Feijóo y el recurso a las “estatuas reiteradas”
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
El escritor y diplomático chileno recientemente desaparecido Jorge Edwards, en su obra memorialista Esclavos de la consigna (Lumen, 2018), habla de Andrés Bello, padre de la patria de Venezuela, maestro de Simón Bolívar, y una de las piezas humanistas más valoradas del siglo XIX americano, como de “estatua reiterada”, como cuerpo gastado de autoridad. En esa línea de recuerdos amarilleados se paseó el candidato Feijóo durante el debate del lunes 11 de julio, lo que no supuso más que la continuación de lo ya ensayado desde hace un tiempo.
El dirigente de Ourense se ha especializado en la inclusión de cuñas de madera socialista en el retablo del partido de Ferraz y sus alusiones son contínuas en la dirección de brillanteces antiguas como el ex presidente González, sin reparo alguno en señalar presuntas estridencias en el seno del partido socialista. Espectadores apenas avezados pudieran advertir un murmullo de fractura en la formación que comanda el ejecutivo de la Moncloa.
El deseo expansivo de la maquinaria electoral del Partido Popular solo encuentra confines en los nacionalistas y en la izquierda de Sumar, a la que no renuncia a motejar de anacrónica, solo superado por el brochazo de Iván Espinosa de los Monteros cuando habla de “comunistas” con el esfuerzo labiodental que admite la reprobación. El PP quiere robar votos del resto de los contendientes, Vox, que no parece dejarse, y también lo intenta con el Psoe, al decir de los “tracking”, esa labor de seguimiento que ilumina los trasiegos diarios de los electores que se mueven y que no paran.
Los sin partido están en su derecho del vaivén, con dilucidación y análisis, o, si así lo quieren, con el bagaje filosófico y doctrinal de quien cambia de detergente. Pero la militancia socialista hará muy bien en sentirse molesta, si ello es quizá lo que se pretende desde las baterías de la Génova pensante en clave electoral. En las primarias de mayo de 2017, el actual secretario general Pedro Sánchez reunió en su persona el voto mayoritario del centenario partido en lo que significaba una desautorización a la vieja guardia que había abrazado la causa de Susana Díaz.
Ni siquiera la audacia efectiva de una moción de censura automática a la condena del partido en el gobierno por alianzas y tangencias con la corrupción, en 2018, tuvo la calidez de la acogida de la nomenclatura del partido socialista gobernante en el final del siglo XX. El resto, le etapa de gobierno emanada del 10-N de 2019, la etapa Frankenstein, de amalgama de fuerzas ajena a la marca PP, siempre fue tachonada por la reminiscencia antigua del Psoe como un experimento arriesgado, pese a que el desafío más contundente contra la idea de España que somete las tentaciones independientes se produjo con un gobierno del Partido Popular.
Dentro de las seguridades que proporciona el alabado debate para el itinerario del resplandor pronosticado por propios y algún extraño, también se produce la injerencia en las filas del principal partido de la coalición gobernante, con la apariencia de conciliábulos con sectores del partido socialista que estuviesen preñados de futuro casi tanto como lo estuvieron de pasado.
Tampoco estaría de más que esos sectores de “pelo blanco”, como acertadamente caricaturiza Jordi Gracia, honrasen la pertenencia y la disciplina a una formación, sin verse retratados como lo hace Leonardo Padura, en Personas decentes (Tusquets, 2022), a propósito de la revolución cubana a ojos de los americanos, una “incomprensible voltereta de la historia”.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.