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España, reino del “ascensoreitor”


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

1,1 millones de elevadores para que los sanotes no suban un escalón.

España presume de tener la mayor densidad de ascensores del mundo—19,8 por cada mil habitantes, casi un millón largo de cabinas que nos coronan campeones planetarios del botón con flecha arriba. Sin embargo, basta plantarse en Atocha un lunes o en Barajas un viernes para descubrir la magia nacional: hay un solo elevador “reservado” a sillas de ruedas, carritos y abuelos artríticos… y dentro viajan cuatro veinteañeros fibrosos con mochilón, airpods y esa cara de “gym sí, escaleras no” . El resultado es la cola eterna mientras la abuela se apoya en el bastón y suelta un “¡ni que estuviéramos en Tokio!” (allí los ascensores abundan de verdad). ¡Esto lo digo con gran conocimiento de causa!

Cuando esos mismos jóvenes regresan a su bloque obrero de cuatro plantas, se encuentran a la comunidad celebrando la instalación de un ascensor reluciente que ha costado entre 50 000 y 60 000 € para tres o cuatro paradas (sin jacuzzi, ojo) . Derrama al canto: el del bajo, que vive a pie de calle y jamás pisará la cabina, paga su parte con una sonrisa involuntaria porque “así lo dice la ley de propiedad horizontal” y porque en España lo del bajo solidario queda fetén; en la mayoría de Europa, si no usas ascensor no pagas, pero aquí practicamos la caridad vertical. Encima el anuncio del portal reza “piso bajo CON ascensor”—sube un 20 % de precio y el comprador se siente premium porque puede elegir entre no usarlo gratuitamente o no usarlo pagando más. Si cae bien a los de la comunidad de vecinos pues ¡oye! Lo mismo te dan la llave del ascensoreitor para subir a la azotea aunque no se sabe muy bien para qué. En las casas que conozco, que son muchas, de Estrasburgo centro, Paris centro, Bruselas centro…todo centro…si no hay ascensor ¡te aguantas chaval!

Mientras tanto, RENFE se jacta de un Plan de Accesibilidad Olímpico 2028, pero el 80 % de las estaciones de Cercanías siguen sin ser accesibles, y AENA te recuerda que si necesitas ayuda la pidas con 48 horas de antelación, como quien reserva mesa en DiverXO. No es broma: el 79 % de las personas con movilidad reducida renuncia a planes sociales por barreras arquitectónicas. ¡Qué decir de Francia! Son cuatro veces peor. Pero, oye, aquí en Españita, récord de ascensores.

La otra cara de la medalla dorada llega con los fondos Next Generation: hasta el 100 % de subvención para “mejorar accesibilidad” . Lo que empieza como ayuda al abuelito acaba en competición de barrios: “El bloque de al lado ya tiene ascensor y paneles solares; nosotros, ¿qué somos, pobres?” Resultado: fachada agujereada, patio desfigurado y un aparato nuevo para que el perro suba del portal al primero porque “le da pereza la escalera”. Eso sí, que tu bebé no llore que aquí se cierra el barrio.

Así funciona la patria del “ascensoreitor”: sobran cabinas donde bastaría caminar y falta hierro y cable donde hace verdadera falta. Cabina única en el aeropuerto atiborrada de piernas frescas; cabina múltiple en el bloque obrero financiada por el vecino que jamás la tocará. Récord mundial, sí, pero entre averías, colas de crossfiteros fatigados y derramas kafkianas, al final quien lo necesita de verdad se queda esperando abajo… o arriba. Y lo mejor: seguimos batiendo marcas sin sonrojo, presumiendo de verticalidad, mientras la accesibilidad real se mueve en silla… pero por la cuesta.

Hoy mismín he podido comprobar con acritud y rabia cómo las reservas en azul del suelo del aparcamiento para familias numerosas, movilidad reducida y demás estaban literalmente a 650 metros de la entrada al centro comercial. Había un solo ascensor camuflado, enano, sin señalizar, calentorro, quiero decir sin aire, que no cabía ni un carrito de bebé, y sin un miserable carro de compra a mano, porque no estaban instalados, esos están en la puerta de entrada del centro comercial. ¿Entonces? ¡Mi carro! ¡Quiero uno ya! ¿Porqué? ¡Igual quiero meter ahí a un niño y siete abuelas en ese carro de la compra cuando aparco el coche porque para eso somos los especiales de la sociedad!

No he querido emparanoiarme del verbo emparanoiarse, con aquello de…¡Cómo pase algo aquí!... ¿Por dónde salimos? ¡Ay Señor! Frase de tradición judiocristianoárabe, también la de ¡Si Dios quiere! Pero al final, ya he salido de mi estado de contemplar la Pachamama y me he cabreado, claro. Eso es lo que provocan los centros comerciales. ¡un asco!

La culpa es mía por ir a semejantes lugares, cuando los odio y me dan mucho estrés, especialmente con el ascensor oculto como si el de las SS se tratara. Y por supuesto, las pitutis de paseo, dos chavalotes de Lanzarote y los perjudicados, esperando y esperando a ver si podemos bajar a las -3.

España levanta ascensores como quien pone bares, pero todavía no ha aprendido a diferenciarlos: uno es para brindar; el otro, para garantizar derechos. Cuando mezcles ambos, recuerda: la siguiente ronda se la paga el del bajo.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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