La fe en la conquista del Estado
- Escrito por Alberto Vila
- Publicado en Opinión
En el nuevo escenario político en toda América, la renovación carismática, el camino catecumenal, el sectarismo del Opus Dei, el evangelismo pentecostal, y otras derivaciones católicas y cristianas similares, se activan en la competencia política tras las proclamas de su fe en la procura de conquistar el Estado. Todo, con la pretensión de convertirlo en un instrumento para imponer un orden moral fundamentalista y ortodoxo. Eso, de manera de combatir adversarios ideológicos y organizar la disputa política como una extensión de la lucha espiritual entre sus conceptos del bien y el mal. Es decir, que conciben ese propósito como una batalla cultural en la que excluyen a los discrepantes.
Al parecer, cuando llegan a posiciones dotadas de autoridad, pretenden transformar las realidades políticas a través de la fe. Tal como afirma Ariel Goldstein, quien en su libro “Poder Evangélico” analiza cómo los grupos religiosos están ocupando la política en América Latina y Estados Unidos. Así dice: “la mentalidad del esfuerzo individual que promueve el evangelismo se expande en oposición a un catolicismo que hace elogio del sufrimiento y predica el conformismo con la situación de pobreza. Este crecimiento es atribuido a la conexión del pentecostalismo con la “ideología del milagro” que caracteriza las formas de la experiencia cotidiana en los sectores populares".
Según el Pew Research Center, centro de investigación sobre religiones, de 1900 a 1960, los católicos conformaban el 94% de la población de América Latina. Pero ese porcentaje cayó drásticamente. Un estudio del mismo centro en 2014 mostró que 84% de los entrevistados habían crecido como católicos, pero solo un 69% se seguía identificando como tal. En contraste, solo 9% de los latinoamericanos crecieron como evangélicos, pero el 19% dice seguir esa religión actualmente. (El Pew Research Center es un centro de investigación de Estados Unidos que analiza temas sociales, opinión pública y el papel de la religión en el mundo. Sus estudios ofrecen datos globales sobre creencias, cambios de afiliación religiosa y restricciones gubernamentales o sociales).
Hacer públicas declaraciones de fe no deberían ser un problema mayúsculo en una democracia. La condición siempre será la misma: obrar de tal manera que las acciones propias no resulten invasoras o provoquen desafección en el hacer público. En tal sentido, más allá de posturas dogmáticas e imposiciones fundamentalistas, una sociedad que aspira a regirse por la supremacía de las reglas constitucionales que cobijan a todas y todos, descarta de plano que las convicciones religiosas y los estilos de vida puedan sobrecargarse con intentonas de uniformidad de la vida social. Imponer convicciones religiosas o políticas está fuera del marco de la democracia.
Así como nadie está obligado a demostrar la pertinencia de las convicciones religiosas en un espacio público que se rige por normas seculares protectoras, nadie está autorizado a invalidar la defensa de tales garantías de culto, desconociendo el fundamento de la democracia constitucional. En términos generales, la coexistencia en la diversidad, el poder vivir juntos entre personas que no necesariamente comparten un mismo ideal de bien ni una misma concepción de la vida, de la muerte y de sus destinos humanos, reclama el democrático respeto al marco común de la tolerancia respetuosa y del apego a la legalidad. Esto, en términos particulares, mucho más en materia religiosa.
Convengamos que el principio fundamental tras la garantía a las libertades religiosas, no consiste en que las mayorías sociales, culturales o políticas impongan su criterio para homogeneizar creencias o convicciones. Por lo contrario, consiste en que a ningún segmento de la sociedad se le imponga el gravamen del ejercicio de una creencia concreta. En el mismo sentido, tampoco se le faculta para imponer a otros sus convicciones, pues lo que resulta significativo y pertinente a una práctica confesional, puede no necesariamente coincidir con los resultados esperados en las acciones públicas regladas por la constitución, las leyes y sus reglamentos.
Es decir, en la contienda religiosa que estas creencias han emprendido, ampliando la participación política de las feligresías católicas, protestantes y evangelísticas, se están redimensionando las tareas de la función pública como apostolado. En ese cometido, actúan como soldados de Cristo comisionados en misión salvífica para alcanzar la conquista del mundo político y de la autoridad que proviene del gobierno humano. Bajo esa óptica, “por la razón o por la fuerza”, se termina por transformar la contienda democrática en una cruzada de salvación nacional dirigida contra enemigos de la fe, de la patria y del orden divino. Esto está ocurriendo en buena parte de los nuevos gobiernos en América y están haciendo camino para implantarse en España.
El pentecostalismo es la corriente con mayor crecimiento dentro del ámbito evangélico en España, impulsando un "boom" religioso sin precedentes. En la actualidad, la comunidad evangélica en el país cuenta con más de 1,2 millones de fieles, de los cuales la gran mayoría pertenecen a ramas pentecostales o carismáticas. Este auge, con afinidades sionistas, se concentra con especial fuerza en la Comunidad de Madrid, que ya supera los 1.100 centros de culto evangélicos, registrando la apertura de un nuevo templo aproximadamente cada cuatro días durante los últimos años. Su influencia electoral está resultando determinante.
Estás alertado.
Alberto Vila
Economista y analista político, experto en comunicación institucional.