Humillados y ofendidos
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
Salimos de unas elecciones y estamos a las puertas de otras. Lo vivimos de forma casi agónica, ya que vemos expresiones radicales e incluso autodestructivas de una parte de la ciudadanía que nos cuestan de asumir. Lo que puede llegar no aporta ninguna solución y sí una profundización en las causas de las disfunciones actuales. Voto protesta de unos en forma de opciones que están muy lejos de resolver nuestros problemas, que no refuerzan en nada la cultura democrática o en forma de desistimiento y desesperanza quedándose en casa. Una sociedad fracturada, con demasiada gente en zona de exclusión y que no se siente sujeto histórico de ninguna transformación ni vislumbra ninguna brizna de futuro opta por hacer ruido, ser políticamente incorrectas, sabedores de que no servirá de gran cosa, pero, al menos, significa arrojar una piedra en las aguas estancadas de su situación. Para mucha gente, no progresamos adecuadamente. Seguramente, en lugar de culparles del exabrupto expresado con el voto o el aparente desinterés, lo que debería entenderse y actuar contra las causas de su malestar. Un conocido proverbio oriental dice que cuando el sabio señala la luna, el necio mira su dedo.
Que gran parte de la ciudadanía se siente humillada e indignada es una evidencia, pero deberíamos no olvidar que la indignación, aunque sea un potente dinamizador hacia la acción, tiene notorias limitaciones para la construcción del futuro, algo que no deberían menospreciar. ¿Qué se puede desplegar sobre el desencanto, la frustración y el resentimiento? Los discursos totalitarios vuelven a estar presentes en Europa y en otras partes del mundo. Aunque sentimientos plenamente justificados, suelen ser materiales débiles para la construcción de futuros, más necesitados de la solidez de la razón y de la esperanza. El gran reto de la nueva y vieja política es conseguir convertir el enfado en proyecto político plausible y realizable, responder a sus demandas, conectar con ella. Se requiere de la argamasa de la transparencia, la participación y la responsabilidad. Los peligros de las diversas formulaciones populistas están ahí, y el autoritarismo está al acecho en las soluciones simplistas contra las que ni el progresismo está suficientemente vacunado. Como preveía Thomas Mann en los años cuarenta, el fascismo volvería y cuando lo hiciera no tendría las formas de antaño, sino que "lo hará en nombre de la libertad". Todo parece apuntar, que ya estamos plenamente inmersos en ese vaticinio.
Parece evidente la inadecuación de la política y de los sistemas de gobierno en el estado actual de las cosas. Una mejor articulación de lo global y lo local parece inevitable para rescatar el control de ciertas dinámicas, pero sobre todo para recuperar el sentido común. No es posible mantener ámbitos de acción restringidos en el ámbito local -el político-, mientras la acción de otros ámbitos sea global y fuera de control social -el económico-. Cuando las corporaciones son globales y las legislaciones e instrumentos de poder político puramente nacionales, la disfuncionalidad parece muy evidente. Los Estados-nación se muestran incapaces de responsabilizarse de nuestro bienestar y se convierten en un refugio meramente simbólico, mientras que las instituciones internacionales que hemos constituido distan mucho de ser neutrales y carentes, además, de legitimidad democrática. El globalismo sin política global, sin gobernanza global de base democrática, consolida una sociedad de ganadores y de perdedores, un mundo escindido entre la acumulación indecente del 1% que posee ya más del 50% de la riqueza planetaria, mientras que el 50 % de la población menos favorecida en términos de renta debe conformarse con un misérrimo 1%. Nunca la capacidad productiva de la humanidad había llegado a la que ahora poseemos. El viejo mito de conseguir la suficiencia productiva y acabar con la escasez hace ya unas décadas que se logró. El maquinismo, el desarrollo tecnológico avanzando en proporciones geométricas, nos ha dado la posibilidad de sostener dentro de los límites de la dignidad a la totalidad de una población que se ha multiplicado por diez en los dos últimos siglos. Sin embargo, la teoría económica, las estructuras sociales, el pensamiento político y los valores morales sólo se han desarrollado en proporciones aritméticas. Nunca ha habido tampoco en la historia de la humanidad tanta gente pobre y socialmente excluida. Ni la evolución de la política, como tampoco los comportamientos electorales cada vez más emocionales, pueden permitirnos hacer demasiadas ilusiones. El sistema democrático está en crisis, al menos en su sentido profundo, manteniéndose casi sólo su aspecto electoral.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR