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Al final de la escapada


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Esta legislatura catalana quedó tocada de muerte el día que Junts abandonó el gobierno, hace ya un año y medio. En ese momento se evidenciaron no sólo estrategias diferentes y confrontadas dentro del independentismo, sino una inquina y negación de unos adversarios convertidos en enemigos que se ha arrastrado hasta ahora. Lo que parecía lógico entonces, pero la política catalana de los últimos años es todo menos previsible o razonable, era la convocatoria de elecciones o bien articular un nuevo gobierno y una nueva mayoría que debía ser, forzosamente, transversal. ERC no quiso hacer ni lo uno ni lo otro, pretendió seguir gobernando, teniendo sólo 33 votos en un Parlament de 135 diputados. Imposible hacer políticas y gobernar un país que después de tantos años de fuga de la realidad lo requería más que nunca. Los republicanos creyeron, que teniendo en cuenta que el gobierno español los necesitaría para sostenerlos, esto convertiría en cautivo por lógica reciprocidad al PSC. No le ha bastado y, curiosamente, nunca la política catalana había sido tan subalterna a la política española como en los últimos tiempos, dinámica impulsada -oh, sorpresa- justamente por el independentismo. Con la convocatoria electoral, se cierra definitivamente una época -la del infausto Proceso- y, finalmente, la rasante de la política del país pasará a ser otra. Demasiado tiempo perdido.

El final pues de la legislatura no tiene que ver tanto con la negativa de los Comunes a aprobar los presupuestos, acusados de irresponsables, sino en la insostenible debilidad de los republicanos. Pero ese final que parece abrupto, en realidad ha sido bastante mejor calculado. ERC elige el momento que le conviene bajo la apariencia que se ve obligada a ello. Se ahorra una agonía que le estaba perjudicando, la previsión de unas malas expectativas para las elecciones europeas que le harían una fotografía nefasta y, sobre todo, toma con el paso cambiado a Junts, pero también a la CUP y otros intentos de candidaturas independentistas. Su punto flaco, es que no puede culpar a un PSC que les ha votado los presupuestos y que, además, ha cumplido en Madrid con los compromisos sobre la amnistía. El centro del debate político que viene es entre ERC y PSC, pero los primeros poco tienen que reprochar a los segundos, los cuales parecen los mejor posicionados en la línea de salida. A los socialistas, la convocatoria de elecciones les convenía. Están en un momento dulce y se liberan del dogal político al que les sometía los imperativos de la política española. Junts es quienes lo tienen más complicado, tanto por los enfrentamientos y dudas internas entre el sector unilateralista y la renovada alma de la realpolitik convergente. Presentar o no a Carles Puigdemont, no ha sido un dilema menor. Es quien tiene cartel político, pero les condiciona mucho el día después, ya que no es socio para nadie. Por más carga simbólica que tenga para algunos –cada vez menos dicen las encuestas–, es un personaje poco creíble, demasiado vinculado a los peores momentos del Proceso y claramente amortizado. Además, que la amnistía sea una realidad fáctica va para largo. La inmediatez del calendario no le va bien, como tampoco a Junts quedar anclado en el pasado.

Aparentemente, el largo período agónico de la política catalana ha sido reventado por los Comunes. Podrán decir que se han “cobrado” un gobierno, pero éste era un globo que la mayoría quería hacerle explotar. Hard Rock es sólo un simulacro, un detonante, una excusa. Finalmente parece que el debate político catalán deberá centrarse en lo que es relevante para la ciudadanía y su futuro. El modelo de país, recuperar el dañado sector sanitario, el fracaso del modelo educativo, emprender o no un proceso de reindustrialización, afrontar de forma crítica la dependencia del sector turístico, decidir las infraestructuras de comunicaciones que se requieren, planear una política de aguas que permita paliar una sequía ya endémica... Pero, sobre todo, rehacer las costuras sociales y políticas de un país dividido y confrontado durante más de una década por planteamientos irreales y excluyentes. Recuperar la noción que nos había hecho fuertes de una Cataluña abierta, plural, cohesionada, tolerante en la que cabía todo el mundo y todo el mundo podía sentirla a su manera. Un país de progreso, orgulloso de lo suyo, pero cosmopolita, con políticas modernas y socialmente equitativas. 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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