En todas partes se produce un fenómeno que parece imparable. La derecha más extrema y desacomplejada se impone políticamente, y lo hace contando con el apoyo de los sectores sociales más excluidos que, antes, se sentían representados por los partidos progresistas y de izquierdas. La América de Trump, la Italia de Meloni, la Hungría de Orbán o la Argentina de Milei son buenos ejemplos y no los últimos: quienes malvivían gracias a ayudas sociales de contención, acaban votando a quien afirma que lo primero que hará es eliminarlas. Una muestra de que amplios sectores sociales, los más necesitados, se han desvinculado de los sindicatos y partidos que los representaban. Unos utilizan mucho las estrategias populistas, pero los otros algunas cosas no deben haber hecho del todo bien. Las dinámicas políticas y sociales de las últimas décadas evidencian cómo en Occidente los sectores populares cada vez se sienten menos representados por las opciones progresistas, ya que buena parte de estas han abandonado la pretensión de conseguir una mayor nivelación económica entre los grupos sociales, optando por la defensa de preocupaciones particulares a partir del establecimiento de identidades fracturadas y definidas en torno a cuestiones culturales. Resulta significativo que la izquierda no tenga, en general, planteamientos en relación con el combate contra la desigualdad y sobre el futuro del trabajo. Si hay un tema crucial hoy y hacia el futuro, es la pérdida de puestos de trabajo, la imposibilidad de empleo para todos y que gran parte de lo que quede tenga unos mínimos de dignidad. El significado del trabajo tiene mucha más incidencia que el salario y el reparto de rentas. Condenamos a gran parte de la población no solo a vivir subvencionada, sino a carecer de una cultura, dignidad y orgullo ligados al trabajo.