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El portazo parlamentario: berrinche, postureo o cobardía


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Hay momentos en que la política española parece más una función de teatro escolar que un ejercicio serio de democracia. No por falta de talento escénico, sino por exceso de dramatismo adolescente. En vez de debate, se representa el drama del portazo; en lugar de diálogo, la pantomima de la víctima que, como no puede imponerse, decide marcharse. Hemos visto este gesto en políticos como Santiago Abascal, que abandona el Congreso con la frecuencia de quien se va del gimnasio porque le han puesto reguetón. Pero también en Isabel Díaz Ayuso, quien decidió irse de la cámara simplemente porque se hablaba catalán, como si escuchar una lengua cooficial fuera un atentado personal a su españolidad interior.

Es el nuevo lenguaje del berrinche: no me gusta lo que oigo, me levanto y me voy. Como si la política fuera una comida familiar incómoda en la que uno tiene el derecho de decir “me habéis arruinado la Navidad” y marcharse sin recoger el plato. Pero lo más grave no es la inmadurez del gesto, sino su vaciamiento democrático: la política como espectáculo infantilizado, donde la réplica se sustituye por la espantada.  

Ayuso y el trauma del catalán

Pocas imágenes tan patéticas como la de Isabel Díaz Ayuso marchándose del hemiciclo porque alguien se atrevió a expresarse en catalán. Ni siquiera era ella la destinataria del discurso. Pero su incomodidad con la pluralidad lingüística fue tal que prefirió poner cara de “a mí no me metas en esto” y salir por la puerta como si el Congreso fuera un bar al que han traído habas con chorizo. La política del “yo esto no lo tolero”, del “esto aquí no”, del “si no se habla como yo quiero, me voy”. El mismo tipo de actitud que en un niño se resuelve con un castigo sin tablet, pero que en Ayuso se convierte en cruzada identitaria con tweet incluido.

Y no, marcharse no es hacer oposición. Marcharse no es “dar un mensaje claro”. Marcharse es no saber estar. Y en democracia, saber estar es más importante que estar de acuerdo.  

Abascal y la fuga permanente Abascal, por su parte, ha hecho de la retirada su arte escénico. Cada vez que el presidente Sánchez habla, él considera un acto de integridad no escucharlo. Porque claro, ¿cómo va uno a contaminarse con las palabras del adversario? ¿Cómo va a mezclarse uno con quienes —según su relato— destruyen España? La solución, aparentemente, es irse. Cerrar la carpeta, levantar el mentón y caminar en bloque con su bancada como si abandonaran un plató donde se ha insultado su honor.

Lo cómico es que quienes se llenan la boca de Constitución y de respeto a la soberanía nacional, son los primeros en abandonar el templo de esa soberanía cuando les incomoda. Qué paradoja tan triste: adoran las instituciones, pero no pueden soportar que otros las usen también.  

A todos nos enseñaron —o deberíamos haber aprendido— que uno no puede marcharse de una conversación cuando le llevan la contraria. Que en la vida adulta hay que escuchar lo que no nos gusta, responder con argumentos y quedarse en la mesa incluso cuando el otro se equivoca. Esa es la base del diálogo, y, por tanto, del parlamentarismo. Pero los políticos de nuestro país parecen funcionar como niños malcriados: si el juego no va como quieren, recogen el balón y se van. La diferencia es que aquí el balón es la representación democrática y el campo de juego es el Congreso. Y sí, a veces se dicen barbaridades en el hemiciclo. Pero el deber del político no es hacer mutis por el foro como una diva dolida, sino rebatir, señalar, argumentar, votar. En resumen, hacer política.  

Este recurso de la marcha no es nuevo, pero sí cada vez más frecuente. Se va uno del Congreso, se graba el momento, se edita con música épica, se sube a redes. Todo eso sustituye al discurso. El político ya no necesita hablar: basta con ausentarse para marcar su posición. “Yo esto no lo respaldo”, dicen. Pero lo que están haciendo es huir del debate, eludir el compromiso, esquivar la obligación de convivir con la diferencia.

Es un síntoma más del deterioro político: el vacío se convierte en mensaje, y la fuga en valor.  

Quedarse es resistir, irse es abdicar

Cuando Ayuso o Abascal se levantan y se van, no están siendo valientes. No están mostrando firmeza. Están renunciando a su deber democrático de representar, argumentar y debatir. Y si eso les parece un acto de dignidad, quizás deban recordar que el Parlamento no es su casa, sino la casa de todos, y que las reglas no las dicta su susceptibilidad personal, sino el pacto democrático que, con todos sus defectos, exige algo básico: presencia, palabra y respeto.

Cuando nuestros hijos se piren del instituto porque no les mola el profe, nadie podrá decirles nada, porque es lo que ven todos los días. ¡Esto es así! Así que la próxima vez que un político se marche ofendido, recuerda esto: no está huyendo del adversario, está huyendo de su trabajo.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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