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Pugna entre mitómanos y mentirosos


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Es frecuente encontrar comportamientos mitómanos dentro de personajes que logran un hueco en los espacios públicos. Curiosamente, en general, consiguen cierta repercusión social. Tal vez porque proponen soluciones teóricas que, en la práctica, resulten poco o casi nada aplicables en términos de costes económicos e inefectivas en materia social. Habitan en la cómoda dimensión de una fantasía que, al ser trasladadas a la sociedad por los medios de la opinión publicada, adquieren en principio visos de verosimilitud. Así se confunde a las audiencias entre la realidad y la ficción.

Es aconsejable aquí, ubicar la mitomanía como al trastorno psicológico conocido como mentira patológica. Su denominación proviene del griego que, por un lado, “mitos” significa ficción y, por otro, “manía” indica compulsión, entendida como entendida como tendencia vehemente hacia algo o alguien.

Son conocidos los personajes fanáticos que se construyen un universo que representa el conjunto de ficciones que constituyen los “escenarios de confort” que satisfacen sus mitos. Los negacionistas del cambio climático, los misóginos, los libertarios de Milei, los ultraderechistas de Vox, la nueva derecha europea y el trumpismo conocido. Toda esta calaña se nutre de mitómanos. Tienen en común una carencia de empatía que es aterradora. En Argentina, derivadas de las medidas del nuevo gobierno, se producirán 40.000 muertes más por la desatención sanitaria. Que decir en España de los casi 8.000 ancianos muertos por el protocolo Ayuso. Los ejemplos abundan. Los grupos que sustentan a estos personajes son los mismos. Son la intocable mano que mece la cuna.

Nos engañan. En España, la tríada formada por el poder económico, militar y religioso, sostiene a una monarquía que los defiende. Esta gran mentira, que no mitomanía, ha venido gobernando impunemente desde 1975. Les ha funcionado. Les sigue funcionando. Porque el error derivado de una enfermedad no es sinónimo de mentir. Podemos admitir, argumentan algunos que, por diversas razones, se actúe de manera equívoca. Aunque no intencional. Lo inaudito es que no se adviertan las conductas patológicas en algunos gobernantes y se los detenga. Porque el matiz diferenciador entre errar y mentir es la intencionalidad a sabiendas. El caso Feijóo, por ejemplo, sostiene que la Constitución está por encima de toda institución del país. Falso. La incumple constantemente a su medida.

Convengamos entonces que el combustible del engaño histórico es la mentira consuetudinaria. Persistente. Planificada. Es decir, consumando el acto intencional e interesado de alterar los hechos para beneficio propio o de los afines. Les ha ido bien. Por tanto, prosiguen impávidos desde medios de comunicación, gobiernos, aulas y púlpitos. La mentira ha alejado la verdad en favor de un universo alterado que consolida privilegios inaceptables.

Así han convencido a las víctimas que son culpables de sufrir las corrupciones de sus verdugos. A los ciudadanos a aceptar decisiones inconsultas. A los vulnerables a seguir siéndolo. Algún motivo habrá para ello. Los púlpitos siguen siendo influyentes. Las aulas de la educación concertada y confesional, persiste en mantener ficciones históricas que distorsionan la verdad y degradan la calidad de las relaciones sociales. Crean relatos inconsistentes que, por el mero hecho de perdurar sin que se los desmienta, se calcifican en el relato social.

Porque la verdad, por asombrosa que parezca, es ésta: es nuestro cerebro el que construye la realidad, tanto visual como de cualquier otro tipo. Lo que usted ve, oye, siente y piensa se basa en lo que espera ver, oír, sentir y pensar. La diferencia estaría entonces en la definición del emisor del mensaje: mentiroso o mitómano.

La tarea de calificarlos está en tus manos.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.