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El fuego que no se ve: la aporofobia como crimen y espejo


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La aporofobia —el odio al pobre— ya no es un fantasma semántico: ha comenzado a reconocerse como una forma específica de discriminación dentro de los delitos de odio, y su rastro crece como una grieta moral en mitad del discurso público. En 2024 los incidentes motivados por aporofobia subieron un 33 % mientras el total de delitos de odio bajaba, pero casi nadie denuncia: solo un 13 % de las víctimas lo hace. La violencia, sin embargo, se graba en cámaras ocultas, incendia casas humildes y deja cicatrices que no figuran en estadísticas.

Hay fobias que se declaman y fobias que se disimulan. A la pobreza se la teme en silencio —quizá porque nos recuerda nuestra propia fractura posible— y de ese miedo brota la aporofobia, término que Adela Cortina acuñó en 1995 para nombrar lo innombrado: el rechazo visceral al desposeído. El concepto tardó más de dos décadas en salir del aula y entrar tímidamente en el ámbito legal; si bien no se menciona de forma expresa en el Código Penal, comienza a reconocerse como forma específica de discriminación dentro del marco de los delitos de odio.

No hablamos de una teoría ni de una exageración. En Torres de la Alameda, en verano de 2025, dos chavales sin antecedentes persiguieron con fuego y lejía a Carmen, de 80 años, y a su hijo Antonio. Nadie había denunciado. Lo hizo la Guardia Civil tras instalar cámaras ocultas que mostraron toda la sevicia. En Blanes, Girona, cuatro jóvenes organizaron batidas nocturnas para “cazar” personas sin hogar. En Adra, Almería, cuatro menores quemaron vivo a un mendigo que dormía en un portal. Dos ingresaron en un centro de reforma; el caso se instruye como tentativa de homicidio con agravante de odio.

Estos episodios no son anécdotas ni casos aislados: son radiografías de una sociedad que, cuando la luz afloja, permite que la miseria sea materia inflamable. El Informe 2024 sobre Delitos de Odio celebra un descenso global del 13,8 %, pero en el mismo párrafo certifica un ascenso de un tercio en ataques con motivación aporófoba. El contraste es brutal: el pobre es más golpeado cuanto menos visible resulta en el debate público. De las personas sin hogar, un 47 % reconoce agresiones basadas en su situación, pero apenas el 13 % confía en denunciar. La infradenuncia es tan sistémica como la propia pobreza.

A esta violencia física se suma otra más difusa, pero no menos real: la que circula en forma de discursos que culpabilizan al vulnerable. La Red EAPN advierte del auge de “coaches de riqueza rápida” y narrativas en TikTok o Instagram que reducen el éxito al esfuerzo individual y presentan la pobreza como un fallo personal. Esa mistificación del mérito legitima el desprecio. Mientras tanto, campañas como #SinAporofobia intentan hackear la indiferencia del espectador usando actores que leen testimonios reales, porque lo que no se nombra no existe.

No basta con que el BOE incorpore agravantes genéricos: el odio se cocina antes en la barra del bar, en el hilo viral y en el comentario irónico que celebra “limpiar la calle”. La aporofobia no es solo un posible delito: es un fracaso colectivo. Políticas públicas que reduzcan la brecha habitacional y aseguren una renta mínima, educación emocional y mediática que derribe la ecuación “pobre = culpable”, y periodismo que dé rostro y voz a los invisibles, son pasos urgentes hacia una reparación real.

Que unos adolescentes conviertan la indigencia en diana es un síntoma; que lo hagan ante la mirada resignada de un barrio entero es la enfermedad. La aporofobia nos recuerda que la pobreza nunca fue un problema ajeno, sino el espejo de nuestra fragilidad democrática. Si la indiferencia persiste, el fuego de Torres de la Alameda será apenas un prólogo. Si reaccionamos —desde la ley, la escuela y la plaza digital— tal vez la próxima cámara oculta no grabe un crimen, sino una sociedad capaz de proteger a quien menos tiene.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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