de representación proporcional, total o parcial.
Los ciudadanos franceses suelen relacionar la falta de escucha con la figura de un «pueblo» concebido como una realidad sociológica que compartiría un interés común, unívoco y evidente, presentado como el reverso del privilegio de las élites políticas o como el único sujeto plenamente legítimo para ejercer la ciudadanía.
Este enfrentamiento entre el pueblo y la élite se opone a una concepción pluralista que admite la existencia de intereses diversos y contradictorios dentro de la sociedad, mucho más presente en las entrevistas realizadas en Bélgica e Italia.
La «desconexión de los representantes electos», debida a su constitución como una clase autónoma respecto al resto de la sociedad, se señala como la principal causa de su incapacidad para escuchar a los ciudadanos y comprender lo que muchos denominan «la vida real» o «la realidad». Esto alimenta no solo la desconfianza, sino también, a menudo, el alejamiento, en ocasiones total, de la política, especialmente entre las personas más vulnerables desde el punto de vista social y económico y que se sienten menos capaces de comprender la vida política.
Por último, la cuestión de la falta de implicación ciudadana aparece con mucha frecuencia, haciendo hincapié en la importancia de una consulta real —y no meramente escenificada— de las aspiraciones profundas de los ciudadanos para orientar las decisiones públicas. Muchos ciudadanos también insisten en la función de educación política que desempeña la participación.
Así pues, entre los franceses emerge un hilo conductor: la voluntad de pasar de una posición de sujetos dentro del sistema institucional a la de actores, ya sea mediante una escucha auténtica, una mejor representación o una educación para la participación.
Léa (36 años, artista) resume estas distintas expectativas:
«Hacer pensar a la gente (...), convertirla en protagonista de su sociedad. (...) La política de hoy te dice cómo pensar, piensa por ti, tú votas (...) Aceptaríamos mejor los cambios legislativos si los comprendiéramos más, si hubiéramos participado en ellos».
Un imaginario democrático limitado
Nuestro estudio también muestra hasta qué punto la interiorización de la omnipresencia de las elecciones presidenciales limita el imaginario político de los franceses y dificulta la formulación de otro horizonte democrático.
A diferencia de los belgas y los italianos, que, aunque a menudo los critican, reconocen el papel positivo de los partidos en la democracia (estructuración de intereses y proyectos de sociedad), los franceses muestran desinterés por los actores colectivos y dibujan una visión personalizada del universo político, centrada en los individuos en lugar de en una concepción colegiada.
Conceden una importancia primordial a la institución presidencial y dejan de lado, especialmente entre quienes tienen menos interés por la política, los demás niveles de poder y otras formas de participación.
Para muchos, esta cita electoral sigue siendo el único momento de participación en la vida política, en un contexto en el que el acto de votar está mucho menos valorado que en los países vecinos estudiados. En efecto, la existencia en el pasado en Italia, o en la actualidad en Bélgica, del voto obligatorio implica que allí el sufragio se percibe mucho más como un deber ciudadano, colectivo e ineludible que como un derecho individual, tal y como sucede en el contexto francés.
Las numerosas candidaturas motivadas por disputas personales más que por proyectos ideológicos, la incapacidad de la clase política para construir coaliciones duraderas y el desfase inevitable entre la promesa de que una sola persona puede cambiarlo todo y la realidad de la vida democrática alimentan un pesimismo cada vez más intenso.
Por el contrario, en Bélgica e Italia, pese a las quejas recurrentes sobre la rigidez del sistema político o su ingobernabilidad, las fórmulas de reparto del poder, como la representación proporcional o el Gobierno de coalición, moderan las críticas ciudadanas a las instituciones: permiten representar mejor las distintas sensibilidades, garantizan el pluralismo y evitan que una sola fuerza política acapare el poder, lo que confirma los resultados de otros estudios comparativos.
Un estudio reciente muestra que el 77 % de los europeos prefiere una democracia consensual (por ejemplo, como la de Suiza o Austria), es decir, un modelo inclusivo de democracia en el que el Gobierno integra al mayor número posible de personas y se apoya en el compromiso, la negociación y el reparto del poder, en lugar de en una democracia mayoritaria. Sin embargo, la mayoría de los candidatos a las elecciones presidenciales fingen creer en el principio mayoritario —es decir, en la futura presencia en la Asamblea Nacional de un bloque unido que respalde incondicionalmente la política del presidente—, un principio que quedó enterrado desde 2022, cuando no atacan directamente a los contrapoderes, ya mucho más débiles en Francia que en las democracias vecinas.![]()
Camille Bedock, investigadora en Ciencia Política, Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS)
Este artículo se republica a partir de The Conversation bajo licencia Creative Commons.





