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Entre Davos y Oxfam


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Hace unos días, como es costumbre, se reunió el Foro Mundial de Davos. El poder económico global concertando estrategias de futuro mientras llama a los gobernantes de los principales países a escuchar sus recetas. Una auténtica exhibición del poder real frente a un subyugado ámbito político. Como contrapunto y de forma muy adecuada, Oxfam ha publicado su informe anual sobre el grave problema de la desigualdad económica -Desigualdad, SA-, donde pone de manifiesto que éste es un tema en el que no progresamos adecuadamente, al contrario, la concentración de riqueza en unos pocos y la de pobreza en muchos, va en aumento. Ésta es la dinámica socioeconómica desde hace unas décadas y que la política no consigue contrarrestar. La falta de capacidad de los estados para imponer una fiscalidad realmente progresiva y que elimine la elusión y el fraude fiscal facilita los grandes enriquecimientos y el aumento de la iniquidad, así como la no intervención y regulación adecuada del mercado laboral, comporta una caída, a corto y largo plazo, de los salarios respecto a la inflación. Lo explica de manera fácil el economista francés Thomas Pikkety: las rentas de capital y del trabajo evolucionan de forma dispar mirando series largas. La concentración de riqueza de unos y el empobrecimiento relativo o absoluto de otros tiene que ver con esta lógica perversa.

El informe de Oxfam nos proporciona datos elocuentes, demoledores. El 21% de la población del mundo, lo que llamamos el Norte Global, posee el 69% de la riqueza mundial. El valor de mercado de las diez mayores empresas del mundo supera al PIB combinado de todos los países de África y América Latina. La propiedad de acciones beneficia desproporcionadamente a los más ricos, puesto que el 1% más rico dispone del 43% de los activos financieros globales. Las 148 mayores corporaciones, tuvieron en 2022, un 52% más de beneficios de los que habían tenido en 2018. Es evidente que la pandemia no ha ido mal para todos. Apple ha visto crecer, sólo en 2023, su cotización bursátil un 49%, superando los 3 billones de dólares de valoración dineraria. Esto significa superar el PIB de Francia y acercarse al de la sexta economía mundial que es Gran Bretaña. Mientras esto sucede, en el otro extremo, los 5.000 millones de personas que forman el 60% de la población más modesta del mundo han visto disminuir su riqueza agregada y, de forma más concreta, los salarios de 1.000 millones de personas no han seguido el ritmo de la inflación. Más en el extremo aún, el número de excluidos social y laboralmente también ha aumentado. Basta con echar un vistazo cómo la miseria convive con la riqueza extrema en nuestras ciudades globales. Mientras esto ocurre, se reducen los tipos efectivos de los impuestos sobre beneficios o casi se eliminan los de patrimonio y los de transmisión.

En España, la dinámica es tan o más exagerada que lo que se da en todas partes. El 10% más rico de la población concentra a más de la mitad de la riqueza. Al hilar más fino, el 1% ultrarrico acapara el 22% de la riqueza global del país. Mientras, el 50% de las unidades familiares menos favorecidas sólo obtienen el 8% de la riqueza. Esta dinámica no ha podido ser contrarrestada de forma suficiente por las medidas sociales y laborales tomadas por el gobierno. El aumento del 50% del salario mínimo, no bastó para evitar que los salarios cayesen por debajo de la inflación. Uno de los problemas de la economía española es que la concentración empresas, que actúan en forma de oligopolio, en los ámbitos clave como el eléctrico o el bancario, ha agravado mucho la situación. En estos sectores, el crecimiento de beneficios resulta impúdico, así como la remuneración de directivos y el reparto de dividendos. A 14 millones de personas les han aumentado los costes de la hipoteca y el 17% de las familias no pueden calentarse adecuadamente en invierno. La desigualdad es un corrosivo social y político inmenso. El crecimiento de planteamientos políticos extremos y excluyentes, descansa sobre la humillación a la que se someten sectores cada vez más amplios de la sociedad, faltados de cualquier perspectiva y sólo con el derecho a expresar su malestar de forma poco constructiva. Combatir la desigualdad, reducirla, es probablemente el mayor imperativo que tienen hoy en día los gobernantes. Si la evolución, como indica Oxfam, va en sentido contrario resulta un gran fracaso que dará lugar a consecuencias cada vez más nefastas.

 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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