Morir por exceso
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
Aunque el turismo es una actividad que se ha desestacionalizado y se practica durante todo el año, cuando llega el verano al sector se le hace la boca agua al ver cómo, este año también, batiremos récords de visitantes, como si eso fuera un beneficio para todos, lo cual dista mucho de ser cierto. Nunca tienen suficiente. En 2024, visitaron España 90 millones de extranjeros. Más que nunca. Esta temporada, ya prácticamente todo contratado, lo superaremos y probablemente desbancaremos a Francia como la primera potencia turística mundial. Todo un logro. A Barcelona llegan 30 millones de visitantes (si contamos extranjeros y nacionales) y poco importa el efecto sobre una ciudad que ha sobrepasado, con creces, su capacidad de carga. Una industria que aporta, casi, el 15% del PIB. Dicen que es nuestro petróleo, pero, como este, solo proporciona una riqueza aparente y los efectos colaterales son demasiado importantes como para no tenerlos en cuenta. En realidad, es una opción económica muy frágil, débil, que genera riqueza sobre todo para compañías aéreas, plataformas de internet y grandes grupos hoteleros que no están radicados aquí, mientras nos deja unas pocas monedas en el destino, deteriora la economía y las condiciones sociales. Las ciudades de Cataluña con rentas medias más bajas son aquellas especializadas en el turismo. El secreto de esto: los bajos salarios que se pagan y los contratos temporales. Desde el punto de vista económico, la especialización turística es siempre una apuesta perdedora, para el territorio y para su sociedad. Requiere flujos de trabajadores recién llegados dispuestos a trabajar en condiciones de semiesclavitud. Esta es la realidad.
La actividad turística, cuando es complementaria, puede ser interesante para un país. Pero cuando se ponen todos los huevos en la misma cesta, resulta demencial. Los destinos mueren de éxito. La saturación convierte, especialmente a las ciudades globales como Barcelona, en inhabitables. Una ciudad turistificada, además de perder el encanto, su singularidad, se convierte en un lugar tan caro que los habituales del lugar no la pueden pagar. Deben aceptar que se convierte en un parque temático al servicio de los visitantes y de quienes han montado negocio allí. Los del lugar son desposeídos de su ciudad, los servicios son caros y malos, y ya no están dirigidos a ellos. La ciudad se gentrifica, y de su área central y monumental hay que huir. Llegados a este punto, hay que plantearse cuál es la finalidad de la gestión de una ciudad: o bien mejorar la vida de sus ciudadanos, o bien explotar la marca, hacerla agradable y acogedora, o bien dinamitar su encanto y bienestar en favor del negocio especulativo de unos pocos que se la apropian en forma de hoteles, apartamentos turísticos, gastrobares o tiendas de lujo. En el punto de saturación en el que se encuentran muchos destinos turísticos, aquí y allá, y teniendo en cuenta la dinámica todavía expansiva, empiezan a surgir movilizaciones de ciudadanos que se quejan de que este fenómeno resulta insoportable además de insostenible. Ocurre en Barcelona, pero también en Canarias, en las Islas Baleares, en Venecia, en Ámsterdam... Y, lógicamente, irá en aumento. Son movimientos de autodefensa en la medida en que las políticas públicas, quizás salvo el caso de Ámsterdam, no hacen más que subirse a la ola y ondear las cifras de crecimiento constante como si fueran un éxito. Resulta curioso, pero muy elocuente, que a estas expresiones se las califique de “turismofobia”. Apelativo despectivo que el periodismo ha asumido y que no define de forma justa estos movimientos, sino la capacidad del lobby de la industria turística de imponer su relato.
¿Se puede limitar el turismo? Resulta complejo, pero hay que hacerlo en defensa propia, lo que significa en defensa de la buena vida de las personas por encima de una pulsión irreflexiva e irracional hacia el movimiento que condena los destinos turísticos —casi todo lo es— a convertirse en espacios desposeídos de humanidad y personalidad, en “no-lugares”, como diría el antropólogo francés Marc Augé. Existen numerosas medidas para reducir la avalancha de visitantes, que son indirectas y tienen que ver con la protección de la vivienda solo para usos ciudadanos, ilegalizar determinadas plataformas de intermediación, asegurar que se paguen impuestos y tasas más elevadas, preservar los espacios públicos, disminuir los vuelos baratos... La ciudad, como los espacios naturales, deben ser preferentemente lugares para vivir y no parques temáticos destinados al recreo por nuestra insatisfacción. No se trata de dejar de ser hospitalarios ni de abandonar la pretensión de conocer lo diferente. Lo que hace falta es devolver el turismo a una dimensión y a un ritmo que lo hagan sostenible medioambientalmente, que no perturbe en exceso la vida de las personas y que satisfaga a quien realiza el viaje.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR