Del interés ciudadano de Bergoglio al interés soial de Trump
- Escrito por Alberto Vila
- Publicado en Opinión
La desafección ciudadana en participar en política activa tal vez se deba a que la dirigencia política vetó los cauces para que ella pudiese expresarse. Al menos, esa fue la esencia del modelo bipartidista pensado para el post franquismo español. Aquél del “atado y bien atado”. La casta que configuraba el statu quo del régimen no permitió que, luego del dictador, emergiese una democracia plena. Siguieron gobernando los mismos.
De tal modo se estableció un férreo control con la monarquía bajo la protección militar, con los oligopolios económicos afines, el poder eclesiástico del 36 y, a su cargo, el educativo. Con esos factores asegurados, más el futbol, el turismo, los toros y, gracias a las remesas de los emigrantes que construyeron la soberbia Europa, aquella España fue posible. Además de un colectivo judicial simpático con el statu quo.
Así pasó el tiempo, con esa neodemocracia con cierto equilibrio entre el centro derecha de Suárez y el socialismo de Suresnes de Felipe y Guerra, más las minorías ultraderechista y el eurocomunismo domesticado, además de los pequeños nacionalismos catalán y vasco. Todo bien, hasta que la dinámica generacional impulsada por el ingreso en la Comunidad Europea produjo una relajación en el relato original que desembocó en el 15M. Este fenómeno otorgó al individuo un rol impensable para la casta. Esa disrupción nos llevó hasta la esperanza al tiempo que impulsó la mayor persecución política de la Historia de España.
Es aquí donde debemos establecer una distinción entre las necesidades derivadas del “interés ciudadano” de las del “interés social”. Además, claro, de cuales son sus objetivos particulares. Mucho más en estos momentos en los que fue conocido que el último Papa Francisco, o Bergoglio, trabajó hacia el modelo del “interés ciudadano”.
El interés ciudadano se refiere a los asuntos o preocupaciones que afectan a los ciudadanos como miembros de una comunidad, especialmente en lo que se refiere a la gestión pública y las decisiones políticas que les conciernen. En esencia, entonces, es la capacidad de los ciudadanos para participar en la toma de las decisiones que los afecten y, así, exigir a los gobernantes que actúen en beneficio del colectivo según el mandato otorgado.
Este interés se puede concebir como la guía o criterio para tomar decisiones políticas y económicas que buscan el bien común de una sociedad. Tal sociedad puede ser, por ejemplo, la de un Estado en general o, también, las personas de cualquier comunidad en particular. De aquí, el interés ciudadano es la base de la democracia y la sociedad civil, ya que permite que los ciudadanos se involucren en la gestión de su comunidad y exijan que los gobernantes los representen y los sirvan de acuerdo al contrato social acordado al votar un programa político concreto. Es un modelo en el que la persona puede perfeccionar sus habilidades sociales, empáticas y solidarias.
Por tanto, la participación activa se configura por el libre derecho a votar, a expresar opiniones con respeto, tener los cauces de participar en consultas y procesos de toma de decisiones colectivas. Todo ello orientado al bien común, lo que implica una mejora de la calidad de vida de toda la ciudadanía y no sólo de minorías. Es un modelo que tiende al desarrollo, que abarca a lo cualicuantitativo, y no solamente al mero crecimiento, puramente cuantitativo. Claro está que en este contexto los gobernantes deben ser responsables de sus acciones. Aún más, si producen bulos como técnica para obtener beneficios políticos.
A esto se suma la preocupación general por la urgente solución de problemas de ámbito global. Como la degradación del medio ambiente, la creciente e injusta desigualdad, la corrupción de las instituciones, la discriminación por raza, religión o género, entre otros. Esto, ha hecho que los poderes públicos dirijan la presión sobre el sector privado para que contribuya de forma decisiva a la solución de dichos problemas. En este punto se impone aceptar el hecho que supone la irrupción del llamado “trumpismo” o populismo de ultraderecha que se opone activamente a colaborar en la tarea. No se trata únicamente de equilibrar el interés social con los de los intervinientes o afectados por la actividad de la empresa, sino que se pide que la empresa contribuya a la solución de problemas que, en mayor o menor medida, argumentan que le son ajenos.
Esta opción propone el modelo del “interés social”. Si enunciamos una simplificación del concepto, es el interés común a todos los accionistas en maximizar el valor de sus inversiones. Los individuos son números o unidades de producción. Desde esa crueldad se entienden las políticas de recortes en los sistemas de bienestar de los ciudadanos para favorecer los beneficios económicos. Algunas empresas ya venían tratando estas cuestiones desde un enfoque de riesgos. Hay empresas más afectadas por el calentamiento global y ya venían considerando este problema en sus enfoques estratégicos y otras desde un enfoque de oportunidades. Este es el reino del negacionismo. Es el hábitat del statu quo.
Este es el conflicto que está en desarrollo en estos momentos.
¿En qué modelo te posicionas tú?
Alberto Vila
Economista y analista político, experto en comunicación institucional.
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