La corrupción o el fracaso de la justicia
- Escrito por Alberto Vila
- Publicado en Opinión
Por definición, la corrupción es la utilización, con medios ilegales o alegales, que realizan los responsables de la gestión de fondos del sector público para beneficio privado. Así pues, toda corrupción genera ineficiencias que se traducen en sobrecostes innecesarios. Esto, es el despilfarro de los fondos públicos. Por eso hay que penalizar la utilización de las puertas giratorias. Son una potencial vía de degradación social y financiera del país.
Por tanto, ese despilfarro es la muestra de una actuación inadecuada desde la dimensión económica de la administración de fondos. Porque es allí donde habitan los corruptos. Para España, la corrupción es el fenómeno general en el que se estructura un modo perverso de entender el uso de las responsabilidades públicas. Al parecer, era una práctica habitual desde las máximas instituciones del Estado y sus prácticas se proyectaban hacia abajo. Todo “atado y bien atado”, se encapsulaba en el lema de la omertá: callar por respeto a la unidad de España. Esto es, para los corruptos, romper España.
La relación entre despilfarro público y la consecuente disminución del crecimiento del producto bruto nacional es inevitable. Y, aunque también parece importante distinguir entre despilfarro público y corrupción, no debe banalizarse su relación. De hecho, cuando los ciudadanos votan por partidos que han sido procesados por corrupción o protegen a los corruptos, lo que ocurre es eso, se convierten en cómplices de las tramas corruptas. Además, el enriquecimiento de los corruptores no se persigue con el mismo entusiasmo que el de los corrompidos. El fenómeno es un proceso que requiere de ambos. La legislación no es disuasoria. Los magistrados tienden a establecer una barrera corporativa de protección a sus decisiones en el límite de la prevaricación cuando de corrupción se trata.
La dilatación de los procesos, algunos de los cuáles no han sido capaces de determinar la identidad de M. Rajoy, forman parte de la trama en esta tragedia nacional. En cualquier caso, toda corrupción, incluida la incompetencia judicial en penalizar esos comportamientos, implica despilfarro público. Esto es, ineficiencias y sobrecostes. Es más, vivimos en un Estado que no protege a los denunciantes de la corrupción. Eso, de por sí, mostraría un fracaso del sistema judicial, pero en este país las cosas son paradójicas. Sería bueno definir que no todo, ni mucho menos, sugiere que el despilfarro público es corrupción. Las formas más comunes de corrupción se caracterizan por la desviación y el mal uso de fondos provenientes de los presupuestos generales del Estado.
Esto, marca que los mecanismos de verificación de la asignación debida de los fondos o ha fallado, o forman parte de la trama. Recordemos que la denominada “policía patriótica”, amparada el gobierno “democrático” de Rajoy, también tuvo efectos en las unidades de anticorrupción. En cualquier caso, esa cifra supone unos 500 euros año por ciudadano, e implica recortes a nuestro maltrecho estado del bienestar.
Se ha venido cuantificando que el daño causado por tramas criminales organizadas para saquear presupuestos públicos, y las prácticas desplegadas por los cárteles de empresas e individuos que pagan sobornos para conseguir contratos, o para evitar las regulaciones sobre un amplio abanico de políticas públicas que pretenden beneficiar a todos los ciudadanos, es cercano por todo concepto al importe que necesitaríamos para afrontar la reconstrucción post pandemia. Ello sin necesidad de recurrir a la UE. Sería bueno que buscásemos los fondos de la reconstrucción dentro de nuestro sistema de corrupción, antes que en la generosidad del norte de Europa.
El FMI calcula que los sobornos suponen el 2 % del PIB mundial anualmente. Es decir, casi dos billones de dólares. En el caso de España, hay estudios que disparan la factura de la corrupción y su impacto en el crecimiento hasta el 8 % de la riqueza del país. Ya en 2018, un informe de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, CNMC, confirmaba en 90.000 millones de euros al año el coste de los delitos por corrupción en España. Más de la mitad, el 4,5% del PIB procede de sobrecostes por deficiencias de control, según expertos de la Universidad Autónoma de Madrid. Esta misma Comisión “amnistió” recientemente por unos simbólicos 200 millones de euros al pool de las constructoras.
En los años en los que fluían los fondos europeos, la corrupción se manifestaba en ese despilfarro manifestado en actuaciones, por parte del sector público y/o privado, que casi siempre llevaban sobrecostes que ocultaban las mordidas. Aeropuertos sin aviones. Una red de Alta Velocidad irracional que eludió una España vertebrada en sus corredores más lógicos: el mediterráneo y el cantábrico. Ingentes fondos para la formación, que terminaban siendo utilizados como medios de financiación indirecta de organizaciones cercanas al poder. En otros casos, se prefirió la avaricia de los sobrecostes a la generación de la riqueza integradora de la España real. Eran la contrapartida del despilfarro a un funcionamiento eficiente. Sin embargo, aunque pudiesen existir actuaciones innecesarias sin sobrecostes, no eran habituales.
Por tanto, no es temerario afirmar que la corrupción debe erradicarse y el despilfarro público cerrarse con la fuerza de una justicia eficiente y efectiva. Si persisten las puertas giratorias y la colusión entre los intereses públicos y los privados se permiten como “prácticas usuales”, entonces la derrota como sociedad será inevitable. Además de la confirmación del fracaso de la justicia.
Alberto Vila
Economista y analista político, experto en comunicación institucional.