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Reflexiones acerca del comportamiento político (I)


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

En la búsqueda de explicación de la razón de los comportamientos políticos que perjudican a los electores, podríamos considerar aquella idea de la disonancia cognitiva. Este concepto enuncia el malestar psicológico, o tensión mental, que ocurre al mantener simultáneamente dos ideas contradictorias. Es cuando nuestras acciones no están alineadas con nuestras creencias. Este concepto, formulado por Leon Festinger, nos motiva a justificar o cambiar comportamientos para reducir esa incomodidad.

Del mismo modo, un sesgo de confirmación, es la tendencia psicológica no consciente a buscar, interpretar, recordar y dar mayor credibilidad a la información que respalda nuestras creencias previas, ignorando o descartando las pruebas que las contradicen. Funciona como un proceso mental que refuerza ideas preconcebidas y puede limitar el pensamiento crítico y objetivo.

De aquí, si a un sesgo de confirmación le implantamos los recuerdos apropiados, podríamos obtener conductas calificadas como de disonancia cognitiva. Esto, si los resultados son insatisfactorios para un individuo en particular. Por lo que vale considerar esto para explicar el apoyo electoral de grupos perjudicados por políticas contrarias a sus intereses. La cuestión no deja de ser una idea interesante que conecta varios conceptos psicológicos.

La lógica del planteamiento sería básicamente, sumar el sesgo de confirmación a recuerdos implantados. Ello resultaría en una disonancia cognitiva cuando los resultados no cuadrasen.

En todos los casos, sesgo de confirmación ya opera sobre recuerdos reales, seleccionando y distorsionando la memoria de forma natural. En general, la persona recuerda preferentemente lo que confirma sus creencias. Los recuerdos implantados, según lo que Elizabeth Loftus demostró, es que los recuerdos falsos se integran de forma prácticamente indistinguible de los reales, y el sesgo de confirmación los procesaría igual.

La disonancia cognitiva aparecería, pero con una particularidad importante, El individuo no sabría dónde está la incongruencia de su pensamiento. Sentiría la tensión sin poder identificar que el recuerdo es el elemento corrupto. Eso podría llevar a una racionalización más intensa que lo habitual. En general, a la búsqueda de culpables externos. Por ejemplo, el entorno "falló", no su creencia. Eso produce un refuerzo de la creencia original para proteger la coherencia interna. Travesuras de la mente cuando se resiste a aceptar el error. El respaldo a teorías conspiranóicas forma parte del contexto.

El sesgo de confirmación, basado en las creencias previas, normalmente actúa como filtro. Con recuerdos implantados actuaría como un reforzamiento de las conductas llevadas a cabo. No solo selecciona las evidencias compatibles con mis juicios previos. Ahora tiene la evidencia fabricada que pasó el filtro. La disonancia resultante sería más difícil de resolver porque el individuo no tiene acceso a la "prueba de origen" de sus recuerdos. Sus creencias se lo impiden. No es consciente de la acción que han ejercido sobre él desde los centros de “fabricación” de los mensajes que lo condicionan.

Consideremos esto en términos de manipulación externa deliberada, o también aplicada a los mecanismos con los que la mente se autoengaña de forma espontánea. En este segundo caso ocurre constantemente sin necesidad de intervención externa.

Es el caso de votantes que, a pesar de ser perjudicados por sus candidatos, los siguen apoyando. Este es un caso de manual. Es interesante, porque generalmente ocurre a escala masiva y documentable. Así lo que pasa realmente es que el votante no necesita que nadie le implante recuerdos externamente. El sistema se autoabastece a través de los medios de comunicación o por los grupos de pertenencia ideológica. Vota por “Él” candidato con expectativa genuina. En el caso de que “Él” candidato implemente políticas que perjudiquen al votante objetivamente, el sesgo de confirmación reescribe hacia atrás el recuerdo de la expectativa. Ahora "recuerda" haber esperado algo ligeramente diferente, o recuerda que "la culpa fue de los otros". El recuerdo implantado aquí es autoinfligido, generalmente por los mecanismos de justificación, lo que es más eficiente que cualquier manipulación externa.

El mecanismo concreto sugiere que la Identidad tribal, el grupo de pertenencia, prevalece sobre interés racional. Así el voto deja de ser instrumental y se convierte en un marcador identitario. Votar diferente no es cambiar de opinión, es traicionar quién eres. Se produce una atribución del origen de la distorsión, en la que los beneficios se atribuyen al candidato y los perjuicios a enemigos externos. Como la oposición, los medios críticos, las élites, y otros similares. La estructura que busca la causa de “mis” perjuicios, se retuerce para proteger la creencia. Así el costo emocional que supondría admitir que el candidato los perjudicó, sería admitir que votaron mal. Esto activa la vergüenza. Por lo tanto, condición humana al fin. Es menos costoso cognitivamente seguir apoyando.

El dato que lo hace más perturbador es que estudios sobre votantes de zonas rurales estadounidenses, o bases populares de gobiernos latinoamericanos con políticas regresivas, muestran que el perjuicio objetivo puede fortalecer el apoyo, no debilitarlo. La disonancia no produce corrección, produce trinchera. Como el caso de Milei en Argentina, al menos, hasta el tercer año de su mandato.

Entonces valdría preguntarse, si es esto irracionalidad, o es una racionalidad diferente donde preservar la coherencia identitaria vale más que el beneficio material. Porque si es lo segundo, no es un error cognitivo, es una jerarquía de valores distinta, y eso cambia completamente cómo se debe afrontar la conducta política.

Por ejemplo, cuando votamos a quién nos perjudicó.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.


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