Y esos profetas menores, escribe Popper, que anuncian, el probable acaecimiento de ciertos hechos como, por ejemplo, la caída final en el totalitarismo, pueden estar cooperando, sin saberlo y, ya sea que les guste o no, para que dichos hechos tengan efectivamente lugar. Su dictamen de que la democracia no ha de durar eternamente, es tan cierto, o tan poco significativo – según el caso – como la afirmación de que la razón humana, no ha de durar eternamente, dado de que sólo la democracia, proporciona un marco institucional, capaz de permitir las reformas sin violencia y, por consiguiente, el uso de la razón en los asuntos políticos. Pero, naturalmente, su pesimismo tiende a desalentar, a aquellos que luchan contra el totalitarismo, favoreciendo, en cambio, la rebelión contra la vida civilizada. Puede hallarse otro motivo ulterior, para esta posición destructiva, en el hecho de que la metafísica historicista, permite aligerar a los hombres, del peso de sus responsabilidades. Si se sabe de antemano, que las cosas habrán de pasar indefectiblemente, haga lo que uno haga ¿de que vale luchar contra ellas?