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El apagón


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Aceptémoslo, somos muy vulnerables. Lo vivimos de manera extrema y trágica con la pandemia y ahora de forma inesperada y casi anecdótica lo acabamos de experimentarcon el apagón eléctrico. En el mundo extremadamente tecnificado y aparentemente donde todo está controlado no nos libraremos de incertidumbres, accidentes y de qué suceda lo improbable. Esto ha ocurrido siempre, pero, quizás, el problema de hoy es que no estamos dispuestos a aceptarlo. Pedimos certezas y seguridades absolutas de que no son posibles y cuando sucede algo que no estaba en nuestro imaginario exigimos explicaciones, responsabilidades y que alguien lo pague. Nada nos gusta más que la católica tendencia a repartir culpas, cortar cabezas y que a alguien se le imponga pena por unos daños que no se sabe exactamente cuáles son. Lógicamente, en un mundo que debería estar presidido por la razón ilustrada es necesario buscar causas y explicaciones a fenómenos que, más o menos, pueden resultar perjudiciales. Más que nada para corregir lo que sea susceptible de hacerse y no repetir experiencias que tienen costes económicos y sociales bastante importantes. Sería estúpido no hacerlo y achacarlo todo al azar o a un mal alineamiento de los astros. A veces y como en este caso, la causalidad resulta algo compleja de averiguar.

Nos queda esperar y que lo que al final se nos explique sea veraz, posiblemente, que a la vez sea comprensible ya costará más. Sin embargo, en un mundo con tantos intoxicadores y actitudes prepotentes, la espera favorece respuestas conspiranoicas que, en los últimos tiempos, siempre son antipolíticas y antidemocráticas.

Ciertamente que el apagón de finales de abril resultó problemático y, probablemente, mucho más de lo que podíamos esperar. De repente nos encontramos desnudos. Sin internet, sin teléfono y sin dinero en metálico en el bolsillo éramos unos inútiles en el exterior, como si hubiéramos aterrizado en una isla desierta. En casa, sin electricidad no podemos hacer nada, ni siquiera alimentarnos, abocados a conversar y a meternos en cama temprano. Lo peor, los necesitados de transporte público o que se quedaron durante horas atrapados en convoyes a medio trayecto. También la desagradable experiencia en los ascensores o bien los temores de aquellas personas necesitadas de cuidados o condiciones especiales debido a su estado de salud. Todos, aunque nos creemos muy empoderados y autónomos, somos absolutamente dependientes de una tecnología que se apaga y de unos hábitos y costumbres que no siempre se pueden mantener. Muchas necesidades también de unos servicios públicos que con demasiada frecuencia menospreciamos. Soy de los que creen que, en estas circunstancias, la acción de las administraciones públicas ha sido muy satisfactoria. Se reaccionó rápidamente y a tiempo. Ciertamente que los frentes abiertos por la emergencia superaban sus disponibilidades y, lógicamente, no se podía evitar que afectara a nuestras vidas. Se actuó con de manera efectiva, atendiendo a todo tipo de contingencias y, muy especialmente, transmitiendo tranquilidad y sensatez ante aquellos interesados ​​en dar sensación de caos y que ya querían sacar al ejército a la calle.

El comportamiento de la ciudadanía fue, en todo momento, ejemplar. Muchos aprovecharon para organizar fiestas nocturnas en las plazas, lo que parece ser una forma lógica y lúdica de afrontar la situación inesperada.

La oposición a todo que hacen algunos grupos políticos y el mundo surrealista de las redes no ha dado tregua a los gobiernos sea el español o el catalán. Los intereses de algunas compañías energéticas aprovecharon para desencadenar una rápida campaña contra las energías renovables. Todo vale y todo se utiliza. Hemos aprendido algunos conceptos nuevos que no conocíamos como la importancia del equilibrio entre oferta y demanda eléctrica, el papel de las subestaciones, el “cero energético”, el mix eléctrico... Justamente para el Gobierno el principal problema será el cómo explicar un tema técnica y conceptualmente complejo que no puede ser reducido fácilmente a formulaciones comprensibles. También, a pesar del aprendizaje con el suceso, que no es posible instalarnos en una zona de riesgo 0. Aunque para algunos el apagón demuestra nuestro retraso, la realidad es que se produce circunstancialmente en muchas ciudades y países bien desarrollados. Deberemos aceptar que un cierto grado de incertidumbre resulta inherente a la sociedad y va ligado a la condición humana. El hecho inesperado y teóricamente poco factible, existe la posibilidad de que se produzca. Vivir, también es esto.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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