Contra el patrón invisible: el algoritmo nos explota… y encima lo aplaudimos
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
Nos prometieron libertad. Nos vendieron la idea de que la tecnología nos emanciparía, que las máquinas harían lo duro y nosotros podríamos dedicarnos a crear, a pensar, a vivir. Hoy, lo que tenemos es otra cosa: jefes invisibles, horarios extendidos hasta el insomnio, vigilancia constante y una obediencia tan dócil como inconsciente. El nuevo patrón no grita: predice. No castiga: calcula. No despide: simplemente te oculta.
El algoritmo es el nuevo capataz del capitalismo digital. Se disfraza de eficiencia, de innovación, de neutralidad. Pero detrás de su frialdad matemática hay decisiones políticas, intereses empresariales y estructuras de poder cada vez más blindadas. Miles de trabajadores –repartidores, programadores, conductores, diseñadores, periodistas, docentes– ya no rinden cuentas a un jefe humano, sino a una serie de instrucciones automáticas que nadie entiende y a las que nadie puede reclamar.
¿Qué tiene de progresista un modelo en el que un algoritmo decide si mereces o no trabajar, aparecer, cobrar?
En Glovo o Uber, el trabajador no tiene un horario: tiene una puntuación. Si baja, recibe menos pedidos. ¿Por qué? No se sabe. Porque alguien tardó demasiado, porque un cliente no le sonrió, porque la app se equivocó. No hay sindicato posible: solo el miedo de quedar fuera del sistema por un error del sistema. ¿Dónde está el derecho laboral cuando el empleador se esconde tras un servidor en California?
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ya lo advirtió Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder ( 2014): “el poder digital ya no reprime; optimiza” más o menos según traducción y ya ha llovido. Nos creemos libres porque no hay látigos ni oficinas, pero nos hemos convertido en esclavos del rendimiento, de la visibilidad, de la puntuación constante. No trabajamos para vivir: trabajamos para gustar a un algoritmo que nadie ve.
Y esto no es solo cosa de plataformas. En la docencia, los profesores universitarios son presionados para aumentar su “impacto académico” a través de métricas absurdas. De esto podría yo misma escribir capítulos y desvelar datos inauditos ¿me creerían? Claro que lo haré un día de estos, que nadie lo dude. Siempre me he resistido a vivir de rodillas, así me va, claro. Hoy, todo lo que no sean las escuchas de algunos…lo demás no vale nada. Pero yo siempre digo lo mismo: ¡Eso ya lo veremos!
En el periodismo, qué decir, pues que la calidad del artículo importa menos que el número de clics. En la música, Spotify decide qué artista existe y cuál no según una lógica de datos. En Amazon, los trabajadores de almacén son controlados por sensores que miden sus movimientos al milisegundo. ¿Y si te paras a beber agua? Penalización. ¿Y si vas al baño más de dos veces? Riesgo de despido.
Esto no es el futuro: es el presente. Y no es progreso: es control. Lo más perverso es que lo llamamos “innovación”. Y lo aplaudimos. Hemos aceptado que la tecnología no está para servirnos, sino para juzgarnos. La distopía ya no tiene forma de orwelliano Gran Hermano: tiene forma de app, de métrica, de ranking, de notificación automática. Lo llaman inteligencia artificial, pero es ignorancia sistemática de los derechos humanos.
¿Qué dice el movimiento obrero ante esto? ¿Dónde están los convenios para los trabajadores digitales? ¿Quién regula los sistemas de puntuación algorítmica? ¿Qué sindicato puede impugnar una decisión tomada por un código? ¿Por unos alumnos que te han cogido manía porque no has aprobado a todos cuando ni siquiera te conocen? Nada, no dicen nada, porque yo sigo con mis contratos digitales desde 2016 hasta hoy, exactamente igual de explotada por una universidad vendedora de humo. Eso sí, fui de las pocas que no perdió el curro durante la pandemia y que estaba “preparada” tecnológicamente hablando en plataformas de último diseño.
Estamos entrando en la era del neofeudalismo digital. Las grandes plataformas son castillos blindados donde se decide quién trabaja, cuánto vale y si merece ser escuchado. El algoritmo es el nuevo señor feudal. Y nosotros, sus siervos conectados.
Hace un siglo, los obreros luchaban por la jornada de ocho horas. Hoy, luchamos por algo igual de elemental: el derecho a desconectarnos del algoritmo. El derecho a entender cómo se decide nuestra suerte laboral. El derecho a no ser puntuados como si fuéramos productos.
Como escribió Evgeny Morozov: “No es la tecnología la que tiene ideología, sino sus diseñadores.” Y esos diseñadores, no lo olvidemos, trabajan para fondos de inversión, no para el bien común. Es urgente crear una nueva conciencia obrera digital. Una que no se deslumbre con cada avance técnico, sino que se pregunte: ¿a quién sirve esto?, ¿a quién perjudica?, ¿a quién se le puede reclamar?
Porque la explotación no ha desaparecido: solo se ha vuelto más silenciosa, más pulida, más automatizada. Y como todo poder que no se cuestiona, crece. Si no queremos que el siglo XXI sea recordado como el siglo de la servidumbre digital, necesitamos despertar. Organizar. Denunciar. Resistir.
Que el patrón no tenga rostro no significa que no haya que combatirlo.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.