Perversión en confundir crecimiento y desarrollo
- Escrito por Alberto Vila
- Publicado en Opinión
En términos coloquiales ambos términos parecen sinónimos. No lo son. En realidad, la utilización del término crecimiento puede ocultar una situación de desigualdad indeseable. De una distribución de la riqueza producida por el conjunto social. Sin embargo, los líderes que se dicen progresistas, enuncian machaconamente que la España de 2024 crece por encima de la media europea. Es cierto. Aunque tan cierto que, si en un universo de dos personas frente a la disponibilidad de un pollo, si una de ellas se come todo ese pollo para las estadísticas, para la media de la distribución ambas se han comido la mitad cada una.
La desigualdad crece y la socialdemocracia parece no comprender que, los recientes resultados electorales, son un indicador que demuestra que ese perverso discurso ya no convence. Ya no son tiempos de aceptación sumisa de la inequidad en la distribución de la riqueza. Precisamente es allí, en donde se imponen políticas de desarrollo, antes que las de crecimiento.
El crecimiento es cuantitativo. El desarrollo es cualicuantitativo. Lo es, porque recompensa el esfuerzo de la cadena de creación de riqueza. Esa recompensa se observa en mejores condiciones de vida. Mejor sanidad. Más oportunidades laborales. Una atención a los dependientes más completa. Un sistema de educación pública que garantice la movilidad social. Por no mencionar un sistema de pensiones que preserve la dignidad luego de una vida de trabajo honesta. En suma, una sociedad desarrollada es aquella que se asienta en la máxima cualidad de los pilares del bienestar.
Mercantilizar los valores de la convivencia, atribuyéndoles aspectos de egoísmo economicista, es liquidar los principios de la solidaridad en favor del “sálvese quién pueda”. Por ese camino hemos llegado hasta aquí. Escenario en el que ser corrupto es una medida del éxito social. Promover maniobras especulativas, sin agregar el mínimo valor a las actividades, una manera de medrar sin observar las consecuencias que acarrean al conjunto social. Eso es “crecer” atendiendo a precios antes que a valores. El modelo que cierta progresía produce abriéndole las puertas al trumpismo reinante.
Crear una sociedad aporofóbica. Con prácticas xenófobas que regresan del pasado. Admitiendo la represión de las discrepancias, con legislaciones como la Ley Mordaza, que animen a una magistratura anclada en el fondo de la historia, a prácticas inquisitoriales o afines con los causantes de la desigualdad social. Eso no es calidad democrática. Menos aún progresismo. Esa descripción se podría atribuir a una sociedad corrupta y decadente. Al modelo al que aspira la ultraderecha.
Cómo se les explica a los jóvenes, que son el futuro, que el esfuerzo ofrece recompensas suficientes. Cuando el ejemplo que observan es el de delincuentes que sortean las reglas de la decencia. Si no existe ejemplaridad, tampoco podremos combatir el cáncer de la corrupción en todas sus formas. Tal vez podamos crecer como sociedad. Pero no desarrollarnos.
Entonces, la ultraderecha y el neosocialismo habrán triunfado, y será el fin.
Alberto Vila
Economista y analista político, experto en comunicación institucional.
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